Mostrando entradas con la etiqueta amar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amar. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de abril de 2011

# 26. El agua y la sal.




"El amor como la sal" cuento número 10 del volumen primero de los "Fiabe, novelle e racconti popolari siciliani" de Giuseppe Pitrè (1875), cuenta cómo son necesarias el agua y la sal...

*****

- ¡Nos vemos en el Café de París! –dijo la secretaria de dirección mientras entraba en el ascensor- ¡a las ocho! –se apresuró a precisar antes de que se cerraran las puertas.

La nueva sonrió, y giró su silla rodante para retomar el trabajo. Hechas las últimas comprobaciones, apagó el ordenador y recogió metódicamente la mesa. Una mujer encantadora, la secretaria, pero era la única del grupo con quien Emma había tenido trato. Esos encuentros entre compañeros de varios despachos del edificio no le terminaban de convencer.

Sin embargo, pasó un momento por su apartamento, y a las ocho y cinco llegaba al Café de París. El grupo se había dispuesto alrededor de dos mesitas que juntaron previamente, y en un par de sofás y varias sillas bajas, el círculo de empleados se entretenía charlando mientras la camarera traía cervezas para todos. El ambiente era divertido, propiciado por bromas seguramente mil veces repetidas, de esas que comparte la gente que comparte mucho tiempo.

Antes de unirse al grupo se acercó a la barra para pedir una copa. Allí se encontró con el consultor que acababa en esos días su estancia en la empresa. El nacionalizado norteamericano con aspecto de siciliano esperaba sentado en una banqueta a que le sirvieran. El único contacto que tuvo Emma con la empresa antes de ser contratada fue una entrevista con él. Después coincidieron en un par de reuniones, cuando ella se incorporaba y él se despedía.

- Buenas noches -dijo Emma.
- Buenas noches -respondió él.
- Me alegra tener esta oportunidad fuera del despacho para poder darle las gracias.
- ¿Las gracias? No comprendo.
- Tengo entendido que su opinión fue decisiva para que me seleccionaran.
- Empecemos por el principio. Si no hay inconveniente, prefiero que nos tuteemos. No soy tu jefe, no soy nadie, en realidad. En dos días habré desaparecido. Tengo el vuelo de regreso a Boston confirmado.
- No hay inconveniente.
- Bien. No fue exactamente mi opinión, me contrataron para diseñar acciones y ejecutarlas. Yo he diseñado el puesto y tú reúnes cuanto es preciso para cubrirlo con entera satisfacción para la empresa. Simplemente dije que tú eras la elegida, y así se hizo.
- Aquí tiene - interrumpió el camarero, mientras abría una botella y servía al consultor- Buenas noches ¿Puedo servirle algo? -preguntó a la mujer.
- Buenas noches, si es tan amable, una copa de vino tinto.
- ¿Desea usted el mismo que el señor?

En ese momento, ella observó que la botella que tenía el camarero en la mano era de un rioja.
- Si me permites que te lo recomiende... -sugirió el hombre.
- Claro. Sí, por favor, que sea el mismo - aceptó ella.
- No se lleve la botella -apuntó él.
El camarero la dejó junto a las copas, con una sonrisa muy cortés.
- Para terminar, soy yo quien está agradecido a que aparecieras, porque con ello cierro todo mi programa, y la empresa me estará agradecida porque vas a dar muy buen resultado.
- ¿Tan seguro estás?
- Vayámonos de aquí.
- ¿Cómo?
- El ruido es insoportable, la reunión... bueno, excesiva tanto para uno que se va como para una que llega, no nos echarán de menos. Charlemos en otro lugar, Emma. Please...
- You're right Adrian. Let's go.
Pidió al camarero la botella, pagó y salieron del local sin que el divertido grupo reparara en ellos; cruzaron la calle para llegar a un coche aparcado.
- What a pretty night, don't you think so?
- That's exactly what I was thinking of.
- By the way... yes, I'm completely sure- contestó a la pregunta suspendida, mientras abría la puerta del acompañante para hacerle pasar.
- So am I - respondió Emma sonriendo, mientras entraba al coche.

Emma dirigió al casi extranjero hacia el castillo, por una sinuosa carretera que trepaba por la loma. Empezaba a anochecer, y la fortificación iluminada tenía un encanto especial, un halo de magia. Pasearon por las murallas a diferentes niveles, y desde cada rincón la ciudad a sus pies ofrecía un paisaje que hipnotizaba. Las luces dibujaban los perfiles de las calles; el tráfico daba la idea de un hormiguero pateado por un niño: idas y venidas, arranques y paradas, cruces y giros... en medio de un silencio apenas interrumpido por una cálida brisa marina, que pasaba entre las copas de los pinos como los dedos de un amante por el cabello de su amada.

El guarda de seguridad se acercó cuando estaban junto a la bandera que corona la fortaleza. Se divisaba el puerto y la bahía.
- Señores, es la hora del cierre, estamos comprobando que todo el mundo sale.
- Oh, claro, muchas gracias. Ya nos vamos -dijo él.
Aprovechó el paso por una papelera para deshacerse de la botella de vino, vacía, y dejaron ambas copas en el poyo contiguo.

Junto a su coche, sólo dos vehículos de seguridad estaban aparcados. Tras de sí, por el retrovisor, observaron cómo el mismo guarda cerraba las puertas sobre el puente, otrora levadizo.

Emma propuso dejar el coche apenas terminaba la carretera del castillo.
- Si damos un corto paseo nos encontraremos en pleno casco antiguo, podemos tomar un bocado.
- ¡Perfecto!
- Escucha -dijo Emma ni bien empezaron a caminar- no sabemos nada el uno del otro más que quiénes somos. Podemos emplear lo que queda de noche en contarnos vida y milagros y ser muy interesantes... o hacer algo mejor.
- ¿Tan mejor como qué?
- Probablemente no nos volvamos a ver jamás. Despreciemos el pasado que no nos ha permitido conocernos antes de hoy y el futuro que nos separará. ¿ Porqué no, simplemente, jugamos a que somos dos enamorados en plena luna de miel o similar? ¿Porqué no vivir esta noche como si fueramos confiados amantes en una ciudad nueva y desconocida para ambos? ¿Porqué no jugar a descubrir nuestra ciudad con nuevos ojos, y vivir este encuentro como uno idílico y apasionante que lleváramos esperando mucho tiempo?
- ¿Cómo que porqué no? Porque sí. ¡Claro que sí, adelante! -respondió entusiasmado Adrián mientras tendía la mano a Emma quien, con la mayor naturalidad, le abrazó y besó en la mejilla con la complicidad y la alegría con la que todos esperamos amar.

Caminaron de la mano por callejuelas bulliciosas y alegres, cenaron en una terraza por donde veían pasar la gente pintoresca que acostumbra a verse en las ciudades portuarias, tantas veces tomadas por la fuerza antaño y visitadas pacíficamente en nuestros tiempos. Conversaban con ligereza y humor, con profundidad e interés. Se miraban a los ojos, a los labios, se tocaban, se sonreían, celebraban, se besaban. El tinto les acompañaba de nuevo y brindaban por lo único, por lo exclusivo, por lo excelente. Rieron, rieron mucho.

- Oh Jesus! That's great! - acertaba a decir Adrián entre carcajadas.
- Come on, dear, let me explain to you... - decía Emma en esas interrupciones, mientras le contaba anécdotas tan inverosímiles como hilarantes.

En el corto paseo de regreso al auto se detenían para estrechar más un abrazo, para volver a reir. En la pequeña planicie solitaria que hacía las veces de parking, Emma sacó del bolso una llave usb que puso en el coche, y subió el volumen, dejando las puertas abiertas.

Las historias bien vividas tienen su propia banda sonora también, y los temas musicales adquieren un nuevo sentido.

Mientras sonaban bajo y guitarra, ella extendía los brazos y movía cintura y caderas serpenteantes; cantaba en italiano, sonreía, dirigía una orquesta imaginaria con brazos y manos... era feliz. Había disfrutado de una animada cena y una suculenta conversación, había recibido besos y caricias de un hombre que sabía besar y acariciar, y la noche se presentaba como un lienzo con un difuso boceto, que prometía una hermosa creación. Sonaba "Acqua e sale".

"Perché di te ho bisogno, non voglio di più"
*****
"I wonder if people around you know how complete and powerful you are". A.Belmonte. Thank you.

martes, 22 de marzo de 2011

# 25. Desnuda.

La octava real es una estrofa formada por endecasílabos (ABABABCC) usada fundamentalmente en poemas narrativos, que a principios del siglo XVI se usó en Castilla con tema amoroso por influjo italiano de los llamados capitoli de amor.

Me desnudo para ti con mis letras,
te entrego mis anhelos más íntimos
con las declaraciones más discretas,
y desde el primer día hasta el séptimo,
no hay jornada que se diga completa
si no eres tú mi pensamiento último.
A veces maldigo esta ensoñación
que oprime insistente mi corazón.

Te desnudo mi alma y mis intenciones
sin esperar nada a cambio, lo juro;
y aún me sorprendo con tus atenciones
que avivan en mí un sentir claroscuro.
Recorro tu camino con canciones,
siento deseo pero no me aventuro
a abrirte mi pecho y dar otro paso,
por el miedo al éxito y al fracaso.

Desnuda mi vida entera te muestro,
no pretendo otra cosa que entregarte
por la dicha de hacer lo mío nuestro,
compartir así para mí es bastante
pero puedo ver que eres un gran diestro
en la esgrima y en algún que otro arte,
lamento no entenderte, lo que hace
que más que querer, tema un desenlace.

Estoy desnuda ante a mi incertidumbre,
no acostumbro a lamerme las heridas,
no sé cómo caí en la servidumbre
de añorar una voz desconocida,
de buscarte, entre una muchedumbre,
de seguirte de lejos y escondida;
porque no me reconozco insegura
y no sé si este pesar tiene cura.

martes, 9 de noviembre de 2010

# 18. "Alquilo".


Frente a la puerta de entrada, una foto poco conocida de Marilyn, en gran formato, daba la bienvenida. A la izquierda, sobre una pared de madera, un velador suspendido y un perchero de pie permitían deshacerse de llaves y abrigo. A la derecha, una pared de cristal de dos dedos de grosor y algo más de un metro de longitud daba paso a la estancia principal, y dejaba pasar la luz que hubiera en ella.

La orientación de la vivienda, al sur, fue determinante al decidir la compra. Durante el día, el sol penetraba insolente de un lado a otro del ventanal que ocupaba toda la fachada. Las copas de los eucaliptos, que se encontraban delante del edificio, hacían de tapiz verde al azul del mar que se extendía de lado a lado. Por la noche, la vista de la fortaleza sobre el monte y la bahía, iluminadas, ofrecían una imagen espectacular.

En el centro se encontraba un comedor de expresión mínima, con mesa rectangular de acero galvanizado y ocho sillas a juego, con tapizado en terciopelo de un color mostaza desleído en el asiento y respaldo. Dos lámparas, con tres colgantes cónicos cada una de ellas, daban luz sobre la mesa.

Un par de metros hacia la derecha, un salón con tres tresillos de formas angulares y cuero blanco dispuestos en “U” entre los cuales una acogedora alfombra de fibra vegetal calzaba una mesa baja cuadrada de cristal, sobre la que descansaban un par de cestillos: uno con mandos a distancia y otro con posavasos y manteles individuales. Frente a los asientos, una gigantesca pantalla encastrada en un muro de pizarra estaba encendida en modo “acuario”. A su izquierda, una chimenea también adentrada en el muro. Fuera de la temporada fría, ocultaban la chimenea tres guitarras que descansaban en un soporte. En el techo, un plafón bajo de escayola albergaba iluminación indirecta en sus cuatro lados.

En la pared opuesta al ventanal, en el centro de una biblioteca que ocupaba todo el paño, un paso sin puerta daba acceso a un pequeño distribuidor donde se encontraba el dormitorio de huéspedes, que contaba con su propio cuarto de baño, y un aseo de cortesía.

En el lado izquierdo del comedor se disponía una especie de office, con un aspecto de esmerada improvisación de café-bar casero. Dos mecedoras de rejilla custodiaban una mesilla de mármol blanco circular y tres patas de hierro. Un sofá de dos plazas vestido en pana fresca color rojo grana, se auxiliaba con un puf y una mesita bajera oval de cristal. Por último, dos sillas verdes y una amarilla, de anea –se hubiera dicho que estaban destinadas a un trío de cante, palme y toque flamenco- flanqueaban la tercera mesilla, de madera cuadrada, con cajones y puertecillas por sus cuatro lados, donde se guardaban naipes, dados, dominó y otros clásicos. En el centro del triángulo, colgaba del techo una especie de ramaje con iluminación led que dirigía los extremos de varios tallos hacia cada una de las mesillas.

Una barra alta del mismo acero que el comedor, en el lado opuesto al ventanal, separaba el office de la cocina americana, con tres banquetas de asientos forrados con piel color negro imitando escamas reptiles. El mobiliario de la cocina, revestido en acero mate, ocultaba electrodomésticos y utillaje. En la pared donde se disponía el frente de la misma, a la izquierda de esta, y a la espalda del retrato de Marilyn, de nuevo un paso sin puerta daba acceso al dormitorio principal, con baño y vestidor, y a un pequeño despacho donde también reinaba el orden.

Sonó el telefonillo de la portería.

“Soy yo… “ contestó una voz de hombre cuando sintió que descolgaban desde arriba.

Al abrirse el ascensor, la puerta del apartamento estaba entreabierta al final del corredor. Sonaba Debussy. Sonrió, embriagado por un sentimiento de gratitud. No fue preciso pulsar ningún interruptor, la luz que salía de aquella morada acogedora era suficiente. Caminó hacia ella.
- ¿Cómo estás, mi princesa?

Su alteza, serena, aguardaba envuelta en una bata de raso negro, con los brazos extendidos en señal de bienvenida. Sus blancas manos se posaron sobre las mejillas del recién llegado, sobre su frente, atrayéndole hacia sí. Él se dejaba hacer,

- Lamento no haber podido llegar antes, tenía la intención de cenar contigo en ese lugar que descubrimos el mes pasado, pero la cosa se ha complicado a última hora. No debería haber atendido esa llamada, me han entretenido…
- Shhhhhhhh… -susurró la mujer acercando sus labios a los de él, silenciando las excusas le ayudó a quitarse la chaqueta, que colgó cuidadosamente-. Está bien, ya estás aquí. He merendado con mi amiga Martina y no tenía apetito para cenar, de todos modos. Acabo de preparar un té. ¿Quieres que te sirva uno?

El hombre tenía gesto desganado.
- ¿Te apetece alguna otra cosa? Aprovecha que he hecho la compra esta mañana y hay provisiones para todos los gustos.
- Tengo sed, prefiero algo fresco. Agua con gas, si hay.
- Marchando un agua, pues. Ven.

Guió los pasos del recién llegado, tomándole de la mano.
- ¿Quieres tomar asiento?
- Preferiría tomar una ducha antes. Necesito un lavado de cerebro.
- Ja, ja… - rompió ella en una carcajada- Disculpa, debí haberlo imaginado. Con cuidado, conviene que conserves algunos recuerdos cuando salgas de la ducha.

La princesa se dirigió a la cocina, mientras que el hombre desapareció con paso cansado hacia el baño principal. La mujer se sirvió un té, añadió medio terrón de azúcar moreno, sacó un botellín de agua de la nevera y una copa de la alhacena. Encendió una barrita de sándalo con aroma de jazmín, que puso sobre la barra americana, y se sentó en un taburete, tomando el té a sorbos y mirando la bahía mientras escuchaba el sonido de la ducha. Cuando el agua dejó de caer, abrió el botellín, sirvió la copa y se dirigió al baño.

Apenas había salido el hombre de la ducha cuando ella le entregó la copa de agua. Sin hablar, tomó una toalla de baño, y cubrió con ella la espalda mojada. Con otra toalla, empezó a secar su cuerpo.

- Nada me hace sentir tan bien como estar contigo –dijo él.
- Creí que tu trabajo te hacía realmente feliz.
- Mujer, ya sabes a qué me refiero.
- Ya lo sé, pero también sabes tú que me cuesta oír ese tipo de cosas.
- Pues no debería. Es lo que siento, siempre hemos hablado claramente, y no veo por qué puede molestarte. A la mayoría de las mujeres les encanta que les digan esas cosas.
- Sí, entonces recuerda que no me gusta hablar de sentimientos, y que yo no soy una mujer.
- Sí lo eres, eres una mujer muy especial, eres una mujer aparte.
- Eso es, soy aparte, me salgo de mi rango, así que conmigo no se cumple lo que se cumple para la mayoría.
- En eso estamos de acuerdo.
- ¿Lo ves? –sonrió cariñosa- No es posible que discutamos porque, finalmente, siempre estamos de acuerdo. Siéntate, por favor.

Él había terminado su copa, la dejó sobre la bancada de los lavabos. Obedeció, se sentó. Arrodillada delante le secaba los pies, con cuidado, entre los dedos. Él la miraba embelesado. Era muy cierto que con ella recibía más de lo que jamás hubiera esperado de una compañera. La admiraba por sus muchas habilidades, la respetaba por su integridad y su valía, la necesitaba por su forma de entregarse, la deseaba por todo ello. Por todo ello, la amaba.

El hombre tendió sus manos, le hizo levantarse, tomó las de ella y las besó con los ojos cerrados.
- Si tú quisieras…
- Pero hombre, claro que quiero…
- Si tú quisieras como quiero yo…
- Shhhhhhhh dejémonos de trabalenguas –su voz siempre sonaba conciliadora.

La tomó en brazos, salió hacia el dormitorio, y la depositó sobre la cama. Sinuosa, se enlazó a su alrededor, serpenteante, y se amaron en silencio, despaciosamente. Nada en ella era un exceso, si no el resultado que provocaba en el corazón de él, en sus entrañas, en su sangre, en su ser entero. Cuerpo y alma.

Sin un punto y final concreto, enredado como la yedra en el cuerpo de su reina, el sueño llegó como llega la noche: sin sentir. Durmieron abrazados, entregados tras la entrega.

El sol de levante abrió una hermosa mañana otoñal. Cuando el hombre hubo terminado su aseo, el aroma de café flotaba con calma en toda la casa. Sobre la mesilla ovalada esperaban dos licuados de fruta, tostadas calientes, confituras y la cafetera. Concierto para guitarra y orquesta de Vivaldi. El hombre servía el café y ella untaba las tostadas con mantequilla. Los desayunos de los viernes eran, para el visitante, el combustible que recargaba para vivir la semana siguiente. Hablaban con calma, con cariño, hasta que el hombre dio un giro a la conversación.

- Es extraño, todos los días duermo soñando con despertarme contigo. No me tomes por pesado, te lo seguiré diciendo sin desfallecer.
- No te tomaré por pesado, palabra.
- ¿Ves? No me escuchas, no consideras mi proposición. ¿Porqué no una vida juntos?
- Sí te escucho. No tenemos una vida, somos dos vidas. Tú tienes tu vida y tu familia, yo… yo también tengo mi vida, y es la que es.
- Podría ser otra. Sabes que haría lo necesario por que fuese otra, es lo que más deseo.
- Ni tú ni yo somos libres de cambiar nuestras vidas sin afectar las de otros. ¿Qué derecho tenemos a hacerlo? Además ¿Acaso sabes qué es lo que más deseo?
- Nada me gustaría tanto.
- De momento, nada distinto a la primera vez, tal como convinimos en un principio.
- Pero las cosas cambian, las personas cambian, todo puede cambiar.
- Así es, todo puede cambiar, pero ni las cosas han cambiado ni las personas tampoco. Somos los mismos y nuestras circunstancias también lo son.
- ¿Hasta cuándo piensas que durarán tus circunstancias? En algún momento será distinto.
- No pienso, sólo existo, y soy feliz de este modo. ¿Tú no eres feliz? ¿Te hace feliz el tiempo que nos podemos dedicar?
- Claro que me hace feliz, pero me sabe a poco. Me tortura el hecho de que…
- No hablemos de sentimientos, recuerda – interrumpió ella – lo que hay entre nosotros son sensaciones.
- Muy bien, pues tengo la sensación de que reúnes todo cuanto espero de una mujer, eres mi princesa.
- En un castillo de arena.

Se hizo el silencio.

- Lo siento, no me gusta esta conversación, y no quisiera que nos quedara un mal sabor –protestó ella sin fuerza-.
- Tengo la sensación de que alquilo…
- No es así, soy yo. Me alquilo.

Tras el desayuno, el huésped de los jueves dejó el sobre con el contenido acostumbrado en la mesita entre las mecedoras. Con un cálido abrazo, se despidieron con las palabras habituales.

- ¿Hasta cuándo? –preguntó, resignado, el hombre-.
- Hasta el jueves.

Ella sostuvo la puerta abierta hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Regresó sobre sus pasos, tomó el sobre y lo guardó en el despacho. Se encaminó al baño y abrió la ducha.

Encima de la mesa del salón, el teléfono emitió el sonido de un mensaje recibido:

“Buenos días, preciosa. Nos vemos esta tarde sobre las siete, como la semana pasada. Ponte guapa, cenaremos fuera. Tengo cosas que contarte y muchas ganas de verte”.

jueves, 17 de junio de 2010

# 10. Traducción.

"Le baiser de l'Hotel de Ville" Robert Doisneau.
(1950... après la Libération)

Llevaban meses trabajando en proyectos que otros habían exportado. Él realizaba los informes que ella traducía. El contacto, siempre correcto y en los últimos tiempos más cordial y personal, no había sido más que por teléfono o por correos.

En la última llamada, después de despachar un par de asuntos sobre los franceses, la conversación concluyó con unas reflexiones del hombre. Se declaraba admirador del chovinismo, aplaudía la cohesión de tan diversas razas y procedencias, el amor y la defensa de aquello que les es común y que tienen a gala.



De: bmendez@manag-ing.es

Para: jpujadas@manag-ing.es

Asunto: Te quiero, traducciones y chovinismo.
Fecha: Thu, 3 Dec 2009 16:49:54


Pues llevas razón. No tanto así porque la exaltación desmesurada sea para todo recomendable, pero es cierto que mayor valor tiene la pasión que la tibieza, más si es en defensa de lo amado.
Estaba esta tarde traduciendo el expediente de los pantalanes. He consultado la conjugación del verbo vouloir, querer para nosotros. Me fijo por primera vez en el apartado de la página que define el verbo. Me encuentro lo que sigue:


1º Tener ganas de

2º Tener una intención, un deseo de que algo se realice.

3º Desear poseer, interesarse por.

4º Pretender

y me digo: “Pues sí, en la lengua de Molière, yo a este hombre le quiero, pero mucho”.

Pienso en lo conveniente que es el buen uso de la lengua, para la comunicación y para el placer. Y pienso en el chovinismo francés, en la riqueza del francés, en la capacidad expresiva de su lengua, y de la mía, española. Pienso que te quiero: Je t'en veux.

Berta.


De: jpujadas@manag-ing.es

Para: bmendez@manag-ing.es

Asunto: RE: Te quiero, traducciones y chovinismo.
Fecha: Thu, 3 Dec 2009 17:15:49

Me has sorprendido; quizá no. Por mi parte diré que:

1º Tengo ganas de ti.

2º Tengo la intención y el deseo de poseerte.

3º Me interesas mucho.

4º Pretendo que esto llegue a buen fin.

Tengo la necesidad de estar contigo, tocar con mi aliento tu oído, conocer nuestra reacción al reconocernos.

Te quiero, te espero.

Joan.


No esperó mucho.