sábado, 3 de septiembre de 2011
# 29. Dos sin tres.
"Sólo las vides aguantan verdes mientras el resto se muere" La dificultad de ser japonés. Francisco Navarro.
Amir podría haberse llamado Francisco, o Miguel. Claro que también pudo haber sido Joystick o Kelvinator, sabido el gusto de algunas familias centroamericanas por condenar a sus vástagos a deletrear de por vida su nombre de pila. Por ser el primogénito varón, su madre pensó que llamarle "príncipe" (en árabe) era sofisticado y exclusivo. Finalmente, Amir Canales, llegada su familia de Venezuela e instalada en Argentina desde su pronta infancia, con los rasgos mestizos y su color cetrino, pasó a ser el turco, el negro o el indio Canales entre sus amigos y compañeros.
José Ramiro y Amir se conocieron en la facultad de derecho. El diminutivo de Rami era inversamente proporcional a su altura. Ambos muchachos tenían en común el gusto por los coches y las mujeres, y en más de una ocasión compartieron los unos y las otras, por separado o a la vez. Pura vida, puro placer. Divino tesoro, aquel tiempo de juventud del que, cercanos los cuarenta, seguían haciendo uso de tanto en tanto, durante periodos en los que sus caminos se cruzaban por los motivos más inesperados.
Blanca y José Ramiro se conocieron en la delegación madrileña de la multinacional en la que ella trabajaba y él se formaba. Una conexión inmediata les unió en cuerpo y espíritu, ese espíritu combativo e impulsivo que convierte a algunos niños de familias humildes en jóvenes ejecutivos sin rey ni patria.
La mujer había sido destinada para una misión comercial de seis meses en la sede de Buenos Aires. Rami saltó de la alegría cuando supo la noticia, y no tardó en mandar un sms a Amir: "Llega la gallega, un día de estos le hacemos una fiesta dedicada. Estoy seguro de que le gustará. Qué tal un finde en Mar del Plata?". El negro Canales ya tenía los antecedentes de Blanca: mujer hermosa, clara, directa, apasionada y apasionante. Blanca sabía de Amir: atractivo y bien dotado, soltero vocacional, generoso y vehemente.
De regreso del aeropuerto, el coche alcanzó un camino rural, un pedregal que, terminada la jornada de labor, ni siquiera los perros de la finca cruzaban. Allí se detuvo. Detrás, la vía del tren escoltada por el camino comarcal, al frente la autovía, a ambos lados las viñas. Blanca miró a través del techo solar, abierto, y exclamó:
- ¡Qué hermosura de cielo...!
Con su usual naturalidad se quitó la falda. Sin dejar de mirar las nubes rosas y anaranjadas de la puesta de sol, plegó la prenda y la colocó en el asiento trasero. Rami la miraba atento, una mano sobre el volante, la otra apoyada en la ventana abierta.
Hizo lo propio con la camiseta ceñida, que dejaba ver que no llevaba sujetador. Mismo ritual.
- Ahhh... ¿no es hermosa, la vida? Ja, ja... -su risa era fresca, como el canto del agua de una fuente.
Salió del coche, vestida con bragas y sus tacones de vértigo.
Abrió los brazos en cruz, abarcando cuanto podía la brisa templada. Rodeó el vehículo despacio, sorteando sin pestañear el suelo pedregoso bajo sus pies. Una vez frente al coche y con las luces de posición señalándola, se quitó las bragas. Y ahí, delante, apoyó sus manos sobre el capó y, con un gesto de su dedo índice, invitó al chófer a que saliera. Sin razones para hacer algo que no fuera obedecer a sus deseos, el hombre se reunió con la silvana de las parras.
Ella tomó asiento; entre sus piernas abiertas, la marca del coche destellaba con las últimas luces del día. Con una mano en el cuello del hombre tiró de él hacia sí para posar sobre sus labios un beso húmedo; con la otra mano en la bragueta, comprobaba que su amante atendería presto su apetito.
La bella se deshizo de cinturón y pantalón, como quien deshace una cordonera, y comenzó a inclinarse ante el hombre erecto.
- No... ¿qué haces? No, no... -balbuceó intentando cubrirse de nuevo- No me he duchado desde la mañana.
- Dime algo que no sepa, no me niegues lo que conozco y deseo.
- Pero es que...
- El olor a jabón es impersonal, no me dice nada. Me atrae el olor del hombre conocido y al que quiero.
- ¿Me querés? -preguntó él, un tanto confuso, cediendo en su propósito de volver a vestirse.
- ¡Claro que te quiero! Vaya pregunta... no estoy enamorada, no te hagas ilusiones, pero te quiero, muchísimo.
Antes de poder reaccionar, ella estaba agachada, su rostro apoyado sobre el sexo de su amigo, su boca acariciándolo, su nariz también. La delicadeza de sus gestos, tornándose progresivamente en pasión, agitaron la respiración del hombre.
- ¡Sos una diosa...! -exclamó tras unos instantes Rami, entrecortadamente. Ella contestaba haciendo honor a su naturaleza divina.
- ¡Vení, vení...! Y le pidió que se levantara, quería mirarla de frente, besar la boca que tanto placer ofrecía.
Algo cayó del bolsillo del pantalón. Antes de levantarse, la mujer recogió del suelo el iphone del amante aturdido.
- Tenlo a mano -dijo Blanca con media sonrisa burlona- estos cacharros son de utilidad en cualquier momento.
El hombre no prestó la menor atención al iphone, que ella dejó sobre el capó, convertido este en sede del encuentro internacional.
No era el lugar más cómodo, pero la adaptabilidad de la hembra convertía el lugar más inhóspito en una nube algodonada digna de la misma Heidi.
Él dentro de ella, con vaivenes entre el cielo y la gloria, los besos más hondos, las caricias a presión, las manos exploradoras. Con una casi estrangulación, la mujer interrumpió el movimiento y, sonriendo como una diablesa, dijo:
- Miremos en la misma dirección...
Se dio la vuelta. El hombre observó las curvas cerradas y abiertas de sus nalgas, sobre las que puso ambas manos con la firmeza que un capitán imprime al timón. Miró al cielo dando las gracias con el pensamiento, mientras penetraba la noche abierta de estrellas. Despacio, ganando ritmo. Ella dejaba salir el aire por su boca, sin estridencias ni artificios, lo retenía, lo empujaba de nuevo en dirección a las viñas.
- Vamos... quiero más, dame, dame...
Rami vio entonces el iphone al alcance de su mano. Sin preguntarse qué hacía ahí, lo cogió y lo puso junto al aliento de Blanca.
- Mandale un saludo a Amir, se lo encontrará ni bien abra el correo mañana a la mañana.
Rieron, jugar se les daba bien. Sin perder el ritmo y sin dejar de expresarlo, Rami le dio al REC. Blanca comenzó su discurso con los gemidos que llegaban a su garganta.
- Hola Amir... con este mensaje te mando un saludo y mis mejores deseos, como podrás observar... -suspiraba- es una lástima que no estés aquí con nosotros -mmmmmmm- quizá en otra ocasión... espero tengas un buen día, ¿Sí? ¡ohhh, sí!
El placer llegaba, sin espera, sin pudor, plenamente, para ambos... En la aparente calma que le siguió, Rami apretó el STOP.
De nuevo frente a frente, el deseo no había menguado, la mujer imantada lo impedía. Rami deslizó la mano entre las piernas de ella, introdujo un dedo, dos, comenzó a moverlos, y las caderas de Blanca marcaban el ritmo. Su gesto cambió: las cejas fruncidas, los ojos cerrados, la nariz palpitando, los dientes mordiendo su labio inferior. Apoyaba las manos sobre los hombros de su amante para mantenerse en pie. La agitación en su interior le hacía perder fuerza en las piernas, al punto de no soportar su propio peso.
Súbitamente, como un manantial a ráfagas, la mujer empezó a derramarse. El placer se escapaba a chorros por su sexo y a quejidos por su boca. Parecía que toda ella se licuaba para inundar las viñas. Rami participaba del espectáculo admirado y delirante. Tras varios minutos en un climax que parecía no tener fin, encogida sobre sí misma y sobre su amante, finalizada la tormenta, las convulsiones de su cuerpo la cerraban en un abrazo firme y contento.
- Yo también te quiero -dijo Rami.
La habitación del hotel acogió el descanso de los dos amigos. Blanca exhausta tras el viaje y el recibimiento, Rami con la mirada clavada en la bella durmiente, satisfecho, al poner el despertador recordó mandar un mail para Amir.
En la sala de juntas, desayuno de trabajo con la cúpula de dirección. Una secretaria terminaba de entrar el café y servía a quien lo solicitaba. Los asistentes tomaban asiento y abrian carpetas y portátiles. Amir abrió su correo. Mensaje audio de Rami; conectó los auriculares y escuchó.
- ¡Grandísimo cabrón! -esputó involuntariamente en voz alta Amir, con el rostro colorado y acalorado, con una tensión en su pantalon impropia de la hora y la situación- ¡Disculpen ustedes! -dijo balbuceando cuando se dio cuenta de que todos los presentes alrededor de la mesa le miraban, atónitos y espectantes- ... alguien me intentó colar un virus por el correo... afortunadamente lo he detenido a tiempo.
Unas horas más tarde, aprovechando la pausa del almuerzo, Amir hizo una llamada.
- Buen día, negro, ¿qué tal andás?
- Pero ¿Vos viste lo que me mandaste? ¡Sos un grandísimo hijo de mil put...!
- Ja, ja, ja, ja... -interrumpió Rami.
- ¿Quién te pensás que sos, Gardell?
- Ja, ja, ja... ¿qué pasó, no te gustó?
- Reí, reí... por poco me arruinás la reunión del mes, flaco, vaya momento para abrir el mensajito.
- Dale, decí la verdad: te encantó.
- Me puso enfermo toda la mañana... Decime ¿Cuando nos juntamos los tres con la gallega?
- Esta vez no, loco. Esta mina es... es diferente.
- No hablás en serio, ché. ¿Que te pasó, te volviste buen chico?
- Hablo en serio, negro. A Blanca la quiero para mí.
- ¡Uhhh! No te puedo creer...
- Me podés creer, Amir. Esta vez somos dos, sin tres.
Para Juanma, con cariño.
lunes, 25 de abril de 2011
# 27. Una historia entre tus brazos.

Durante el verano adoro la jornada de medio día, que me permite disfrutar de mis tardes. Escojo para empezar mi tiempo la estrecha franja de arena y rocas de la calita cercana. Por el viejo paseo marítimo sin comercios sólo hay gente corriendo, paseando, en bicicleta, de tarde en tarde. No hay bañistas a estas horas, hay que llegar caminando y no es ese pasatiempo de las grandes masas.
Estaba tendida sobre una amable roca que me devolvía el calor acumulado desde la mañana, frente a un sol que abrazaba toda mi piel. Escuchaba el oleaje embelesada, disipando las prisas del día, las caras, las palabras...
Un muchacho se detuvo con su bicicleta a unos quince metros. La levantó con una mano para bajarla del paseo a la playa y dejarla apoyada en una roca. Se sentó al lado, mirando al mar mientras se descalzaba. Se quitó también unos calzones y la camiseta. Me pareció recibir una ola de su olor que, a la vez que me envolvía, me permitió admirar ese cuerpo esencial, geométrico, perfecto.
Apenas habían pasado unos minutos cuando me sentí como una marioneta a la que una cuerda invisible levantara de repente. Me dirigí a la orilla, observé movimiento a mi derecha y, frente a su bicicleta, el muchacho entraba en el mar, como yo. Me miró. Fueron dos segundos, dos segundos que me quemaron. Me zambullí completamente cuando el agua llegaba algo más alta de las rodillas. Nadábamos hacia un punto convergente, en el que nos encontramos frente a frente, apenas a un metro de distancia.
Sólo cabía mirarse. Vi un hombre guapo, con rasgos marcados y gesto amigo, sonreía con los ojos, me invitaba con su media sonrisa insegura. En una brazada nuestras piernas se cruzaron, en un arrebato recibí un beso lento en la comisura de mi boca. Correspondí al beso, y su mano en mi cintura tiró de mí hacia su cuerpo.
Le confié mi equilibrio y me abracé a él con brazos y piernas. El vaivén de las olas era muy suave, sus manos, envolventes, decididas, firmes, masculinas... Sus labios devoraban mi boca, me atraía hacia sí con pequeños bocados, quería que le besara. Sujetaba mi nuca, bajando por mi espalda, abriendo mis piernas y apretándome contra su sexo, frotando nuestras caderas con un aparente desorden que no lo era. Me retorcía de deseo buscándole con mi pubis, ansiosa por poseerle, muy adentro, quieto, cerrado, mío.
En un instante precioso así fue, y penetró en mí certeramente, suave y firme, mientras buscaba con su mirada un gesto de placer en mis ojos, en mi boca.
- Shhhhhhhhhhhhttttt -fue lo único que dijo cuando sintió mi movimiento. Me detuve y seguí el ondear de su cuerpo, como una bailarina que se deja llevar por su pareja para bailar. Con movimientos apenas sugeridos, con la presión de piel contra piel, con un ritmo apenas perceptible, me brindó un lento paseo de deseo concentrado y una fiesta final que se prolongó hasta casi desvanecerme. Fue entonces cuando su respiración se tornó rápida y descargó varias sacudidas entre mis piernas; primero despacio, luego más fuertes, más profundas. Mordía mi barbilla y, entre dientes, sus gemidos de placer se confundían con un ronquido de animal cazador que también salía por su garganta.
Antes de perder una pizca de virilidad, salió marcando cada milímetro por donde se retiraba, lo que me hizo descargar en una convulsión ese último instante de placer de sexo contra sexo. Me cerró en un abrazo mayor pero más breve, y en una brazada que dimos cada uno, la distancia se hizo de nuevo entre nosotros. Ambos nos dirigíamos a la orilla, cada cual por el lugar por donde había entrado.
Con una paz infinita, me sequé rostro, pecho y brazos y me senté en mi tapiz. Con una vitalidad recobrada, él se secó con movimientos cortos y rápidos, se sentó de modo que pude verle de frente cuando se quitó el bañador, cuando se secó algo más suavemente entre las piernas, y cuando se giró para ponerse el calzón de deporte. Su pelo despeinado y húmedo me descubría una imagen que me gustaba como todas las otras que, sin darme cuenta, había empezado a atesorar. En un aleteo de un viento a favor (a mi favor) me llegó otra ola de su olor. Era como el anterior, pero distinto. Ahora ese olor era real, yo lo había abrazado, yo lo había lamido. Ese hombre al que miraba mientras se vestía, me había atravesado de placer hacía un instante.
Después de atarse las cordoneras tardó un visto y no visto en estar montado sobre la bicicleta, en el paseo. Se despidió al pasar haciendo sonar el timbre de su velocípedo. Yo estaba tumbada, con los ojos cerrados tras mis gafas de sol; sonreí al escuchar el timbre. Sentí una súbita curiosidad por verle partir y me incorporé para mirarle. Pedaleaba sin coger el manillar, y llevaba los brazos alzados y abiertos, como los corredores del Tour, cuando llegan ganadores a un final de etapa. Iba silbando. Mi corazón también.
viernes, 8 de abril de 2011
# 26. El agua y la sal.

"El amor como la sal" cuento número 10 del volumen primero de los "Fiabe, novelle e racconti popolari siciliani" de Giuseppe Pitrè (1875), cuenta cómo son necesarias el agua y la sal...
*****
- ¡Nos vemos en el Café de París! –dijo la secretaria de dirección mientras entraba en el ascensor- ¡a las ocho! –se apresuró a precisar antes de que se cerraran las puertas.
La nueva sonrió, y giró su silla rodante para retomar el trabajo. Hechas las últimas comprobaciones, apagó el ordenador y recogió metódicamente la mesa. Una mujer encantadora, la secretaria, pero era la única del grupo con quien Emma había tenido trato. Esos encuentros entre compañeros de varios despachos del edificio no le terminaban de convencer.
Sin embargo, pasó un momento por su apartamento, y a las ocho y cinco llegaba al Café de París. El grupo se había dispuesto alrededor de dos mesitas que juntaron previamente, y en un par de sofás y varias sillas bajas, el círculo de empleados se entretenía charlando mientras la camarera traía cervezas para todos. El ambiente era divertido, propiciado por bromas seguramente mil veces repetidas, de esas que comparte la gente que comparte mucho tiempo.
Antes de unirse al grupo se acercó a la barra para pedir una copa. Allí se encontró con el consultor que acababa en esos días su estancia en la empresa. El nacionalizado norteamericano con aspecto de siciliano esperaba sentado en una banqueta a que le sirvieran. El único contacto que tuvo Emma con la empresa antes de ser contratada fue una entrevista con él. Después coincidieron en un par de reuniones, cuando ella se incorporaba y él se despedía.
- Buenas noches -dijo Emma.
- Buenas noches -respondió él.
- Me alegra tener esta oportunidad fuera del despacho para poder darle las gracias.
- ¿Las gracias? No comprendo.
- Tengo entendido que su opinión fue decisiva para que me seleccionaran.
- Empecemos por el principio. Si no hay inconveniente, prefiero que nos tuteemos. No soy tu jefe, no soy nadie, en realidad. En dos días habré desaparecido. Tengo el vuelo de regreso a Boston confirmado.
- No hay inconveniente.
- Bien. No fue exactamente mi opinión, me contrataron para diseñar acciones y ejecutarlas. Yo he diseñado el puesto y tú reúnes cuanto es preciso para cubrirlo con entera satisfacción para la empresa. Simplemente dije que tú eras la elegida, y así se hizo.
- Aquí tiene - interrumpió el camarero, mientras abría una botella y servía al consultor- Buenas noches ¿Puedo servirle algo? -preguntó a la mujer.
- Buenas noches, si es tan amable, una copa de vino tinto.
- ¿Desea usted el mismo que el señor?
En ese momento, ella observó que la botella que tenía el camarero en la mano era de un rioja.
- Si me permites que te lo recomiende... -sugirió el hombre.
- Claro. Sí, por favor, que sea el mismo - aceptó ella.
- No se lleve la botella -apuntó él.
El camarero la dejó junto a las copas, con una sonrisa muy cortés.
- Para terminar, soy yo quien está agradecido a que aparecieras, porque con ello cierro todo mi programa, y la empresa me estará agradecida porque vas a dar muy buen resultado.
- ¿Tan seguro estás?
- Vayámonos de aquí.
- ¿Cómo?
- El ruido es insoportable, la reunión... bueno, excesiva tanto para uno que se va como para una que llega, no nos echarán de menos. Charlemos en otro lugar, Emma. Please...
- You're right Adrian. Let's go.
Pidió al camarero la botella, pagó y salieron del local sin que el divertido grupo reparara en ellos; cruzaron la calle para llegar a un coche aparcado.
- What a pretty night, don't you think so?
- That's exactly what I was thinking of.
- By the way... yes, I'm completely sure- contestó a la pregunta suspendida, mientras abría la puerta del acompañante para hacerle pasar.
- So am I - respondió Emma sonriendo, mientras entraba al coche.
Emma dirigió al casi extranjero hacia el castillo, por una sinuosa carretera que trepaba por la loma. Empezaba a anochecer, y la fortificación iluminada tenía un encanto especial, un halo de magia. Pasearon por las murallas a diferentes niveles, y desde cada rincón la ciudad a sus pies ofrecía un paisaje que hipnotizaba. Las luces dibujaban los perfiles de las calles; el tráfico daba la idea de un hormiguero pateado por un niño: idas y venidas, arranques y paradas, cruces y giros... en medio de un silencio apenas interrumpido por una cálida brisa marina, que pasaba entre las copas de los pinos como los dedos de un amante por el cabello de su amada.
El guarda de seguridad se acercó cuando estaban junto a la bandera que corona la fortaleza. Se divisaba el puerto y la bahía.
- Señores, es la hora del cierre, estamos comprobando que todo el mundo sale.
- Oh, claro, muchas gracias. Ya nos vamos -dijo él.
Aprovechó el paso por una papelera para deshacerse de la botella de vino, vacía, y dejaron ambas copas en el poyo contiguo.
Junto a su coche, sólo dos vehículos de seguridad estaban aparcados. Tras de sí, por el retrovisor, observaron cómo el mismo guarda cerraba las puertas sobre el puente, otrora levadizo.
Emma propuso dejar el coche apenas terminaba la carretera del castillo.
- Si damos un corto paseo nos encontraremos en pleno casco antiguo, podemos tomar un bocado.
- ¡Perfecto!
- Escucha -dijo Emma ni bien empezaron a caminar- no sabemos nada el uno del otro más que quiénes somos. Podemos emplear lo que queda de noche en contarnos vida y milagros y ser muy interesantes... o hacer algo mejor.
- ¿Tan mejor como qué?
- Probablemente no nos volvamos a ver jamás. Despreciemos el pasado que no nos ha permitido conocernos antes de hoy y el futuro que nos separará. ¿ Porqué no, simplemente, jugamos a que somos dos enamorados en plena luna de miel o similar? ¿Porqué no vivir esta noche como si fueramos confiados amantes en una ciudad nueva y desconocida para ambos? ¿Porqué no jugar a descubrir nuestra ciudad con nuevos ojos, y vivir este encuentro como uno idílico y apasionante que lleváramos esperando mucho tiempo?
- ¿Cómo que porqué no? Porque sí. ¡Claro que sí, adelante! -respondió entusiasmado Adrián mientras tendía la mano a Emma quien, con la mayor naturalidad, le abrazó y besó en la mejilla con la complicidad y la alegría con la que todos esperamos amar.
Caminaron de la mano por callejuelas bulliciosas y alegres, cenaron en una terraza por donde veían pasar la gente pintoresca que acostumbra a verse en las ciudades portuarias, tantas veces tomadas por la fuerza antaño y visitadas pacíficamente en nuestros tiempos. Conversaban con ligereza y humor, con profundidad e interés. Se miraban a los ojos, a los labios, se tocaban, se sonreían, celebraban, se besaban. El tinto les acompañaba de nuevo y brindaban por lo único, por lo exclusivo, por lo excelente. Rieron, rieron mucho.
- Oh Jesus! That's great! - acertaba a decir Adrián entre carcajadas.
- Come on, dear, let me explain to you... - decía Emma en esas interrupciones, mientras le contaba anécdotas tan inverosímiles como hilarantes.
En el corto paseo de regreso al auto se detenían para estrechar más un abrazo, para volver a reir. En la pequeña planicie solitaria que hacía las veces de parking, Emma sacó del bolso una llave usb que puso en el coche, y subió el volumen, dejando las puertas abiertas.
Las historias bien vividas tienen su propia banda sonora también, y los temas musicales adquieren un nuevo sentido.
Mientras sonaban bajo y guitarra, ella extendía los brazos y movía cintura y caderas serpenteantes; cantaba en italiano, sonreía, dirigía una orquesta imaginaria con brazos y manos... era feliz. Había disfrutado de una animada cena y una suculenta conversación, había recibido besos y caricias de un hombre que sabía besar y acariciar, y la noche se presentaba como un lienzo con un difuso boceto, que prometía una hermosa creación. Sonaba "Acqua e sale".
"Perché di te ho bisogno, non voglio di più"
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"I wonder if people around you know how complete and powerful you are". A.Belmonte. Thank you.
domingo, 27 de febrero de 2011
# 22. Plato original
Revista ELLESolemos hacer reuniones de antiguos alumnos de la facultad. Desde hace no mucho, esas reuniones tienen lugar en casa de alguno. La convocatoria es a través de un blog creado para ese fin, con un número cerrado de comensales, en función de la disponibilidad del anfitrión. A través de los comentarios nos vamos apuntando o dando nuestras excusas por no poder asistir, y así se completa la lista. Hay una lista de espera, en el caso de que alguien se retire de la lista principal. El día anterior los inscritos reciben un correo de confirmación del anfitrión y la convocatoria se cierra.
Tenemos dos reglas inamovibles: ni se admiten más participantes del número que se convoca, ni contamos con las parejas. El espíritu es intercambiar experiencias profesionales y personales que nos permitan el desarrollo en ambos campos, al abrigo de la intimidad que es respetada por los miembros del blog. Nadie puede entrar en el club-blog si no es por invitación de alguno de los miembros, y su candidatura es aprobada cuando otros cinco dan su visto bueno.
La última cena tuvo lugar en casa de Cati, de la promoción 1980-1985. Éramos trece. Como por arte de... no sé, Eva siempre es la última o penúltima en apuntarse. Cenamos marisco. Cada uno aporta un plato o una bebida -eso lo especificamos igualmente en los comentarios, a medida que nos apuntamos-. Hacemos fotos del encuentro que luego se cuelgan en el blog, generalmente de la mesa puesta y antes de que la ataquemos.
Ostras, gambas al ajillo, chirlas encebolladas, bogavante en su salsa, salpicón... Cati se hizo cargo de los postres, y cocinó una deliciosa tarta de café y chocolate. También sirvió unos licores caseros que ella misma elabora con hierbas que recoje en sus largas caminatas por el monte. Tras el postre y el café, cuatro salieron a fumar a la porchada, cosa que agradecimos los no fumadores.
Más animada la reunión después de los caldos de Cati, alguien tuvo la idea de que las sucesivas cenas fueran temáticas. Un raudal de propuestas se vertieron sobre la mesa: cenas monocromáticas, cenas con alimentos típicos de un país o región.
-¡Cena de Pedroñeras! dijo muerto de risa Pedro. Los demás le acompañaron el comentario con carcajadas.
También se habló de cenas con motivos inverosímiles -como la boda virtual entre dos asistentes-... El juego de palabras era muy divertido, y la tormenta de ideas inundaba el comedor. Parecía que estuviéramos en el Club Social de la facultad, en los tiempos muertos que convertíamos en los más vivaces.
- ¿Porqué no cenar sobre alguien? -dijo Eva.
Hubo un instante de silencio y los rostros de los presentes reflejaron sorpresa, admiración, curiosidad... aprobación. A continuación, sonrisas y replanteamiento de la tormenta de ideas.
- Eso lo hacen los chinos -dijo Maite- lo he visto en youtube.
- Japoneses, son japoneses -corrigió Andrés.
- ¿Qué más da? asiáticos al fin -añadió Fran- Pero esa gente es muy rara. Comen sobre una muchacha flacucha que parece de porcelana, por el color y porque no se le mueve ni un pelo, inmutabe, y con palillos. La miran flipando, palillos en mano, y sushi que te crió. Ese formato no tiene la menor gracia.
- Precisamente -dijo Eva- Quizá copiemos la idea principal, pero no se puede decir de nosotros que no tengamos capacidad de tomar una idea y resetearla.
Yo me encontraba a la izquierda de Eva. Mientras, el resto planteaba si pagar a un par de desconocidos para servir de plato, si acaso pudiera servir alguno de los presentes, si quiénes podrían asistir o no, si alguien pudiera molestarse, si desnudo integral o parcial, si era cosa de anunciar tal cual en el blog, si... un sin fin de consideraciones. Yo observaba cómo Eva, atenta a la conversación pero sin mirar a nadie, con la disposición y la delicadeza que todos le conocemos, había cogido la paleta de servir la tarta y cortaba en pequeños trozos el resto del pastel que había quedado.
- No puede ser tan complicado -dijo ella en voz baja que, no obstante, todos escuchamos; y siguió cortando la tarta hasta que terminó como un damero, completamente cuadriculada.
Entre tanto, llegaron las risas a propósito de si se exigiría depilación completa o no, si los hombres aceptarían comer sobre otro hombre o si sólo se debía contar con un plato femenino... las mujeres protestaban también entre risas y exigían igualdad de oportunidades.
Eva se levantó de la silla, y haciendo el gesto de levantar la falda de su vestido, preguntó:
- ¿Os parece inoportuno un ensayo? ¿Os molesta?
Entre incrédulos y sorprendidos, de nuevo, una catarata de voces, femeninas y masculinas, al unísono, replicaron:
- ¡No, no!
- ¡Qué va!
- ¡En absoluto!
- ¡Para nada!
- ¡Adelante!
- Nada de fotos ahora -dijo Matias-
Las cámaras digitales y los móviles desaparecieron a la una en bolsos y bolsillos de chaquetas, a la vez que en silencio y entre todos, apartaban vajilla y cubertería del centro de la mesa.
Viendo su cuerpo en ropa interior y con medias hasta medio muslo, pensé que nadie mejor que ella lucía el nombre que se le había dado. La tentación no vive arriba, la tentación es ella misma. Sentí que mi piel se erizaba, y un calor sofocante me agarró el cuello como una cuerda de ahorcado. Le tendí una mano para que subiera a la silla, Vicente hizo lo mismo del otro lado. De la silla a la mesa, y sobre su espalda, ella extendida entre los presentes, y ante los fumadores que habían llegado justo unos segundos antes, con la mirada atónita buscando una explicación a lo que ocurría, sin articular palabra. Todos alrededor, Eva invitó a Luis para que dispusiera los bocados de pastel sobre su cuerpo.
- ¿Quieres ocuparte tú, Luis, por favor?
- Claro... Sí, claro que sí.
Como si introdujera barquitos en botellas de vidrio, con ese cuidado, Luis distribuyó los trozos de tarta. Los demás sonreían, se miraban entre sí, miraban el trabajo de Luis. Eva cerraba los ojos cada vez que uno de ellos tomaba contacto con su piel.
- Mmmm, está frío -dijo con una voz casi imperceptible.
- Listo, hay dos bocados para cada uno. He dejado dos para ti en la fuente, para cuando terminemos -añadió Luis
- Bien, muchas gracias -sonrió Eva- Cuando gustéis.
Cati sugirió que fuéramos comiendo por el orden que quisiéramos, un bocado cada vez. Así fuimos haciendo. La mesa, cuadrada y gigante, requería que el comensal se subiera para acceder a su bocado. Hombres y mujeres nos alternábamos para llegar a ella. Los demás esperaban y observaban el original ágape, sobre la mujer original. Hubo quien, después de comer entre sus pechos, le dio un beso suave en uno de ellos. Quien volvió a morder con los labios sobre el lugar de donde previamente había tomado su bocado. Hubo quien le besó brevemente en los labios, con aliento a café y chocolate; quien le susurró algo al oído; quien le dijo "gracias, preciosa"; quien le besó en los pies; quien a penas le lamió.
Nos acercábamos a Eva como quien se acerca a una criatura peligrosa que duerme y es preciso que siga durmiendo, nos retirábamos como si se tratara de la reina de la creación y hubiéramos de postrarnos ante ella, sin darle la espalda. A gatas, sobre la mesa, fuimos pasando todos en nuestro turno. Ella apenas tenía un gesto de sonrisa contínua, que se acentuaba con los bocados; inspiraba sonoramente, expiraba de igual modo, cada vez que alguien comía o acercaba el rostro a su cuerpo. Su piel, toda su piel, estaba alerta y daba señales claras. Nadie hablaba, si no era para dedicarle una o dos palabras. La tensión de los doce comensales era palpable, y las miradas de unos y otras vagaban como embriagadas, sobre el plato original, esquivándose ente sí.
Ese ejemplar único, ese animal humano había prendido en nuestros instintos más básicos y primitivos el deseo en su estado más puro. Cosa extraña, atrapados y liberados, pureza y lascivia, sometimiento y rebelión. Yo comí en su ingle y junto a su cuello. Tuve la sensación de que el olor a mujer traspasaba el del café azucarado, y vencía en un pulso entre ambos. Después del segundo bocado le dije "te adoro", al oído. Parpadeó lentamente.
Eva llegó con Amalia, y con ella abandonó la reunión en primer lugar, después de compartir un rato con nosotros. Tomó los dos bocados que le correspondían y apuró dos caliches del licor casero.
- Amigos, ha sido un gran placer. Me ha gustado mucho cómo lo hemos hecho, estaba segura de que no debía ser difícil. Sois un grupo fuera de lo común, y os estoy muy agradecida -nos dijo al despedirse-
Sin que ninguno quisiera abordar el tema, cierto era que tampoco podíamos pensar en otra cosa. La excitación nos había dejado exhaustos.
- Ella sí que es algo fuera de lo común -dijo Juan.
- No entiendo cómo no se le conoce pareja. Es... Eva es... -Marga no supo terminar la frase.
- Sería injusto que Eva perteneciera a una sola persona, debería ser declarada patrimonio de la humanidad -dijo Carlos.
A los pocos minutos, visto que no había nada mejor que decir ni hacer, cada cual tomó el camino de regreso a su casa.
Por mi parte, mientras conducía en silencio, pensaba en ella. Es cierto, yo tampoco comprendo porqué no tiene alguien. ¿Porqué no, incluso... yo misma?
Dedicado a los Piscis, imaginativos, sensibles, amables, intuitivos, soñadors, misteriosos...
domingo, 21 de marzo de 2010
# 1. SEISCIENTOS BESOS
"¡Mira tú por dónde! Me marcho de aquí", dijo para sí la joven nacarada.
Un par de horas antes acudía al baile que había esperado durante meses, y al que no había sido invitada. El anfitrión era un "pata negra", un muchacho con despacho y una madre deseando convertirse en suegra. Uno de esos que para entrar no necesitaba enseñar la patita por debajo de la puerta, ni ochenta días para dar una vuelta.
- Soplaré, soplaré, y tu corazón derretiré - le escuchó decir a una moza de rizos dorados mientras bailaban muy agarrados.
La joven observó durante un rato al rapaz que bailaba sin tregua. No había que ser muy lista ni tener la vista de un gato para ver, a siete leguas, que aunque más que bailar daba coces, estaba el cerdito en la pista rodeado de lobas feroces.
Se fue al aseo y se encontró en el espejo.
-Si no me veo, no me creo... ¿Mi gozo en un mozo? - pensó. ¿Dónde vas, chiquilla? Que no, que no, que aunque caiga un chaparrón, no soy una del montón, y no pierdo, sino que, gustosamente, cedo mi silla.
Pintó sus labios de rubí, ciñó de nuevo su turbante, y se imaginó frente al volante
- Que sí, que sí, que me marcho de aquí -se repitió.
Atravesó el salón decidida, la porchada y el jardín, resuelta a ser, por fin, la "prota" de su vida.
- No necesito seguir a un conejo, no necesito mil maravillas. El príncipe de este cuento, la verdad, me importa un pimiento. ¡Tanto aburguesamiento me apelmaza! No irán a parar aquí mis huesos porque juego con una baza: me voy donde me lleve mi calabaza. Hoy me esperan, al menos, seiscientos besos.

