lunes, 20 de septiembre de 2010

# 15. Meetic y ¿Rara avis?


Foto de VISA pour l'Image, Perpignan, 2010.

- ¿Cómo eres tan atrevida? ¿No te da miedo dar con algún loco? –preguntó mi querida y asustadiza amiga Ana.
- No puede haber más locos que en la calle –le contesté- las probabilidades son las mismas. Pura estadística. Y no soy atrevida, ya lo sabes.
- ¿Entonces? ¿Cómo te metes en un sitio así, donde pueden engañarte como a una niña, poner cualquier cosa para venderse? Mira que lo que se dice de esos sitios no es buena cosa. Ahí no vas a encontrar más que los restos, lo que no quiere nadie, gente que no vale un pimiento.
- ¿Eso es lo que opinas de mí? ¿Qué no valgo un pimiento? –le miré inquisitiva.
- Mujer, tú eres punto y aparte. Tú eres una mujer como la copa de un pino. No vamos a decir que hayas acertado, la verdad. Pero exponerte en un escaparate para que te escojan como en un catálogo por correspondencia… Te puede ver alguien del trabajo, tu familia, tu hijo…
- Ana, cariño. Hace un año que me divorcié y eso es público. En mi trabajo y mi familia lo requetesaben. Para mi hijo, en plena adolescencia, soy la última de sus preocupaciones ¡Ya tiene 16 años! Y además, igual que estoy yo, puede estar también alguno que valga la pena. Estadística, Ana, estadística.

La vida transcurre deprisa y caprichosamente y, en definitiva, lo que encontraba en Meetic era lo mismo que encontraba en la calle: estadística. Aburrida de las carencias y deficiencias de la demanda, una termina por no presentar oferta.

Un día, más aburrido que los demás, en mi bandeja de correo, encuentro: “Meetic: Juanbna_900 te ha enviado un nuevo e-mail”.

- Venga, va, tú has sido elegido para no ir directamente a “Eliminar” –pienso-. Abro.


De: Juanbna_900
Para: Belbelisa

Pero ¿tú qué esperas?



De: Belbelisa
Para: Juanbna_900

Alguien como yo.



De: Juanbna_900
Para: Belbelisa

¿Te basas en una simple foto y en una descripción para encontrar lo que buscas, para hacer tu elección? Me siento como un perro en el criadero, aquí, teniendo que demostrar mi pedigrí. ¡Qué tontería! No tengo pedigrí, y me siento juzgado por ello. Pero puede ser que sea muy diferente en la vida real, con muchos más atractivos que los que muestra una foto.


De: Belbelisa
Para: Juanbna_900

Señor:

No he mirado su foto ni su descripción, solamente he respondido a su pregunta.
Se siente como un perro… le comprendo perfectamente. Yo, por mi parte, la mayoría de las veces me siento como un pedazo de carne ante una jauría.

Entré en este lugar hace años, cuando era gratuito para las mujeres, y no me he borrado, lo cual me ofrece el “privilegio” de no pagar un céntimo. Sigo aquí y, de vez en cuando, entro en la página para ver lo que ocurre. Hace ocho meses que borro los correos sin abrirlos, pero la casualidad ha querido que leyera el suyo.
Verá, lo que ocurre es lo siguiente:

En su momento empleé un buen tiempo para responder y completar todo el cuestionario de mi ficha, y todavía recibo tests -para comprobar mi afinidad-, de tíos que esperan que sea yo la que siga contestando a más preguntas, cuando ellos no han puesto más que su edad, y puede que nacionalidad y horóscopo. No han leído la parte de mi presentación en la que digo “Quiero lo que ofrezco” o, simplemente, no han leído nada.

Digo que acepto un hombre con unos pocos años más o menos que yo, y recibo flechazos de hombres de 60 años que aceptarían una mujer entre 35-45 años. ¿Debería sentirme privilegiada por entrar en el lote? Dicen de sí mismos que son románticos y me reprochan que yo no lo sea (así reza en mi ficha). Sin embargo, no buscan más que carne fresca –con respecto a la propia- sin ningún interés en la templanza, la madurez y la ternura que ofrece y requiere el romanticismo…

Todos mis datos son reales, y me he encontrado con hombres que tienen diez años más de los que indica su ficha, en la cual habían puesto una foto donde tenían quince años menos –sin contar aquellos que no ponen foto “por motivos profesionales”-. Algunos con una barriga que no les permite ver su propio sexo, que buscan una mujer con silueta deportiva; peludos como osos pero que quieren una amable “manzanita” bien depilada.

Repaso mis correos para expresarme correctamente, y me encuentro con hombres que afirman tener estudios de licenciatura o superiores, y que cometen más faltas de ortografía que palabras escriben.

Recibo igualmente correos que son un burdo “copiar-pegar”, a modo de circular; creíbles quizá para una adolescente, pero nunca para una mujer. A veces no lo recuerdan y lo repiten, literalmente, al cabo de unos meses.

No hablemos del estado civil.

En fin, créame si le digo que comprendo su decepción, pero también que no es conmigo con quien debe envalentonarse. No acostumbro a prejuzgar, sin embargo, y tras la lectura de su correo, no estoy muy segura de que usted no lo haya hecho conmigo.

Soy una aventura magnífica en la cama, lo tengo claro. Aún así, en el mejor de los casos eso no me ocuparía más que una o dos horas diarias, lo cual es poca cosa comparado con lo que puedo dar el resto del tiempo.

¿A quién ofrecérselo? Insisto: a alguien como yo. Y yo lo quiero todo. De cualquier forma, ya hace un rato que no busco nada, en efecto. Solamente espero lo que deseo.

No piense que es más fácil de este lado –del lado de las mujeres- cuando lo que se pretende encontrar es franqueza, claridad y una compañía honesta.

Confío en haberme expresado bien, sinceramente,

Isabel

P.S. Y ahora, puede que lea su ficha.


No me tomé esa molestia. Me di el gusto de borrarme. Nunca me gustó la estadística, ni los numeritos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

# 14. Vuelo de Madrid.


Illustration de Manara. 2004.


La mujer empleó más tiempo en embadurnar su cuerpo de crema del que había necesitado para ducharse.
Extendía la hidratación comprobando la suavidad de su piel en cada centímetro de recorrido. Un suave masaje y preparatorio dedicado al hombre que salía de viaje en ese mismo instante, parte del protocolo amatorio del que gustaba gozar tanto como él.

“Te imagino recibiéndome con minifalda de vuelo, camisa ajustada, sin ropa interior. Mi avión sale en treinta minutos”. Fue el mensaje que recibió para confirmar la hora de salida.

El viajero había hecho la maleta sin vacilar, tan acostumbrado estaba a ello. En el último momento recordó un antiguo juguete, un souvenir de Londres que compró contando tan sólo diecisiete. Revolvió cajones, estantes y armarios, hasta que encontró la “prenda”. La incluyó con el resto y cerró la maleta.

Como en él era habitual, llegó el último para embarcar. No había prisa: precavido siempre en llevar como todo equipaje el de mano, eran precisos escasos minutos para recorrer el espacio entre las puertas del aeropuerto y el avión. Pan comido. Si no hubiera sido por el trámite de pasar por la cinta de seguridad. El agente frente a la pantalla detuvo la banda móvil.
- Señor, no puede usted embarcar con ese objeto. Ha de dejarlo en las bandejas dispuestas aquí detrás. Normas de seguridad.
- ¿Qué? No puede ser, otras veces lo he llevado conmigo y… quiero decir que… bueno, que no es la primera vez que viajo con esto y nunca ha habido problemas.
- Puede llevarlo si se encuentra en el equipaje facturado, el que va en la bodega. En cabina no puede usted viajar con este objeto, debe dejarlo.
- Bien ¿qué pasa si lo dejo aquí? ¿Cómo lo recupero después?
- No se recupera. Todo lo que se deja en las bandejas se tira o se destruye y…
- Ah, no, no, no, no. Algún modo habrá. Lo necesito para trabajar, he de hacer unas fotos y debo llevarlo y, sobre todo, no tengo intención de perderlo.
- Pues lo lamento, pero no puedo permitirle pasarlo.
- ¿Podría llamar a alguien a bordo? Quizá si lo entrego a alguien de la tripulación, si está a recaudo del comandante… quizá podrían entregármelo al llegar a destino.
- Es que estos objetos no pueden viajar donde tengan acceso los pasajeros.
- Insisto, se lo ruego, ¿hay modo de poder consultar esa posibilidad?

Por los altavoces hacían la última llamada para el pasajero con destino…

- Se lo ruego, por favor, ese al que llaman soy yo… algo se podrá hacer…

El agente hizo una llamada. La situación se le antojaba cómica y tenía curiosidad por saber qué desenlace podría tener. Sintió simpatía por el viajero tenaz. Después de una breve explicación colgó e informó al reclamado pasajero:
- En seguida viene alguien.

Efectivamente, un auxiliar de vuelo se acercaba, con paso ligero.
- Tengo orden del comandante de hacerme cargo de un objeto que el pasajero no puede llevar consigo, ¿es así?
“¡Ah! Cielo abierto: volamos” pensó satisfecho.
- ¡Sí, así es! ¿Cómo no? Tenga, venga, que tenemos prisa ¿no?.
Sin mediar más, en un visto y no visto abrió y cerró la maleta, extrayendo su dichoso juguete y entregándolo al auxiliar. Éste miró la causa de tanta excepción con sorna, lo metió en el bolsillo del pantalón, y pidió al pasajero caprichoso que le siguiera. Ambos con ligero equipaje, recorrieron un par de pasillos levadizos que les embocaron por fin a la puerta del avión, la cual se cerró de inmediato.

En el panel de información anunciaban la llegada del vuelo procedente de Madrid. Diez minutos de retraso no eran muchos. Entre la gente que esperaba, el hombre distinguió en seguida la cabellera color violín de su amante, su silueta de guitarra. Con paso firme y saltarín, se acercó hasta ella divertido. Sólo unos instantes de un beso risueño, húmedo, gracioso, fresco, mientras giraban sobre sí como peonza y la maleta pendulaba.
- ¿Vamos? -dijo él.
- ¡Claro! -contestó ella.

El recién llegado metió la mano bajo la falda y comprobó con un apretón que la pelirroja había seguido sus instrucciones. Ella soltó una carcajada.
- ¡Pero qué magnífico culo tienes!
Aparcados en batería en la acera de la terminal de llegadas había seis autobuses destinados a cargar turistas extranjeros. Los conductores esperaban en grupo mientras charlaban aburridos. Todas sus miradas se posaron sobre las curvas de la nacional, y sonreían al eufórico acompañante, mitad cómplices, doblemente envidiosos.

- He traído un cargamento especial, especial para ti.
- Uhmmm… tú y tus especialidades… -ronroneó ella.
- Tengo dos pulseritas que te vas a poner a la vez, y que te van a tener bien quietecita…

La mujer volvió a reír, caminando con paso firme, todo garbo, todo meandro, toda rotunda, contundente.
Giraron hacia la zona de estacionamiento, bordeando la última esquina del edificio. Por una doble puerta blanca apareció, casi en forma de estampida, un grupo de hombres y mujeres uniformados que se detuvieron al instante y se dispusieron a fumar. Varios con gorras, algunas bajo el brazo. La pareja atrajo las miradas de todo el grupo, al tener que pasar por en medio disculpándose. Un uniformado dio un codazo al que tenía al lado y ambos saludaron al unísono. Todos sonrieron. Sonrisa general.
- Buenas noches, y feliz estancia.
- Buenas noches, ¡sin duda! y muchas gracias -contestó el madrileño.
- ¿Les conoces?
- Es la tripulación de mi avión.
- ¡Qué amables! ¿No?
- No lo sabes tú bien. En esos vuelos domésticos, con ciertas compañías… es como estar entre amigos.

jueves, 5 de agosto de 2010

# 13. Steak Tartar.



Terminé de secarme el pelo, me cubrí con una camisola, y salí al salón.

Encontré una preciosa mesa puesta. Un mantel de encaje crudo sobre otro liso color burdeos. No había dos platos iguales, estaban decorados a mano con ilustraciones que bien podían ser de un Miró naïf. Un surtido de quesos estaba presentado sobre una tabla de madera color cerezo y con forma de manzana. En una fuente de plata, hojas de tres tipos de lechuga dispuestas en dos abanicos con lunares de tomates cherry, y una salsera con su condimento. Se completaba la mesa con una panera de loneta con compartimentos, en los que había pan de centeno, tostas, picos y palitos con semillas.

Sirvió vino en las dos copas, me dio una, e hizo el gesto de brindar, mirándome a los ojos pero sin mencionar un brindis. Bebió un sorbo y dejó su copa junto a la mía.

En un práctico gueridón había dispuesto una serie de ingredientes. Se puso detrás de la mesita y frente a mí, para que asistiera en primera fila a la preparación del plato. Empezó a picar dos chalotas.
- ¿Te ha gustado el baño? - preguntó
- Muchísimo. Debo agradecértelo y decirte que no recuerdo algo parecido.
- Nada que agradecer, me apetecía mucho -me dijo casi susurrando.
Trabajaba de pie, mientras charlaba conmigo y me dedicaba miradas que escondían pimientos de Padrón. Picó alcaparras y perejil, reservó.

- Los aceites son especiales, según me dijeron en la herboristería. Los compré pensando en ti. Pedí que tuvieran efecto tonificante y estimulante.
- Pues por el momento me siento tonificada, y la fragancia que han dejado en la piel es riquísima.
- Miel sobre hojuelas, dulce sobre dulce.
- Gracias…

En una ensaladera echó una yema de huevo que batió; añadió mostaza francesa y unas gotas de limón, removió, salpimentó, y empezó a ligar con un chorrito de aceite.

- Comprobaremos la fragancia en breve –dijo mientras introducía una cucharilla en la mezcla y la probaba.
- El efecto estimulante lo he sentido durante el masaje...
- Me alegra mucho, esa era la intención principal –añadió a la mezcla cuatrocientos gramos de solomillo picado, las chalotas y un chorrito de cognac. Mezcló.

Durante el baño, ambientado con tres velones rojos y el arpa de Zabaleta, llevó sus manos dibujando círculos sobre mi piel hasta el último confín de mi anatomía, sin sobrepasar la línea del abismo y regresando, sobre sus círculos, a tierra firme. Variaba el ritmo y la presión, se hubiera dicho que pintaba. Cada vez que sus dedos llegaban al límite, la tentación de saltar que yo sentía era mayor, pero las instrucciones previas al baño me lo impedían: debía dejarme hacer, era el único requisito.

Alcanzó dos platos trincheros, y sobre uno de ellos empezó a servir cucharadas de la carne, que iba disponiendo para formar un filete.

Sirvió el segundo plato, espolvoreó con el perejil y las alcaparras, y se quitó el delantal, bajo el cual llevaba enrollada y anudada a la cintura una toalla. Imaginé que los preparativos no le dejaron tiempo para vestirse, o sí.

En mi plato encontré un pene erecto con sus anejos. Sonreí, claro, por la simpática sorpresa, y enseguida dirigí la mirada a su plato, en el cual reposaban un par de perfectas tetas de carne picada. En ambos, perejil y alcaparras estratégicamente colocados. Le miré, y me sentí como esos perros pequeños que salen a pasear al parque y que, ante el requerimiento del amo, le miran con la cabeza ladeada preguntando: ¿Y ahora qué?

- Que disfrutes de la comida. Espero que te guste – me dijo, mientras alzaba su copa de nuevo para beber un sorbo. Al abrir la servilleta se le cayó, y desapareció del horizonte de la mesa para recuperarla. Yo esperaba a que reapareciera para comenzar a comer, y observaba divertida mi steak tartar. La luz era suave, la música a juego. Seguía sin asomar la cabeza cuando sentí sus dedos en ambas rodillas, que las abría, con el cuidado con que se abre un manuscrito de abadía.
Sentí su cabello avanzar entre mis piernas y, en su punto de encuentro, su tibio aliento.

- Comamos. Si paras tú, paro yo.

Carne fresca y macerada, con matices agrios y sabor salado. Con mucho placer, nos lo comimos todo.

jueves, 29 de julio de 2010

# 12. Anita y las olas.



Anita, mujer templada a golpe de forja. Con alforjas llenas con el sudor de su frente, se encontró frente a frente con el amor más natural y básico. Un músico nostálgico con muchos acordes todavía por afinar. Ella, vecina del mar; él, ciudadano de ninguna ciudad. Por impulso y con invitación, Anita visitó a su amor con alegría, varias veces, sin prisa ni urgencia, y para su decepción, su vehemencia más que arrullar arrolló al artista ya de por sí atropellado.

La distancia era inevitable, el silencio era innecesario. De tener una comunicación a diario, a detener una comunicación de a diario. El músico no emitía más que alguna nota cada tres días, todas ellas frías. Anita temía que su amor confundiera la entrega que sentía por una exigencia que no existía. Él decía de ella que era una mariposa temprana: fresca y llena de vida; de sí mismo que era un bicho maltrecho, buscando la forma de volver a caminar derecho. Sin ser necesario escucharlo, Anita entendió que su chico, todavía inestable, no osaba acercarse más por temor a que ella fuera otro elemento a añadir a su desorden vital.

-No sé qué hacer. Lo pienso cada noche, cuando ya no hay visitas, ni papeles, ni reuniones, ni teléfono. Salgo al balcón y hablo con las olas, les digo lo que me gustaría decirle a él. –me confesó Anita un anochecer que compartíamos delante de dos Martini rojos
- Pues no sé a qué aguardas para hablarlo con él –me aventuré a decir sin que me pidiera mi opinión.
- Uy, no sabría por dónde empezar, ni qué decir, ni cómo hacerlo…
- Hazlo, simplemente. Cuéntale lo que hablas con las olas. –me terminé despachando así.

“Lo dicho, mal bicho...

Anoche, tras apagarse la última voz, agradecida por el regalo del silencio poco frecuente, reparo, de repente, en un sonido familiar. No era otro que el mar, de nuevo con un rugido feroz, constante, insistente, un derroche.

- ¡Anita....! - escucho -
- ¿Quien es? pregunto, y pienso: A estas horas no espero visita…
- Pues ya ves: somos nosotras, las olas.
- ¡Vaya...! ¿A qué viene este escándalo? ¿Queréis romper la playa?
- ¡Calla, mujer, calla! ¡De alguna manera había que llamar tu atención!
- Ya la tenéis ¿Qué se os ofrece?
- Acercarte tu amor…
- Agradezco la intención, pero dudo que suceda, tiene miedos, tiene dudas…
- ¡Nos las hemos visto más duras! Es sencillo, a ver qué te parece. Podrías decirle a tu amigo el músico que somos excelente público, a la vez que una inagotable fuente inspiradora. Que se haga un pequeño viaje, y nos mire de frente, como tú ahora. Si quisieras ser la transmisora, si nos hace caso, si le apetece... podrías hacer las veces de anfitriona.
- No sé, ¿Y si no funciona?
- ¡Mira que eres llorona!... ¡Hazte y haznos el favor!

(...)

Y aquí estoy para informarte,
que dicen éstas, que cuando yo voy
ellas vuelven, varias veces, de muy lejos,
que le eche narices,
que no te eche los tejos,
que sólo te pida que traigas tu arte,
que aquí tenemos
los aparejos que precises.

Besos de salitre y espuma."

viernes, 25 de junio de 2010

# 11. Ahora, de verdad.


"Der kuss" Gustav Klimt.



La primera vez detuvieron el ascensor de servicio de un edificio de oficinas, un lunes a primera hora. Fueron necesarias varias pulsaciones para no interrumpir el pulso de sus venas, el compás de sus fluidos en vaivén acompasado. Una cosa llevó a la otra. Invadieron un gabinete dental de un centro de salud en una hora sin servicio, con sonrisas que nunca el alginato pudo reproducir, ni las fresas interferir entre los dientes que mordían los labios que se les ofrecían, sin ceder una gota de saliva a otro succionador que no fuera la boca amante, ávida.

Habían sucumbido entre dos coches estacionados en un parking de seis plantas. Poco importaba que fuera el momento de cierre de comercios, que los conductores caminantes transitaran de un lado a otro en retirada apresurada. Su deseo rebotaba en paredes tiznadas, sus suspiros sorteaban columnas marcadas para escapar por respiraderos que les ahogaban. Sólo sus movimientos eran cautelosos, reducidos a la menor expresión, llevados a la mayor proximidad y miramiento. En sus más nocturnas locuras vibraron, tras un altavoz, en una oscura discoteca de polígono. Como equilibristas con los vasos sin apurar, apuraron la noche confundiendo las palpitaciones propias con las de los ritmos más penetrantes, canciones que vestirían para siempre su recuerdo, fondo de armario de sus usos musicales.

También miraron de frente al sol, sobre dunas de una cálida cala de Cádiz. Entre médanos que albergaban ramajes dispersos concentraron su temperatura y dibujaron, tras los matorrales, siluetas difusas de un encuentro desesperado, atenazado por la premura cada vez mayor. A veces la espera dolía. Les dolía a ambos y, sin embargo, no lo decían. No era miedo a confesar amor, era auténtico terror a no llegar, a perderse como arena entre los dedos, el uno al otro. Y esperaban.

Se enredaron anudados sobre tapices de miles de nudos, envueltos en aromas de cominos y menta, abrazados por los cantos que se precipitaban desde minaretes que miraban al cielo, derramados por el suelo. Surtían cada encuentro con provisiones para todos los sentidos, hasta tanto pudieran vivir de ello, hasta que la necesidad última lo hiciera todo inútil y fuera preciso el paso definitivo, final.

Enloquecieron en el barco que les llevaba de regreso a Cancún, desde Isla Mujeres, entre cazuelas y sartenes. El jolgorio que los caldos mayas provocaban en los turistas, la banda que hacía que aquellos malditos bailaran y bebieran, la atmósfera húmeda y vespertina, hacían de la cocina un lugar poco interesante para visitar. Y en la bodega del bote deshojaron un par de margaritas, desfloraron un par de brotes y dijeron “te quiero”. Bebieron la mieles de la deseada declaración en un bateau mouche bajo luces y sombras y los puentes del Sena, acariciando su pasión por separado a vista del rosetón de “Notre Damme”, y nuestra dama pidió más.

Él aún propuso una excursión menor, una salida a pescar al río. Entre cañas y barro se amaron, con un hilo invisible sosteniendo lo que ya era difícil de mantener así. Como los cantos rodados de las riberas antaño cubiertas por el cauce, ese amor quedaba expuesto, desprotegido. En un último viaje clausuraron un vagón de tren para servirse del mismo a lo largo y a lo ancho, en marcha, un buen trecho… Cuando todo concluyó, ella buscó el aire de las ventanillas que no podía abrir. Él descubrió que era mucha la distancia, y que no estaba dispuesto a perder ni un día, ni un solo minuto más en acercarse a ella definitivamente.

Marcó tranquilo el número de teléfono.
- Hola de nuevo. Soy yo. Quería decirte que… es preciso que nos veamos.

Hubo unos instantes de silencio.
- ¿Cariño?
- Sí, sí… estoy aquí; sólo que…¿Así, de repente?
- Necesito verte, no deseo otra cosa más, no puedo esperar, necesito verte.
- Me pillas un poco de sorpresa, pero me parece bien. Oh, lo cierto es que, ¡Dios mío, yo también lo necesito más que nada!
- Te espero en la salida del metro de la plaza Castilla. En una hora ¿va bien?
- ¿Una hora?
- Por favor…
- Está bien, y ¿cómo...?

Él la interrumpió:
- Tengo unas flores para ti.
Escuchó la sonrisa, la exhalación de alivio de la mujer.
- En una hora, pues.
- Hasta dentro de una hora.

Las líneas 9 y 10 se cruzaban allí. Podrían ir caminando a cualquier lugar, dando un paseo.

La mujer subía las escaleras meditativa, aturdida, cabizbaja. Levantó la mirada con dificultad, hacia lo alto de la escalinata. Él esperaba, efectivamente, con un ramo de margaritas, apoyado al final de la barandilla. Encontraron la mirada al instante. Sonrieron. Ella se detuvo frente a su amor.

- Eres tal y como te imaginaba.
- Tú eres mucho más bonita de lo que pensé. ¡Ven!

Le cogió de la mano y se apartaron de la boca del metro. Caminaron unos pasos y detuvieron la marcha. Se abrazaron, fácilmente, como si fuera un reencuentro. Intercambiaron regalos: él, las flores; ella, un beso. El primero.

jueves, 17 de junio de 2010

# 10. Traducción.

"Le baiser de l'Hotel de Ville" Robert Doisneau.
(1950... après la Libération)

Llevaban meses trabajando en proyectos que otros habían exportado. Él realizaba los informes que ella traducía. El contacto, siempre correcto y en los últimos tiempos más cordial y personal, no había sido más que por teléfono o por correos.

En la última llamada, después de despachar un par de asuntos sobre los franceses, la conversación concluyó con unas reflexiones del hombre. Se declaraba admirador del chovinismo, aplaudía la cohesión de tan diversas razas y procedencias, el amor y la defensa de aquello que les es común y que tienen a gala.



De: bmendez@manag-ing.es

Para: jpujadas@manag-ing.es

Asunto: Te quiero, traducciones y chovinismo.
Fecha: Thu, 3 Dec 2009 16:49:54


Pues llevas razón. No tanto así porque la exaltación desmesurada sea para todo recomendable, pero es cierto que mayor valor tiene la pasión que la tibieza, más si es en defensa de lo amado.
Estaba esta tarde traduciendo el expediente de los pantalanes. He consultado la conjugación del verbo vouloir, querer para nosotros. Me fijo por primera vez en el apartado de la página que define el verbo. Me encuentro lo que sigue:


1º Tener ganas de

2º Tener una intención, un deseo de que algo se realice.

3º Desear poseer, interesarse por.

4º Pretender

y me digo: “Pues sí, en la lengua de Molière, yo a este hombre le quiero, pero mucho”.

Pienso en lo conveniente que es el buen uso de la lengua, para la comunicación y para el placer. Y pienso en el chovinismo francés, en la riqueza del francés, en la capacidad expresiva de su lengua, y de la mía, española. Pienso que te quiero: Je t'en veux.

Berta.


De: jpujadas@manag-ing.es

Para: bmendez@manag-ing.es

Asunto: RE: Te quiero, traducciones y chovinismo.
Fecha: Thu, 3 Dec 2009 17:15:49

Me has sorprendido; quizá no. Por mi parte diré que:

1º Tengo ganas de ti.

2º Tengo la intención y el deseo de poseerte.

3º Me interesas mucho.

4º Pretendo que esto llegue a buen fin.

Tengo la necesidad de estar contigo, tocar con mi aliento tu oído, conocer nuestra reacción al reconocernos.

Te quiero, te espero.

Joan.


No esperó mucho.




lunes, 7 de junio de 2010

# 9. Conversación de sauna.

"Danae". Obra de Gustav Klimt.
"Danae" de Gustav Klimt.


AGUA.


Entre vapores mentolados entró una silueta de mujer con una toalla en la mano. Invadiendo en parte mi territorio, extendió el paño como la Magdalena en el lavatorio, y se sentó a mi lado. Al quitarse el gorro de baño cayó una melena que alcanzaba su cintura, y en medio de una nube de alta temperatura, tuve la ensoñación de estar junto a una sirena.


Bajo el banco, de repente, un soplo de aire caliente le hizo levantar los pies y subirlos de nivel, rozando con su pierna la mía. A pesar del vapor a granel y de una escasa luz de linterna que impedía ver a un metro al frente, la cercanía hacía evidentes las formas de aquella criatura.


Para mi sorpresa y contento, el cielo quiso que viniera a cuento ilustrar mi fantasía. De la nada sacó un guante que con suave movimiento asía, recorriendo su piel. El silencio permitía escuchar su aliento: sobre hojuelas, miel. Con una mano el cuello, el pecho, las piernas; con la alterna el vientre, el lado derecho… y yo hipnotizado, viviendo el ideal de la caverna de Platón, con la mirada de bobalicón, fiel a cada trecho.


... TOCADOS...


No miento si digo que tuve que cambiar de posición con urgencia, por no caber más elección. Al tiempo que sentía la mayor turgencia, a mí mismo me decía:”Quien evita la ocasión, evita el peligro, pero cuando la ocasión invita, tonto serás si no pasas a la acción”

- ¿Puedo ayudarte con la espalda? –me escuché susurrarle.


Se giró, me miró dulce, sonriente. Creo que a partir de ahí, a nuestro alrededor desapareció la gente.

- Claro. Hazlo despacio, pero firme.


“¡¿Qué despacio?! ¡¿Qué firme?!” –me dije- “Firmo por reservar este espacio los próximos tres años”.


No podría asegurar si era real o lo imaginaba, pero juro que escuchaba la ambientación que se me ocurre que tendrían las termas de Caracalla. Un run-run de conversaciones ajenas murmuradas, con un fondo de música de arpa lejana. En el centro de la elevación de una carpa romana, proseguía la frotación de la espalda soberana. Y quien dice espalda, dice más, que no es digno de espada el soldado que no sabe avanzar.


Algo me preguntó, algo le contesté. ¿Que qué? ¡¿Cómo lo voy a saber?! La excusa eran palabras, el fin era su piel, rozar con mis labios su hombro ¿Cómo podría hacer dos cosas a la vez? Dejemos eso para sabios. La cuestión es que, sin salir de mi asombro, por activa y por pasiva, conjugaba el verbo gozar dejando que mi mano intrusa llegara más allá.

“Detente” –pensé-, “quizá sea lo que más convenga para asegurar la continuación de la contienda deportivamente”

- ¿Está bien así?

- Sí, perfectamente.

- ¿Sigo entonces?

- Por favor…


... HUNDIDOS.


Lejos de confundirme, la humedad del ambiente me alentaba, y sin cejar en la avanzada y apartando la cabellera, puse mi boca en su nuca, atenta mi mano caballera en no dejar terreno sin explorar.

- ¿Quieres que siga?

- No lo dejes, te lo ruego, queda poco.


Poco, poco… y con un fragor atenuado envuelto en el vapor, la sirena se revolvió en convulsión contenida, a la vez que mi victoria acallada recorría mi interior, y corría al exterior. Con sonrisa agradecida nos besamos.

Un beso de despedida.