sábado, 5 de marzo de 2011

# 23. Tu olvido y mis recuerdos.

Photo: Pascal AVRIL

En un lugar perdido del mundo, tú perdido, y yo contigo. Perdida sin tí, me encuentro a tu lado, esperando.

¿Recuerdas, cariño, nuestro primer hogar? La luz retumbaba dentro, tanta era y por todos lados entraba. Aquella luz tenía el precio de subir cinco pisos de peldaños, que entonces no eran nada. A mí se me pasaban en un suspiro cuando los subíamos juntos. Tantas veces como subiéramos, interrumpías la conversación:
- Esas piernas que te sujetan, querida mía, serían la envidia del partenón. No hay tela en París que exhiba tanta maravilla.

Me has descubierto placeres eternos.

Me hablabas del calor.
- ¿Quién te acariciará como yo, si no es el sol? -me preguntabas.
En las tardes ociosas de nuestras primaveras, cepillabas mi pelo en la terraza mientras me contabas tus cosas, y me acaraciabas con tu cálido aliento bajo mi trenza. ¡Cuántas veces nos merendamos con delirio!.

Me hablabas del aire.
- Siente su olor, siente cómo avanza por tu piel, cómo la tensa el frío y la calma el tibio.
Las noches calurosas de nuestros veranos, tendida la colada en las cuerdas frente al ventanal, recogía la brisa más suave, y llenaba la casa de un aroma fresco a jabón, confundida con los aceites. Tendías el colchón sobre el suelo, en el paso de la corriente, para ofrecerme todas esas caricias.

Me hablabas de la luz.
- El horizonte es algo que podemos dibujar con nuestros anhelos. La oscuridad no existe, sólo es la ausencia de luz. Las sombras son la constancia de nuestra presencia, cambiante y pasajera.
Jugábamos a inventar historias con las sombras que la ropa hacía sobre paredes y techo. Tus cuentos fantásticos me llevaban de la mano por paisajes de una infancia en el país de las maravillas. Me hacías reir, y besabas mi risa.

Me hablabas del silencio.
- Nada debe ser absoluto. Sólo podemos apreciar el silencio cuando un pequeño ruido lo interrumpe. Las voces de esa gente que viene de festejar y camina en la calle, desde que empezamos a escucharlas hasta que se alejan y se pierden de nuevo, nos dan la medida de la profundidad de este silencio, y de su valor. El resto de ese silencio, tú lo adornas con tu respiración, ya quisiera el silencio tejer como lo hacen tus suspiros.
Y callabas.

Me hablabas del color.
Las tardes doradas de nuestros otoños, preñadas de ocres, sienas, terracotas y mostazas, eran el marco de nuestros paseos y el centro de tu paleta.
- Necesito el helecho de tus ojos y el coral de tus labios para que el resto brille.
Y en tus lienzos yo yacía durmiendo, cosía bajo la pérgola, me lavaba sentada...

Me hablabas de la esperanza.
En las mañanas nuevas de nuestros inviernos, abrazando la manta en la que me envolvías, me pedías en el patio que recibiera el nuevo día contigo.
- Este día es nuevo para nosotros, y nosotros somos nuevos para él. No sabe si nos equivocamos ayer, si hicimos mal o lo sufrimos. Hagamos que el recuerdo que este día guarde de nosotros sea el mejor.

Hoy, tú perdido y yo contigo, sin esperanza ni desesperación. Llegaste a mí como un arcón lleno de sorpresas que esparciste a mi alrededor, un cofre de tesoros interminables. Y en estos días de una estación desconocida y sin sentido, amor mío, mi existencia se viste con los tesoros que me has dado todos estos años.

Sólo puedo hacer una cosa: tomarlos en mis manos y mostrártelos, contártelos yo a ti, antes de guardarlos en el cofre de donde salieron. No son cosa para que otros compartan, sólo a nosotros nos pertenecen. El calor, el aire, la luz, el silencio, el color, la esperanza... cada cual tiene lo suyo.

Te debo una historia fantástica de héroes y hadas. Soy quien tú has alentado, soy tu mayor obra. Tú decías que eras por mí. Ahora te creo. Ahora te entiendo. No quisiera otra vida, si mil oportunidades tuviera. Cuando no estés, pasaré mis días abrazada a nuestros tesoros, tranquila. Esperaré como cuando esperaba en aquella estación de tren, con mi hatillo sobre mis piernas, con la alegría de saber que en poco tiempo estaré en tu compañía.

Te cuido con el celo con que se cuida a una criatura recién nacida. Poca diferencia hay... ¡tan frágil eres!
Pongo tu rostro entre mis manos y yo frente a ti. Te acaricio, te sonrío, y tu mirada se ilumina. ¿Es así como sonríes ahora, amor? ¿Quizá sí sabes quien soy? Como nuestros hijos sabían quienes éramos cuando no sabían quiénes eran, así tú -estoy segura- sabes quien soy yo. Te amo, te amo con mis entrañas, vida mía, y poco importa si ahora sólo eres olvido; yo, mi vida, soy tus recuerdos.


Merci, Jérôme, pour cette belle chanson.

domingo, 27 de febrero de 2011

# 22. Plato original

Revista ELLE
Nadie sabe mucho de Eva. Es difícil pronunciarse. Cuando alguien opina sobre ella, al final, las frases quedan inacabadas.

Solemos hacer reuniones de antiguos alumnos de la facultad. Desde hace no mucho, esas reuniones tienen lugar en casa de alguno. La convocatoria es a través de un blog creado para ese fin, con un número cerrado de comensales, en función de la disponibilidad del anfitrión. A través de los comentarios nos vamos apuntando o dando nuestras excusas por no poder asistir, y así se completa la lista. Hay una lista de espera, en el caso de que alguien se retire de la lista principal. El día anterior los inscritos reciben un correo de confirmación del anfitrión y la convocatoria se cierra.

Tenemos dos reglas inamovibles: ni se admiten más participantes del número que se convoca, ni contamos con las parejas. El espíritu es intercambiar experiencias profesionales y personales que nos permitan el desarrollo en ambos campos, al abrigo de la intimidad que es respetada por los miembros del blog. Nadie puede entrar en el club-blog si no es por invitación de alguno de los miembros, y su candidatura es aprobada cuando otros cinco dan su visto bueno.

La última cena tuvo lugar en casa de Cati, de la promoción 1980-1985. Éramos trece. Como por arte de... no sé, Eva siempre es la última o penúltima en apuntarse. Cenamos marisco. Cada uno aporta un plato o una bebida -eso lo especificamos igualmente en los comentarios, a medida que nos apuntamos-. Hacemos fotos del encuentro que luego se cuelgan en el blog, generalmente de la mesa puesta y antes de que la ataquemos.

Ostras, gambas al ajillo, chirlas encebolladas, bogavante en su salsa, salpicón... Cati se hizo cargo de los postres, y cocinó una deliciosa tarta de café y chocolate. También sirvió unos licores caseros que ella misma elabora con hierbas que recoje en sus largas caminatas por el monte. Tras el postre y el café, cuatro salieron a fumar a la porchada, cosa que agradecimos los no fumadores.

Más animada la reunión después de los caldos de Cati, alguien tuvo la idea de que las sucesivas cenas fueran temáticas. Un raudal de propuestas se vertieron sobre la mesa: cenas monocromáticas, cenas con alimentos típicos de un país o región.

-¡Cena de Pedroñeras! dijo muerto de risa Pedro. Los demás le acompañaron el comentario con carcajadas.

También se habló de cenas con motivos inverosímiles -como la boda virtual entre dos asistentes-... El juego de palabras era muy divertido, y la tormenta de ideas inundaba el comedor. Parecía que estuviéramos en el Club Social de la facultad, en los tiempos muertos que convertíamos en los más vivaces.

- ¿Porqué no cenar sobre alguien? -dijo Eva.

Hubo un instante de silencio y los rostros de los presentes reflejaron sorpresa, admiración, curiosidad... aprobación. A continuación, sonrisas y replanteamiento de la tormenta de ideas.

- Eso lo hacen los chinos -dijo Maite- lo he visto en youtube.
- Japoneses, son japoneses -corrigió Andrés.
- ¿Qué más da? asiáticos al fin -añadió Fran- Pero esa gente es muy rara. Comen sobre una muchacha flacucha que parece de porcelana, por el color y porque no se le mueve ni un pelo, inmutabe, y con palillos. La miran flipando, palillos en mano, y sushi que te crió. Ese formato no tiene la menor gracia.
- Precisamente -dijo Eva- Quizá copiemos la idea principal, pero no se puede decir de nosotros que no tengamos capacidad de tomar una idea y resetearla.

Yo me encontraba a la izquierda de Eva. Mientras, el resto planteaba si pagar a un par de desconocidos para servir de plato, si acaso pudiera servir alguno de los presentes, si quiénes podrían asistir o no, si alguien pudiera molestarse, si desnudo integral o parcial, si era cosa de anunciar tal cual en el blog, si... un sin fin de consideraciones. Yo observaba cómo Eva, atenta a la conversación pero sin mirar a nadie, con la disposición y la delicadeza que todos le conocemos, había cogido la paleta de servir la tarta y cortaba en pequeños trozos el resto del pastel que había quedado.
- No puede ser tan complicado -dijo ella en voz baja que, no obstante, todos escuchamos; y siguió cortando la tarta hasta que terminó como un damero, completamente cuadriculada.

Entre tanto, llegaron las risas a propósito de si se exigiría depilación completa o no, si los hombres aceptarían comer sobre otro hombre o si sólo se debía contar con un plato femenino... las mujeres protestaban también entre risas y exigían igualdad de oportunidades.

Eva se levantó de la silla, y haciendo el gesto de levantar la falda de su vestido, preguntó:
- ¿Os parece inoportuno un ensayo? ¿Os molesta?

Entre incrédulos y sorprendidos, de nuevo, una catarata de voces, femeninas y masculinas, al unísono, replicaron:
- ¡No, no!
- ¡Qué va!
- ¡En absoluto!
- ¡Para nada!
- ¡Adelante!
- Nada de fotos ahora -dijo Matias-

Las cámaras digitales y los móviles desaparecieron a la una en bolsos y bolsillos de chaquetas, a la vez que en silencio y entre todos, apartaban vajilla y cubertería del centro de la mesa.

Viendo su cuerpo en ropa interior y con medias hasta medio muslo, pensé que nadie mejor que ella lucía el nombre que se le había dado. La tentación no vive arriba, la tentación es ella misma. Sentí que mi piel se erizaba, y un calor sofocante me agarró el cuello como una cuerda de ahorcado. Le tendí una mano para que subiera a la silla, Vicente hizo lo mismo del otro lado. De la silla a la mesa, y sobre su espalda, ella extendida entre los presentes, y ante los fumadores que habían llegado justo unos segundos antes, con la mirada atónita buscando una explicación a lo que ocurría, sin articular palabra. Todos alrededor, Eva invitó a Luis para que dispusiera los bocados de pastel sobre su cuerpo.
- ¿Quieres ocuparte tú, Luis, por favor?
- Claro... Sí, claro que sí.

Como si introdujera barquitos en botellas de vidrio, con ese cuidado, Luis distribuyó los trozos de tarta. Los demás sonreían, se miraban entre sí, miraban el trabajo de Luis. Eva cerraba los ojos cada vez que uno de ellos tomaba contacto con su piel.
- Mmmm, está frío -dijo con una voz casi imperceptible.
- Listo, hay dos bocados para cada uno. He dejado dos para ti en la fuente, para cuando terminemos -añadió Luis
- Bien, muchas gracias -sonrió Eva- Cuando gustéis.

Cati sugirió que fuéramos comiendo por el orden que quisiéramos, un bocado cada vez. Así fuimos haciendo. La mesa, cuadrada y gigante, requería que el comensal se subiera para acceder a su bocado. Hombres y mujeres nos alternábamos para llegar a ella. Los demás esperaban y observaban el original ágape, sobre la mujer original. Hubo quien, después de comer entre sus pechos, le dio un beso suave en uno de ellos. Quien volvió a morder con los labios sobre el lugar de donde previamente había tomado su bocado. Hubo quien le besó brevemente en los labios, con aliento a café y chocolate; quien le susurró algo al oído; quien le dijo "gracias, preciosa"; quien le besó en los pies; quien a penas le lamió.

Nos acercábamos a Eva como quien se acerca a una criatura peligrosa que duerme y es preciso que siga durmiendo, nos retirábamos como si se tratara de la reina de la creación y hubiéramos de postrarnos ante ella, sin darle la espalda. A gatas, sobre la mesa, fuimos pasando todos en nuestro turno. Ella apenas tenía un gesto de sonrisa contínua, que se acentuaba con los bocados; inspiraba sonoramente, expiraba de igual modo, cada vez que alguien comía o acercaba el rostro a su cuerpo. Su piel, toda su piel, estaba alerta y daba señales claras. Nadie hablaba, si no era para dedicarle una o dos palabras. La tensión de los doce comensales era palpable, y las miradas de unos y otras vagaban como embriagadas, sobre el plato original, esquivándose ente sí.

Ese ejemplar único, ese animal humano había prendido en nuestros instintos más básicos y primitivos el deseo en su estado más puro. Cosa extraña, atrapados y liberados, pureza y lascivia, sometimiento y rebelión. Yo comí en su ingle y junto a su cuello. Tuve la sensación de que el olor a mujer traspasaba el del café azucarado, y vencía en un pulso entre ambos. Después del segundo bocado le dije "te adoro", al oído. Parpadeó lentamente.

Eva llegó con Amalia, y con ella abandonó la reunión en primer lugar, después de compartir un rato con nosotros. Tomó los dos bocados que le correspondían y apuró dos caliches del licor casero.

- Amigos, ha sido un gran placer. Me ha gustado mucho cómo lo hemos hecho, estaba segura de que no debía ser difícil. Sois un grupo fuera de lo común, y os estoy muy agradecida -nos dijo al despedirse-

Sin que ninguno quisiera abordar el tema, cierto era que tampoco podíamos pensar en otra cosa. La excitación nos había dejado exhaustos.

- Ella sí que es algo fuera de lo común -dijo Juan.
- No entiendo cómo no se le conoce pareja. Es... Eva es... -Marga no supo terminar la frase.
- Sería injusto que Eva perteneciera a una sola persona, debería ser declarada patrimonio de la humanidad -dijo Carlos.

A los pocos minutos, visto que no había nada mejor que decir ni hacer, cada cual tomó el camino de regreso a su casa.

Por mi parte, mientras conducía en silencio, pensaba en ella. Es cierto, yo tampoco comprendo porqué no tiene alguien. ¿Porqué no, incluso... yo misma?

Dedicado a los Piscis, imaginativos, sensibles, amables, intuitivos, soñadors, misteriosos...

miércoles, 9 de febrero de 2011

# 21. Dulce de yema.


Tinta china y color sobre papel.

Cena de trabajo. Ligera, regada con tinto añejo. Cerca de la media noche dejo el lugar con pereza, y al verme sola en el coche me apetece escuchar la radio.

Suena jazz. El saxo es envolvente y fluido, y el piano sugiere un sendero sinuoso y sonriente, como un tobogán de parque acuático. La música me invita a deslizarme por un tirabuzón de la imaginación, al final del cual te encuentras tú. Una invitación a piel clara de hombre claro -hombre claro y conciso-; sonrío.

Y al son, en la carretera solitaria, con luces de semáforos, farolas y ventanas lejanas como fondo visual, te descubro tendido sobre sábanas. Y yo sobre ti tendida... es decir, extendida. Es tu piel lo que estoy buscando. Como mantequilla tibia me impregno y penetro por tus poros, me fundo maliciosa y me incorporo a tu torrente sanguíneo, te recorro, te aceleras, te retengo, te desesperas. Te susurro al oido parte de lo que deseo hacerte, y dejo que tus ojos expectantes busquen una razón para descifrar los pequeños caprichos (¿He dicho castigos?) que deseo regalarte. Quiero que tu mirada me pida la ejecución de mis susurros, quiero que quieras mucho, que quieras más. ¡Qué mágico el instante en el que, juntos, nos calzamos un par de alas para volar!

Cierras los ojos con la cabeza desplomada. Tus labios transmiten tu excitación y los míos los comen. Mientras, mis caderas recluyen ávidas tu viril turgencia, y danzan acompasadas, rítmicas. Me das hambre. Empleo tu erección en un lento cortejo interior, presionando tu sexo dentro del mío como el dedo que rebaña un tarro de dulce de leche vacío: todo a lo largo y a lo ancho, todo su profundo fondo.

Ofrezco mis pezones a tu boca gozosa y perdida en un laberinto de gustos inesperados. Tu boca. Encuentras en mis pechos un recodo donde libar con la calma de quien no piensa, con la intensidad de quien no piensa en otra cosa. Estando sobre ti y tú dentro de mí, esa boca tuya es un resorte que me empuja a la urgencia, que desbarata mi paciencia y me lleva a cabalgar con prisa. Me das ganas. Siento que me precipito y no quiero que así sea. Freno la succión que me enloquece y agarro con las dos manos tu cuello. A veces, a cambio del placer que me das te mataría. Otras veces te daría mi vida. Cuando me llevas a ese punto, poco importaría lo uno o lo otro. Pregunto al cielo -para mis adentros- qué color es este.

Te esculpo con mis manos, con mis labios, con mi boca. Escupo bajo tu espalda, explora mi lengua tus quejidos, te confundo y te giro, para enfrentarme a tu sexo, y coronar de nuevo esta cima.

Soy un paréntesis abierto, que te contiene y me llena. Insisto, regreso mi rostro sobre tu pecho, me curvo, te huelo. Tu olor. Muerdo tus brazos extraviados que se escapan pero regresan, que me temen pero me buscan. Tus ojos. Confundidos por momentos me suplican no saben qué. Tu voz. Ahogada y entrecortada se queja agradecida. Tu piel. Presa e impaciente por llegar al centro de este universo.

Ruego que intervengas, apelo a tus manos... ¡Tus manos! Sé que saben el camino, y al evocarlas me llevan a buen destino.

Detenida en una parada, en una hora en la que ya no para ningún colectivo, con las luces de emergencia señalando una hora y un sitio, me encuentro con la yema de mi corazón derecho arrugada. Lentamente, la extraigo de su cobijo y la llevo a mi boca. Saboreo dulce de yema.

Dedicado a tus manos.

martes, 11 de enero de 2011

# 20. Conversación de cafetería.


Con las chicas, en Berlín...


ACTO PRIMERO
(Susi, Elisa y Rosa están en la terraza de la cafetería, sentadas alrededor de una mesilla conversando. Llegan Lara y camarero, unos pasos tras ella)


Lara: ¿Siempre hay alguna cosa
que una novia deba admitir
que es difícil consentir
siendo apenas quisquillosa?

Susi: A Lara se le ve venir.

Rosa: Lleva un tiempo quejosa

Susi: Yo creo que es otra cosa:
que no siente, y quiere sentir…

Lara: ¿Queréis dejar de hablar de mí
como si fuera una menor,
sin conocer un pormenor,
como si no estuviera aquí?

Elisa: Amiga, no te molestes
porque opinemos sobre ti.
Con cariño tienes aquí,
a tus soldados, tus huestes.

Lara: Lo siento, tienes la razón,
Lo cierto es que la tenéis,
hace tiempo que no me veis
porque llevo un caparazón

Susi: Nosotras te conocemos.
son asuntos del corazón
que, deshecho de desazón
hace que nos encerremos.

Camarero (recién llegado): ¿Qué desean las señoras?

Lara: (aparte) Mira éste, ¡qué pregunta!

Rosa: Tengo hambre de marabunta
y aunque sé que no son horas
yo quisiera un bocadillo
con jamón, tomate y queso;
una caña larga en vaso,
y después un carajillo.

Elisa: (a Rosa): Nena ¡Eso sí es apetito!
Yo quiero un café con leche

Lara: Espero que te aproveche (a Rosa)

Susi: Un solo, que sea cortito

Lara: No os vayáis a atragantar (a Rosa y Susi)

Camarero: Queda usted por decidirse (a Lara)

Lara: ¿Es su costumbre lucirse? (al camarero)
Porque lo acaba de bordar:
de cuatro mujeres que ve,
la que no tiene ni idea
baila siempre con la fea
por tardar en escoger.

Camarero: Quizá algo de beber…

Lara: Pues lleva razón el mozo:
no tendría mi alma en un pozo
siendo firme en mi proceder.
Café con leche quisiera
para mí también, por favor
¡Vayamos a entrar en calor
de una agradable manera!

El camarero se marcha, después de tomar nota.

Elisa: Te hemos visto muy precisa
en contar al camarero
que estás en un quiero y no quiero,
turbada por indecisa.

Lara: Este casi paga el pato,
que la angustia mete prisa.
Que se siente mi camisa
me interesa de este rato.

Susi: No lo jures, no es preciso.
Pero, por favor, empieza,
para ordenar la cabeza,
¡Hacerlo al primer aviso!.

Lara: Sabéis que quiero a Gonzalo…

Rosa: Sabemos que vives con él
sin manifestar el querer
de “en lo bueno y en lo malo”

Lara: Justamente: no hay un trato
pero cerca está la fecha
en que ese acuerdo acecha,
y me planteo, con recato,
que si soy, en fin, derecha
debería admitir tal vez
que más que amor es tozudez.
Que no le amo es mi sospecha.
El sentimiento es molesto:
estoy con nervios de punta,
y además de ello, se junta
que ya está todo dispuesto.

Susi: Te mareas demasiado,
quizá eres muy exigente
para ti y para la gente,
y al fin no pillas bocado.
Relájate con los tíos,
con todos en general,
que al camarero, buen chaval,
te lo ibas a comer frío.

Rosa: Si por encontrarle un “pero”
te planteas tantas dudas…
parece que a estas alturas
estás lejos de un “sí, quiero”

Lara: ¿Quien quiere querer con un sÍ?

Elisa: ¡Con un sí siempre, las dos partes!
Hasta donde llegues… ¡comparte!
Que yo no me comprometí,
y por eso a nadie falto.
Ahora esa es mi elección:
que dentro de mi corazón
no tenga horma mi zapato.
Si no sé o no he sabido
lanzarme al ruedo del querer,
no me apuro por no tener
amante, novio o marido.
Lo tuyo es bien diferente
porque hace años que estáis juntos,
y llegados a este punto
que seas clara es conveniente…

Susi: Mujer ¿pero qué te pasa?
¿Por qué ahora confundida?
¡Seguro que es la estampida
típica de quien se casa!

Lara: Que no, que no es sólo eso.
No hay futuro donde no lo hay,
Mi presente vivo en un ¡ay!
Mi corazón se ahoga preso.

Rosa: ¿Desde cuándo sientes así?
Lo descubriste hace mucho?
Por primera vez te escucho
y lo siento tanto por ti…
Con Gonzalo ¿lo has hablado?

Lara: Sigue el gato sin cascabel.
A un paso la luna de miel,
y mi novio no es mi amado.
A veces algún detalle
suyo me saca de quicio,
Para mí es un sacrificio,
y es difícil que me calle .
Ya sé que esto no se pasa.
El tiempo no ha sido en balde:
ni ese hombre es de mi molde,
ni somos la misma masa.
No soporto ni lo quiero
soportar; he de claudicar.
Si es que no se puede cambiar,
no será mi compañero.

Rosa: Dinos algo, un ejemplo
de aquello que consideras
que sea tan grave de veras
para expulsarlo del templo.

Lara: Podéis pensar que es muy tonto,
pero algo con lo que choco
es que un tío se saque los mocos
y se quede tan contento
mientras te sigue hablando,
que aunque sea en confianza,
también pesa en la balanza,
y de a poco va sumando.
Que no sé si es que me tienta
o me impone como tasa,
por compartir vida y casa,
un vicio que desalienta.

Rosa: ¡Eh! Tampoco es para tanto,
no le llamaremos vicio.
¡Decir que no es lindo oficio
es justo a todo punto!
Pero suspender al chaval
y condenarle al destierro
me parece mucho hierro
por una miseria banal,
que sé de calamidades
que aguantan otras mujeres,
por amor o por haberes,
que son los mocos bondades.

Lara: Que no son los mocos, Rosa.
Que no me gusta está claro.
Hoy veo con desagrado
una tacha en cualquier cosa.
¿Qué debo sentir por mi novio,
más si es pronto ser su esposa?
¿No es más normal ser dichosa,
que encontrar razón de oprobio
en todo cuanto sucede?
Y si es grande la molestia
de tornar en hombre al bestia,
porque la rana no cede,
me pregunto: ¿Qué merece
tanto mi empeño y constancia,
si conviene la distancia
de quien nos pausa y decrece?

Elisa: ¿Quién te pone una pistola
en la sien para forzarte?
Aprende antes de acostarte
que en esto decides tú sola.
Mira a Rosa ¿Quién diría
que su pecho late fuerte,
aunque maldiga su suerte
varias veces cada día?

Rosa: Buen ejemplo, buena amiga.
Es cierto que cambiaría
de mi hombre… ¡Madre mía!
¡Muchas cosas, mucha miga!
Pero también es muy cierto
que nadie reúne como él
lo que más admiro de un ser,
y siempre se brinda abierto
a escuchar mis argumentos.
Luego ya, si hace o no hace,
tiene siempre un desenlace,
que no es más que otro momento.
Y con esto, creo, termino.
que cada uno es cada cual,
y a mí no me parece mal
que camines tu camino. (dirigiéndose a Lara)

Lara: Me fastidia sobre todo
sentir dudas al decidir.
No quiero con esto decir
que lo evito de algún modo;
es que sólo estoy segura
cuando no queda en qué pensar.
que después de sopesar,
dar el paso no me apura.

Rosa: De sobra sabemos todas
las que estamos ahora aquí,
que una sabe si es que sí,
si es que no, si no es ahora…

Elisa: Sin llegar a hablar de boda,
que en realidad importa o no,
hablamos de aceptar a uno
que no pega ni con cola
en detalles en que mola
ir los dos al unísono.
Si el hombre viene del mono
no soy yo quien se acomoda,
que por tener hombre al lado
hay quien se vuelve del revés
hay quien renuncia a ser quien es,
por la ilusión de un amado.

Susi: Equivocado es pretender
escoger a una persona
y ponerse rezongona
porque no sea posible hacer
de ella lo que queramos.
Que por desear ser patrona,
vestir de seda a la mona
nos deja peor que estamos.
¿Has pensado algún momento
que fuera al revés la historia,
y quisiera él que su novia
fuera princesa de un cuento?


Lara: Es que no resulta fácil
conseguir el apropiado.
Con el corazón ajado
queda un sentimiento grácil.
Mejor debería elegir
el destino de mi pasión,
e impedir a mi corazón
empeñarse para sentir.
Por un tiempo, por lo menos,
no quisiera encontrar varón
que venga a nublar mi razón
y a acampar ancho en mis fueros.

Susi: ¡Y dale Perico al torno!
Que no es preciso rebuscar
lo que solo debe llegar.
¡Que no sea el amor trastorno!
Por recibir un “te quiero”
no me fuerzo a corresponder,
y será el mismo proceder
si mi amor clama el primero.

Lara: La verdad es que no espero.

Rosa: Negarse la ocasión no es
más que hacerlo todo al revés.
“No amo” no es decir “no quiero”.

Susi: Por un “te quiero” verdadero
sentiría agradecimiento.
Y si ha llegado el momento
en que me digan te quiero,
es porque también mi sentir
he mostrado a ese hombre,
por lo que nadie se asombre
si accedo presta a asentir,
y que resuelva acogerle
con lo bueno y lo no tanto,
que de mí hay otro tanto
que quisiera no mostrarle.

Elisa: Querida Susi, bien dicho.
Que si no hay señor perfecto,
también una tiene defectos,
y no es causa de entredicho.
Para caballo sin mancha,
quédese una sin él,
que en las cosas del querer
tiene el alma manga ancha.

Susi: Tus palabras me hacen gran bien,
sé que hablas con cariño,
y os anuncio sin aliño
que me voy a vivir con Gabriel

Rosa: Calladito lo tenías!

Elisa: Era algo previsible.

Rosa: No era claro, sí posible.

Susi: Ni siquiera yo sabía,
pero después de pensarlo,
no deseo otra cosa
que vivir como su esposa.
Como somos, aceptarlo.
No tengo nada pensado
más que hacer el bien que pueda
a quien con bien me da prueba
de amarme y sentirse amado.

Lara: Disculpadme si protesto,
que no es que no me interese
lo que a una amiga le pase,
pero yo vengo a hablar de esto
que me recome por dentro,
y resolver aquí mismo
este grave anacronismo
antes que llegue el momento
en que me encuentre en el altar
tomando por mi marido
a quien pensé haber querido
y no es mi intención afrentar

Elisa: De ningún modo puede ser
seguir con planes de boda
cuando justo te incomoda
quien quiere que seas su mujer.

Susi: Pienso lo mismo que Elisa.
Haz algo ya y no entretengas
a quien no es justo que tengas
más tiempo de esta guisa.

Elisa: Mejor tarde que más tarde.

Lara: Eso mismo creo y, añado,
que el haberme retirado
no me convierte en cobarde.

Elisa: Hablas ya como soltera…

Susi: Lo decide en este instante,
ahora mismo, aquí delante,
en la reunión cafetera.
¡Ay, si no te conociera! (dirigiéndose a Lara)

Rosa: Pues desde el jardín de infantes.

Lara: Parece que fuera de antes.

Elisa: ¡De la ecografía primera!

Lara sonríe, las demás también. Lara se ríe, las demás también.

FIN DEL ACTO

Con mi admiración por Lope y un guiño a Umbral.
P.S. En “Conversación de patio…”, imperdonable, olvidé hacer un guiño a Goscinny. http://www.petitnicolas.com/

miércoles, 5 de enero de 2011

# 19. Conversación de patio con final feliz.



-¡Lara quiere a Sergio! ¡Lara quiere a Sergio! ¡Lara quiere a Sergio! – se ha puesto a gritar Elisa cuando ha salido al patio. Elisa es una niña muy guay porque habla mucho y lo sabe casi todo, pero a veces nos escondemos porque habla mucho.

-¡Lara quiere a Sergio! Vuelve a gritar Elisa, delante de Susi, de Rosa, de Lara y de mí, que yo también estoy con ellas. Lara siempre dice que ella hace lo que quiere.
- ¿Y qué? Yo hago lo que quiero – dice Lara.
- Pues Sergio se come los mocos, y ahora tú también te vas a comer sus mocos –dice Elisa.
Lara ha puesto cara de asco:
- ¡Puaj! ¡Qué asquerosa eres! Sólo se los ha comido dos veces, y además ¿a mí qué me importa?
- Ahora no te importan los mocos porque no os dais besos pero cuando seas mayor de once o doce o por ahí y te des besos te vas a comer los mocos –dice Elisa que casi se queda sin aire.
- ¡Puaj!, te los vas a comer… -suelta Rosa, que piensa las cosas muy despacito.
- A lo mejor es que le gustan y también es una comemocos ¿y qué? A mí me gustan las espinacas –dice Susi.

A Susi no le gustan las discusiones, y si alguna de las otras discute, se enfada, se pone a llorar y se va. Yo le digo que no se vaya, que podemos jugar a las señoritas que separan a niñas que se pelean, pero ella dice que no le gusta jugar a eso.
– ¡Puaj!, eres una comemocos –dice otra vez Rosa.
- Bueno ¿Y qué? Si se los come, que se los coma. ¿Sabes qué? Antes no me gustaba el pan integral y ahora me como una tostada todos los días ¡y tiene fibra! Y además es el más guapo de la clase.
- Pues yo no necesito fibra, y no me he comido nunca una tostada de esas y como sé que no me va a gustar nunca, por eso no voy a probar los mocos –dice Elisa casi sin respiración.
Y así por que sí, Susi nos cuenta el último día que comió espinacas.
-El último día que comí espinacas, vino mi vecino Alberto a casa porque sus padres tenían que salir por ahí. Como a Alberto no le gustan las espinacas se puso a jugar y me tiró una cuchara llena de espinacas a la cara. Mi mamá le cambió la cena y le preparó salchichas y puré. Yo comí un poco de puré también, y le puse un pegote de puré a Alberto en su silla, y nos reímos mucho pero mi madre no. Es un chaval guay, Alberto.
- Pues vaya chaval guay que te tira espinacas a la cara –dice Lara.
- Estábamos jugando, y las espinacas son comida pero los mocos no. Eso lo dices por envidia –contesta Susi, que creo que no le ha gustado que Lara hablara así de su vecino guay.

Estábamos todas comiendo nuestros bollitos y mirándolas, era chuli porque parecía una merienda delante de la tele.

- ¡Hala! ¡Envidia!... ¿De qué envidia? ¿De qué estamos hablando? –pregunta Rosa
- Susi tiene envidia de que yo tengo novio y ella no –dice Lara.
- Yo sí tengo novio –suelta Susi
Entonces Rosa abre los ojos como un pez y le pregunta:
-¿Qué? ¿Tienes novio?
- Alberto es mi novio.
- ¿No es tu vecino? –vuelve a preguntar Rosa
- Es mi vecino y es mi novio. Una persona puede ser dos personas a la vez, mira mi madre, también es amiga de un señor gordo –dice Susi, que no habla mucho pero cuando habla cuenta muchas cosas aunque no vengan a cuento.

- Pues bueno, pues entonces, si las dos tenéis novio, asunto resuelto – dice Elisa.
- ¿Qué quiere decir eso, Elisa? ¿Quién es el señor gordo? ¡Ay, no cambiéis de tema todo el rato! –dice Rosa.
- ¡Jolín, Rosa, cállate de tanta pregunta! – le digo yo – a ver ¿qué pasa ahora?
- No pasa nada. Sólo pasa que a uno no le gustan las espinacas y al otro le gustan los mocos – dice Elisa.
- Es que a cada uno le gusta lo que le gusta – digo yo – ¡Eso es tan fácil que lo sabe hasta un niño de infantil de tres años!

- ¿Te gusta que Sergio se coma los mocos? –pregunta Rosa, que parece que le interesa todo este rollo. Cuando Rosa se pone seria como si fuera mayor nos asusta un poco, porque no sabemos si está bien.

- ¡Claro que no! Pero le voy a decir que no lo haga más, y verás como ya no lo hace más.
- ¡Y yo que me lo creo!- dice Elisa.
-¿No te lo crees? ¡Vas a ver cómo se lo digo! –dice Lara
- ¿No dice ella –y me señala a mí- que a cada uno le gusta lo que le gusta? Pues a Sergio le gustan los mocos y se los va a seguir comiendo y si deja de comérselos será porque se da cuenta de que es un marrano, pero no porque se lo pidas tú –dice Elisa
- Eso lo dirás tú…
- Eso lo dice mi hermana, y dice que cuando un chico hace algo que no soportas es porque no es tu chico, y que sabes que has encontrado a tu chico de verdad porque no le cambiarías nada. Mi hermana dice que si tienes un chico que no es tu chico, estás tonta, porque el tuyo está por ahí, suelto, como un coche de choque.

-Jajaja –nos da la risa a Susi, a Rosa y a mí, y digo:
- ¿Te imaginas todos nuestros novios que son coches de choque y no nos encuentran en todo el día? ¡Pobrecitos, venga chocarse! –pero nos da risa de pensarlo.

La hermana de Elisa tiene 16 años y su papá es otro papá que no es el de Elisa. Tiene el pelo rojo y se llama Julia, y duerme en la misma habitación que Elisa, pero con cascos.

- Pues es muy lista, la hermana de Elisa, creo yo -dice Rosa y me mira a mí- y tú tienes razón porque, al final, Susi tiene novio, Elisa no tiene y Lara va a dejar al suyo – dice Rosa y se sube los calcetines – y si habéis terminado el almuerzo, como todas tenéis lo que queréis, podemos jugar a pillar.
Le da un calbotazo a Susi y dice “¡Tú la llevas!” y sale corriendo con Susi detrás y Lara también.

- ¿Vamos a jugar? –me pregunta Elisa-.
Y nos vamos corriendo.

Al ratito suena el timbre de que se acaba el recreo y vamos a la fila para entrar en clase. Lara viene contenta y Elisa le pregunta si está contenta y Lara le dice que sí.

- ¿Qué quieres hacer ahora? – le pregunta Elisa.
- Ahora quiero jugar con mis amigas. –Lara siempre dice que ella hace lo que quiere-
-¡Toma, y yo! –dice Rosa- pero tenemos que entrar en clase.

Nos reímos mucho cuando Rosa no se entera, como ahora. Elisa y yo nos damos la mano para entrar de dos en dos. Es una niña guay, mi amiga Elisa.

martes, 9 de noviembre de 2010

# 18. "Alquilo".


Frente a la puerta de entrada, una foto poco conocida de Marilyn, en gran formato, daba la bienvenida. A la izquierda, sobre una pared de madera, un velador suspendido y un perchero de pie permitían deshacerse de llaves y abrigo. A la derecha, una pared de cristal de dos dedos de grosor y algo más de un metro de longitud daba paso a la estancia principal, y dejaba pasar la luz que hubiera en ella.

La orientación de la vivienda, al sur, fue determinante al decidir la compra. Durante el día, el sol penetraba insolente de un lado a otro del ventanal que ocupaba toda la fachada. Las copas de los eucaliptos, que se encontraban delante del edificio, hacían de tapiz verde al azul del mar que se extendía de lado a lado. Por la noche, la vista de la fortaleza sobre el monte y la bahía, iluminadas, ofrecían una imagen espectacular.

En el centro se encontraba un comedor de expresión mínima, con mesa rectangular de acero galvanizado y ocho sillas a juego, con tapizado en terciopelo de un color mostaza desleído en el asiento y respaldo. Dos lámparas, con tres colgantes cónicos cada una de ellas, daban luz sobre la mesa.

Un par de metros hacia la derecha, un salón con tres tresillos de formas angulares y cuero blanco dispuestos en “U” entre los cuales una acogedora alfombra de fibra vegetal calzaba una mesa baja cuadrada de cristal, sobre la que descansaban un par de cestillos: uno con mandos a distancia y otro con posavasos y manteles individuales. Frente a los asientos, una gigantesca pantalla encastrada en un muro de pizarra estaba encendida en modo “acuario”. A su izquierda, una chimenea también adentrada en el muro. Fuera de la temporada fría, ocultaban la chimenea tres guitarras que descansaban en un soporte. En el techo, un plafón bajo de escayola albergaba iluminación indirecta en sus cuatro lados.

En la pared opuesta al ventanal, en el centro de una biblioteca que ocupaba todo el paño, un paso sin puerta daba acceso a un pequeño distribuidor donde se encontraba el dormitorio de huéspedes, que contaba con su propio cuarto de baño, y un aseo de cortesía.

En el lado izquierdo del comedor se disponía una especie de office, con un aspecto de esmerada improvisación de café-bar casero. Dos mecedoras de rejilla custodiaban una mesilla de mármol blanco circular y tres patas de hierro. Un sofá de dos plazas vestido en pana fresca color rojo grana, se auxiliaba con un puf y una mesita bajera oval de cristal. Por último, dos sillas verdes y una amarilla, de anea –se hubiera dicho que estaban destinadas a un trío de cante, palme y toque flamenco- flanqueaban la tercera mesilla, de madera cuadrada, con cajones y puertecillas por sus cuatro lados, donde se guardaban naipes, dados, dominó y otros clásicos. En el centro del triángulo, colgaba del techo una especie de ramaje con iluminación led que dirigía los extremos de varios tallos hacia cada una de las mesillas.

Una barra alta del mismo acero que el comedor, en el lado opuesto al ventanal, separaba el office de la cocina americana, con tres banquetas de asientos forrados con piel color negro imitando escamas reptiles. El mobiliario de la cocina, revestido en acero mate, ocultaba electrodomésticos y utillaje. En la pared donde se disponía el frente de la misma, a la izquierda de esta, y a la espalda del retrato de Marilyn, de nuevo un paso sin puerta daba acceso al dormitorio principal, con baño y vestidor, y a un pequeño despacho donde también reinaba el orden.

Sonó el telefonillo de la portería.

“Soy yo… “ contestó una voz de hombre cuando sintió que descolgaban desde arriba.

Al abrirse el ascensor, la puerta del apartamento estaba entreabierta al final del corredor. Sonaba Debussy. Sonrió, embriagado por un sentimiento de gratitud. No fue preciso pulsar ningún interruptor, la luz que salía de aquella morada acogedora era suficiente. Caminó hacia ella.
- ¿Cómo estás, mi princesa?

Su alteza, serena, aguardaba envuelta en una bata de raso negro, con los brazos extendidos en señal de bienvenida. Sus blancas manos se posaron sobre las mejillas del recién llegado, sobre su frente, atrayéndole hacia sí. Él se dejaba hacer,

- Lamento no haber podido llegar antes, tenía la intención de cenar contigo en ese lugar que descubrimos el mes pasado, pero la cosa se ha complicado a última hora. No debería haber atendido esa llamada, me han entretenido…
- Shhhhhhhh… -susurró la mujer acercando sus labios a los de él, silenciando las excusas le ayudó a quitarse la chaqueta, que colgó cuidadosamente-. Está bien, ya estás aquí. He merendado con mi amiga Martina y no tenía apetito para cenar, de todos modos. Acabo de preparar un té. ¿Quieres que te sirva uno?

El hombre tenía gesto desganado.
- ¿Te apetece alguna otra cosa? Aprovecha que he hecho la compra esta mañana y hay provisiones para todos los gustos.
- Tengo sed, prefiero algo fresco. Agua con gas, si hay.
- Marchando un agua, pues. Ven.

Guió los pasos del recién llegado, tomándole de la mano.
- ¿Quieres tomar asiento?
- Preferiría tomar una ducha antes. Necesito un lavado de cerebro.
- Ja, ja… - rompió ella en una carcajada- Disculpa, debí haberlo imaginado. Con cuidado, conviene que conserves algunos recuerdos cuando salgas de la ducha.

La princesa se dirigió a la cocina, mientras que el hombre desapareció con paso cansado hacia el baño principal. La mujer se sirvió un té, añadió medio terrón de azúcar moreno, sacó un botellín de agua de la nevera y una copa de la alhacena. Encendió una barrita de sándalo con aroma de jazmín, que puso sobre la barra americana, y se sentó en un taburete, tomando el té a sorbos y mirando la bahía mientras escuchaba el sonido de la ducha. Cuando el agua dejó de caer, abrió el botellín, sirvió la copa y se dirigió al baño.

Apenas había salido el hombre de la ducha cuando ella le entregó la copa de agua. Sin hablar, tomó una toalla de baño, y cubrió con ella la espalda mojada. Con otra toalla, empezó a secar su cuerpo.

- Nada me hace sentir tan bien como estar contigo –dijo él.
- Creí que tu trabajo te hacía realmente feliz.
- Mujer, ya sabes a qué me refiero.
- Ya lo sé, pero también sabes tú que me cuesta oír ese tipo de cosas.
- Pues no debería. Es lo que siento, siempre hemos hablado claramente, y no veo por qué puede molestarte. A la mayoría de las mujeres les encanta que les digan esas cosas.
- Sí, entonces recuerda que no me gusta hablar de sentimientos, y que yo no soy una mujer.
- Sí lo eres, eres una mujer muy especial, eres una mujer aparte.
- Eso es, soy aparte, me salgo de mi rango, así que conmigo no se cumple lo que se cumple para la mayoría.
- En eso estamos de acuerdo.
- ¿Lo ves? –sonrió cariñosa- No es posible que discutamos porque, finalmente, siempre estamos de acuerdo. Siéntate, por favor.

Él había terminado su copa, la dejó sobre la bancada de los lavabos. Obedeció, se sentó. Arrodillada delante le secaba los pies, con cuidado, entre los dedos. Él la miraba embelesado. Era muy cierto que con ella recibía más de lo que jamás hubiera esperado de una compañera. La admiraba por sus muchas habilidades, la respetaba por su integridad y su valía, la necesitaba por su forma de entregarse, la deseaba por todo ello. Por todo ello, la amaba.

El hombre tendió sus manos, le hizo levantarse, tomó las de ella y las besó con los ojos cerrados.
- Si tú quisieras…
- Pero hombre, claro que quiero…
- Si tú quisieras como quiero yo…
- Shhhhhhhh dejémonos de trabalenguas –su voz siempre sonaba conciliadora.

La tomó en brazos, salió hacia el dormitorio, y la depositó sobre la cama. Sinuosa, se enlazó a su alrededor, serpenteante, y se amaron en silencio, despaciosamente. Nada en ella era un exceso, si no el resultado que provocaba en el corazón de él, en sus entrañas, en su sangre, en su ser entero. Cuerpo y alma.

Sin un punto y final concreto, enredado como la yedra en el cuerpo de su reina, el sueño llegó como llega la noche: sin sentir. Durmieron abrazados, entregados tras la entrega.

El sol de levante abrió una hermosa mañana otoñal. Cuando el hombre hubo terminado su aseo, el aroma de café flotaba con calma en toda la casa. Sobre la mesilla ovalada esperaban dos licuados de fruta, tostadas calientes, confituras y la cafetera. Concierto para guitarra y orquesta de Vivaldi. El hombre servía el café y ella untaba las tostadas con mantequilla. Los desayunos de los viernes eran, para el visitante, el combustible que recargaba para vivir la semana siguiente. Hablaban con calma, con cariño, hasta que el hombre dio un giro a la conversación.

- Es extraño, todos los días duermo soñando con despertarme contigo. No me tomes por pesado, te lo seguiré diciendo sin desfallecer.
- No te tomaré por pesado, palabra.
- ¿Ves? No me escuchas, no consideras mi proposición. ¿Porqué no una vida juntos?
- Sí te escucho. No tenemos una vida, somos dos vidas. Tú tienes tu vida y tu familia, yo… yo también tengo mi vida, y es la que es.
- Podría ser otra. Sabes que haría lo necesario por que fuese otra, es lo que más deseo.
- Ni tú ni yo somos libres de cambiar nuestras vidas sin afectar las de otros. ¿Qué derecho tenemos a hacerlo? Además ¿Acaso sabes qué es lo que más deseo?
- Nada me gustaría tanto.
- De momento, nada distinto a la primera vez, tal como convinimos en un principio.
- Pero las cosas cambian, las personas cambian, todo puede cambiar.
- Así es, todo puede cambiar, pero ni las cosas han cambiado ni las personas tampoco. Somos los mismos y nuestras circunstancias también lo son.
- ¿Hasta cuándo piensas que durarán tus circunstancias? En algún momento será distinto.
- No pienso, sólo existo, y soy feliz de este modo. ¿Tú no eres feliz? ¿Te hace feliz el tiempo que nos podemos dedicar?
- Claro que me hace feliz, pero me sabe a poco. Me tortura el hecho de que…
- No hablemos de sentimientos, recuerda – interrumpió ella – lo que hay entre nosotros son sensaciones.
- Muy bien, pues tengo la sensación de que reúnes todo cuanto espero de una mujer, eres mi princesa.
- En un castillo de arena.

Se hizo el silencio.

- Lo siento, no me gusta esta conversación, y no quisiera que nos quedara un mal sabor –protestó ella sin fuerza-.
- Tengo la sensación de que alquilo…
- No es así, soy yo. Me alquilo.

Tras el desayuno, el huésped de los jueves dejó el sobre con el contenido acostumbrado en la mesita entre las mecedoras. Con un cálido abrazo, se despidieron con las palabras habituales.

- ¿Hasta cuándo? –preguntó, resignado, el hombre-.
- Hasta el jueves.

Ella sostuvo la puerta abierta hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Regresó sobre sus pasos, tomó el sobre y lo guardó en el despacho. Se encaminó al baño y abrió la ducha.

Encima de la mesa del salón, el teléfono emitió el sonido de un mensaje recibido:

“Buenos días, preciosa. Nos vemos esta tarde sobre las siete, como la semana pasada. Ponte guapa, cenaremos fuera. Tengo cosas que contarte y muchas ganas de verte”.

jueves, 7 de octubre de 2010

# 17. Nunca más.


Ilustración de Arly Jones para "Yoni Bismuler Forever" 2004.

“El maltrato es obsceno, avergonzante” Belén Ordóñez.

Domingo, 2h09 AM.

Las puertas del pasillo de quirófanos se abrieron con el empujón de la camilla.
- ¡Vamos, vamos! ¡Despejando, vamos, hay que detener la hemorragia!

Tras la camilla, las puertas volvieron a cerrarse, y Nekane se quedó inmóvil, de pie, desorbitada, atenazada por las palpitaciones que sentía en los dedos, en las piernas, en las caderas…
Tuvo que buscar un lugar donde sentarse, donde desplomarse con la gravedad de la tensión acumulada, para liberarla, mientras esperaba que la intervención de su paciente terminara.

- Aguanta, Clara, aguanta –parecía que oraba- y será lo último que aguantes.


18 Días antes.

La Dra. Hernani trabajaba en la consulta del centro de salud como médico de familia.

- Clara Salinas –se escuchó a través del altavoz situado sobre la puerta del gabinete.
- Buenos días, Nekane –dijo Clara al cerrar la puerta y tomar asiento.
- Buenos días, cuéntame…
- Tengo problemas para respirar, noto todo el tiempo como una presión en pecho y espalda, me sube calor por el cuello, y a veces, cuando me falta el aire, siento náuseas.
- Túmbate sobre la camilla, quítate la blusa, por favor.

Mientras Clara se desvestía la Dra. Hernani alcanzaba el fonendoscopio y, cuando su mirada se posó sobre el cuerpo de su paciente…
- ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has hecho estos moratones?
- Estoy torpe, ya te he dicho que me cuesta respirar, me he caído, creo que un desmayo.

El silencio, de repente, tenía toneladas de peso. La doctora palpó los hematomas, la paciente reaccionaba con pequeños movimientos de rechazo, dolorida.
- ¿Todo esto te lo has hecho en una caída? ¿Cuando te has caído?
- Ayer, creo. No sé el día en que vivo, estoy muy cansada.
- Mírame, Clara. ¡Mírame te digo! Por favor… Estos moratones son de golpes en distintos momentos ¡Van del granate al amarillo, pasando por el morado y el verde! Clara, mírame… No es la primera vez que te lo veo ¿Qué te está pasando?
- Estoy muy cansada, no recuerdo bien las cosas, me cuesta ocuparme de mi casa y mi familia, estoy torpe; esta angustia que tengo me quita el apetito ¡mira como me estoy quedando! Parezco un saco de huesos, debería poner de mi parte, pero no sé… no sé hacerlo mejor, me distraigo continuamente, olvido lo que debo hacer, soy un desastre…
- ¿Quien te dice todo eso?
- No me lo tiene que decir nadie, ¿es que no lo ves?
- Yo veo lo que veo. Te repito, Clara… ¿Quién te dice todo eso? ¿Quién te hace esto?
- Es culpa mía… -rompió a llorar- soy un despojo de mujer. Pero lo voy a arreglar, y todo volverá a ser como antes. Tengo que arreglarlo ¿comprendes? Si me curo, si vuelvo a estar fuerte, todo volverá a ser como antes.
- ¿Qué quieres arreglar? ¿Qué quieres que vuelva a ser como antes?
- Mira, Nekane, yo te agradezco que te preocupes, pero tú no estás para eso, y yo he venido a consultarte como médico –se secó las lágrimas de la cara y los ojos con dos pasadas de manga- si no me puedes dar algo para la angustia, pues me lo dices y ya está. Me voy por donde he venido. –contestó resuelta mientras se volvía a vestir-
- No, perdona, no te marches, siéntate. Discúlpame. Mira, te voy a dar una receta de algo muy flojito ¿vale? No es más que un relajante muscular muy suave. No te atontará ni te dará sueño, simplemente te ayudará a que no te sientas aturdida, y quizá de ese modo puedas hacer las cosas más tranquilamente. Lo tomas durante un mes, y luego hablamos, a ver cómo te ha ido ¿Te parece bien?
- Bien –la paciente bajó la guardia-
- No dejes de venir, por favor, estas cosas hay que controlarlas. Si vemos que no te va bien o no te es suficiente, cambiamos de comprimidos o de dosis.
- Bien…
- ¿Sigues viviendo en esa casita con el patio lleno de flores? Donde fui a verte una vez para una atención domiciliaria ¿recuerdas?
- Sí, ahí vivo. ¿Por qué?
- No, por nada. Me gustó tu patio. Confírmame tu teléfono, por favor, este tipo de medicamento requiere tener completa la ficha del paciente –mintió la doctora- ¿es este?
- A ver… -Clara ya parecía más conforme- Sí, ese es. Vale. Pues gracias, hasta dentro de un mes.
- Escucha Clara, no te lo tomes a mal, sólo me he inquietado por ti. Te pido que, por favor, te anotes mi teléfono. Mira, te hago una llamada perdida y así te queda grabado. Guárdalo en tu agenda –la doctora hablaba mientras marcaba el número de Clara en su teléfono personal- Dime que lo harás, que me llamarás si en algún momento no estás bien.
Las dos mujeres se miraron, comprendiendo lo que no decían las palabras. Se regalaron una sonrisa de cortesía, triste, y la una se marchó mientras que la otra se sentaba en su despacho. Ambas con la vista clavada en el suelo.


18 Días más tarde, domingo 12h39 AM.

Nekane terminaba de cenar en compañía de unos colegas de Bilbao que estaban concluyendo una semana de conferencias y seminarios en la costa levantina. Sintió la vibración del teléfono en el bolsillo y, mientras escuchaba entre risas a sus compañeros, miró la pantalla:

Nuevo mensaje: 00:39 Clara Salinas: ven corre ven

La doctora se levantó de su asiento con la fuerza de una catapulta. Pulsó:

Opciones, OK, Devolver la llamada, OK, Llamando

Cogió la botella de vino vacía que reposaba boca abajo en la cubitera junto a la mesa, abandonó a sus colegas con un simple “una urgencia” y salió corriendo del restaurante. Una señal de llamada, dos señales de llamada ¡atienden la llamada…! Pero nadie contestaba al otro lado.
- ¿Clara? ¡Clara! ¡Soy Nekane! ¿Clara?

Escuchó un sonido de rozamientos, le hizo recordar cuando en alguna ocasión alguna amiga le había llamado por accidente, al llevar el teléfono en el bolso y pulsarse sola la tecla de rellamada. Escuchó golpes que retumbaban.

- ¡Abre el puto armario, hija de perra! – más golpes.
- ¡Por favor, lo abro, voy a abrirlo, cariño, pero déjame que te explique! –escuchó por fin la voz de Clara, más allá del bolsillo o lo que fuera.

Comprendió que no era momento para hablar, que nadie la escucharía al otro lado, y siguió corriendo hasta llegar a su Megane descapotable que abrió a distancia. En la carrera, se colgó el bolso cruzado sobre el pecho, introdujo en él la botella, y pulsó la tecla de manos libres del teléfono. Entró como por arte de magia en el vehículo y de dos volantazos salió del lugar disparada.

- ¡Saco de huesos, despojo de mierda! ¡Das asco! – los insultos se sucedían, el llanto de Clara se interrumpía por sus quejidos, que coincidían con vaivenes de los roces, por golpes sordos, y más llanto, y más insultos.

El corazón de Nekane batía a más velocidad de la que llevaba el coche, pero su cabeza se mantenía lúcida. Podía haber tomado el camino más corto para llegar a la casa de su paciente, pero recordó los controles de alcoholemia que acostumbraba encontrar en la avenida que comunicaba la zona de copas con el centro de la ciudad, y tomó esa dirección. Cuando se acercaba a semáforos y cruces, tocaba el claxon y daba ráfagas con los faros. No se detenía. La policía estaba donde previsto, aceleró. Pulsó la apertura automática de su ventanilla, y cuando alcanzó la altura del control, sacó la mano con el dedo corazón apuntando al cielo, acelerando y pitando como si fuera de boda. Se dirigió entonces a casa de Clara.



No había soltado el teléfono de la mano, y escuchaba la agresión en directo, cada vez más frecuentes los golpes, los insultos en catarata, cada vez más débiles los quejidos. En un momento, un fuerte golpe del teléfono del otro lado de la línea: en un movimiento el aparato había salido despedido del bolsillo de Clara, y había quedado tirado en el suelo. No escuchaba más a la mujer. Miró por el retrovisor: dos coches de policía la seguían. Temió lo peor. Por fin decidió hablar.

- ¡Clara! ¡Clara! – gritó con todas sus fuerzas. Alguien, al otro lado, cogió el teléfono.
- ¿Quién es? ¡¿Quién es, maldita sea?!
- ¡Soy una mujer, pedazo de cabrón, una mujer con más cojones que tú y toda tu puta raza, y voy a por ti!
- ¿Ah, sí? ¿Tú y cuantas más? ¡Payasa! ¡Ven, ven, que tengo pa ti también!
- Estoy en tu calle, media picha, en cuanto salgas te reviento en tu misma puerta.

No le dejó tiempo para contestar. Colgó la llamada sin soltar el teléfono, y embocó por fin la calle. La policía le seguía, ahora sonaban las sirenas. Vio salir al energúmeno de la puertecita de la verja detrás de la cual se escondía el infierno. Le reconoció enseguida, le había atendido ella misma en el centro de salud alguna vez, y le recordaba de cuando visitó a Clara en casa. Aceleró de nuevo, dirigiéndose a él. Este se quedó inmóvil, desconcertado como los conejos que atraviesan la carretera por la noche.

Nekane conocía el barrio, era su barrio de trabajo. Sabía que, tras la curva cerrada a la izquierda, la calle se ensanchaba y a la derecha de la misma había un descampado. Siguió en dirección al endemoniado, apretó el freno y apenas a dos metros de distancia del hombre, lo esquivó, soltó el freno y giró el volante, para detener el coche en medio de una polvareda, en el descampado.

Los coches de policía la seguían de cerca, ocupando los dos carriles de la calzada, no tuvieron tiempo de reaccionar, y no pudieron evitarlo. Salió disparado hacia el cielo, camino seguro del averno.

Nekane salió de su descapotable corriendo hacia la casa, cuya puerta había quedado abierta. Marcaba el número de urgencias. Entre restos de una batalla, Clara estaba tendida en el suelo, semidesnuda, con la ropa hecha jirones. Tenía pulso, pero mostraba varias heridas incisocontusas, una de las cuales, en la cabeza, sangraba en abundancia.

Dos policías entraron corriendo en la casa, los otros dos se ocupaban de los restos de satanás. Nekane dio instrucciones a emergencias del lugar donde debían mandar la ambulancia y valoración clínica de la mujer herida.

Se escucharon unos gimoteos. En el dormitorio, una niñita de unos tres años se refugiaba de cuclillas entre la cortina y la ventana, con el camisón de Clara entre sus pequeñas manos, cubriéndose el rostro, oliendo a su madre.


Domingo 06h23 AM.

La doctora acariciaba la frente de su paciente, sentada sobre la cama desde que viera que la ensoñación de la anestesia abandonaba el cuerpo maltrecho. Clara abrió los ojos, deseosos de enganchar la mirada en algún lugar que le permitiera mantener el peso de sus párpados. Encontró la mirada de su médico de cabecera, y la expresión se tornó inquisitiva, suplicante de una respuesta a ninguna pregunta, a muchas dudas juntas.

- Ya está. Todo ha pasado, nunca más volverá a ocurrir.
- Gracias Nekane -balbuceó, y las lágrimas se precipitaron como corderillos apresurados, en todas las direcciones, sobre sus mejillas. Entornó los ojos de nuevo, y su cabeza, rendida por los golpes de la vida, se ladeó buscando reposo.
- … Nunca más.