viernes, 8 de abril de 2011

# 26. El agua y la sal.




"El amor como la sal" cuento número 10 del volumen primero de los "Fiabe, novelle e racconti popolari siciliani" de Giuseppe Pitrè (1875), cuenta cómo son necesarias el agua y la sal...

*****

- ¡Nos vemos en el Café de París! –dijo la secretaria de dirección mientras entraba en el ascensor- ¡a las ocho! –se apresuró a precisar antes de que se cerraran las puertas.

La nueva sonrió, y giró su silla rodante para retomar el trabajo. Hechas las últimas comprobaciones, apagó el ordenador y recogió metódicamente la mesa. Una mujer encantadora, la secretaria, pero era la única del grupo con quien Emma había tenido trato. Esos encuentros entre compañeros de varios despachos del edificio no le terminaban de convencer.

Sin embargo, pasó un momento por su apartamento, y a las ocho y cinco llegaba al Café de París. El grupo se había dispuesto alrededor de dos mesitas que juntaron previamente, y en un par de sofás y varias sillas bajas, el círculo de empleados se entretenía charlando mientras la camarera traía cervezas para todos. El ambiente era divertido, propiciado por bromas seguramente mil veces repetidas, de esas que comparte la gente que comparte mucho tiempo.

Antes de unirse al grupo se acercó a la barra para pedir una copa. Allí se encontró con el consultor que acababa en esos días su estancia en la empresa. El nacionalizado norteamericano con aspecto de siciliano esperaba sentado en una banqueta a que le sirvieran. El único contacto que tuvo Emma con la empresa antes de ser contratada fue una entrevista con él. Después coincidieron en un par de reuniones, cuando ella se incorporaba y él se despedía.

- Buenas noches -dijo Emma.
- Buenas noches -respondió él.
- Me alegra tener esta oportunidad fuera del despacho para poder darle las gracias.
- ¿Las gracias? No comprendo.
- Tengo entendido que su opinión fue decisiva para que me seleccionaran.
- Empecemos por el principio. Si no hay inconveniente, prefiero que nos tuteemos. No soy tu jefe, no soy nadie, en realidad. En dos días habré desaparecido. Tengo el vuelo de regreso a Boston confirmado.
- No hay inconveniente.
- Bien. No fue exactamente mi opinión, me contrataron para diseñar acciones y ejecutarlas. Yo he diseñado el puesto y tú reúnes cuanto es preciso para cubrirlo con entera satisfacción para la empresa. Simplemente dije que tú eras la elegida, y así se hizo.
- Aquí tiene - interrumpió el camarero, mientras abría una botella y servía al consultor- Buenas noches ¿Puedo servirle algo? -preguntó a la mujer.
- Buenas noches, si es tan amable, una copa de vino tinto.
- ¿Desea usted el mismo que el señor?

En ese momento, ella observó que la botella que tenía el camarero en la mano era de un rioja.
- Si me permites que te lo recomiende... -sugirió el hombre.
- Claro. Sí, por favor, que sea el mismo - aceptó ella.
- No se lleve la botella -apuntó él.
El camarero la dejó junto a las copas, con una sonrisa muy cortés.
- Para terminar, soy yo quien está agradecido a que aparecieras, porque con ello cierro todo mi programa, y la empresa me estará agradecida porque vas a dar muy buen resultado.
- ¿Tan seguro estás?
- Vayámonos de aquí.
- ¿Cómo?
- El ruido es insoportable, la reunión... bueno, excesiva tanto para uno que se va como para una que llega, no nos echarán de menos. Charlemos en otro lugar, Emma. Please...
- You're right Adrian. Let's go.
Pidió al camarero la botella, pagó y salieron del local sin que el divertido grupo reparara en ellos; cruzaron la calle para llegar a un coche aparcado.
- What a pretty night, don't you think so?
- That's exactly what I was thinking of.
- By the way... yes, I'm completely sure- contestó a la pregunta suspendida, mientras abría la puerta del acompañante para hacerle pasar.
- So am I - respondió Emma sonriendo, mientras entraba al coche.

Emma dirigió al casi extranjero hacia el castillo, por una sinuosa carretera que trepaba por la loma. Empezaba a anochecer, y la fortificación iluminada tenía un encanto especial, un halo de magia. Pasearon por las murallas a diferentes niveles, y desde cada rincón la ciudad a sus pies ofrecía un paisaje que hipnotizaba. Las luces dibujaban los perfiles de las calles; el tráfico daba la idea de un hormiguero pateado por un niño: idas y venidas, arranques y paradas, cruces y giros... en medio de un silencio apenas interrumpido por una cálida brisa marina, que pasaba entre las copas de los pinos como los dedos de un amante por el cabello de su amada.

El guarda de seguridad se acercó cuando estaban junto a la bandera que corona la fortaleza. Se divisaba el puerto y la bahía.
- Señores, es la hora del cierre, estamos comprobando que todo el mundo sale.
- Oh, claro, muchas gracias. Ya nos vamos -dijo él.
Aprovechó el paso por una papelera para deshacerse de la botella de vino, vacía, y dejaron ambas copas en el poyo contiguo.

Junto a su coche, sólo dos vehículos de seguridad estaban aparcados. Tras de sí, por el retrovisor, observaron cómo el mismo guarda cerraba las puertas sobre el puente, otrora levadizo.

Emma propuso dejar el coche apenas terminaba la carretera del castillo.
- Si damos un corto paseo nos encontraremos en pleno casco antiguo, podemos tomar un bocado.
- ¡Perfecto!
- Escucha -dijo Emma ni bien empezaron a caminar- no sabemos nada el uno del otro más que quiénes somos. Podemos emplear lo que queda de noche en contarnos vida y milagros y ser muy interesantes... o hacer algo mejor.
- ¿Tan mejor como qué?
- Probablemente no nos volvamos a ver jamás. Despreciemos el pasado que no nos ha permitido conocernos antes de hoy y el futuro que nos separará. ¿ Porqué no, simplemente, jugamos a que somos dos enamorados en plena luna de miel o similar? ¿Porqué no vivir esta noche como si fueramos confiados amantes en una ciudad nueva y desconocida para ambos? ¿Porqué no jugar a descubrir nuestra ciudad con nuevos ojos, y vivir este encuentro como uno idílico y apasionante que lleváramos esperando mucho tiempo?
- ¿Cómo que porqué no? Porque sí. ¡Claro que sí, adelante! -respondió entusiasmado Adrián mientras tendía la mano a Emma quien, con la mayor naturalidad, le abrazó y besó en la mejilla con la complicidad y la alegría con la que todos esperamos amar.

Caminaron de la mano por callejuelas bulliciosas y alegres, cenaron en una terraza por donde veían pasar la gente pintoresca que acostumbra a verse en las ciudades portuarias, tantas veces tomadas por la fuerza antaño y visitadas pacíficamente en nuestros tiempos. Conversaban con ligereza y humor, con profundidad e interés. Se miraban a los ojos, a los labios, se tocaban, se sonreían, celebraban, se besaban. El tinto les acompañaba de nuevo y brindaban por lo único, por lo exclusivo, por lo excelente. Rieron, rieron mucho.

- Oh Jesus! That's great! - acertaba a decir Adrián entre carcajadas.
- Come on, dear, let me explain to you... - decía Emma en esas interrupciones, mientras le contaba anécdotas tan inverosímiles como hilarantes.

En el corto paseo de regreso al auto se detenían para estrechar más un abrazo, para volver a reir. En la pequeña planicie solitaria que hacía las veces de parking, Emma sacó del bolso una llave usb que puso en el coche, y subió el volumen, dejando las puertas abiertas.

Las historias bien vividas tienen su propia banda sonora también, y los temas musicales adquieren un nuevo sentido.

Mientras sonaban bajo y guitarra, ella extendía los brazos y movía cintura y caderas serpenteantes; cantaba en italiano, sonreía, dirigía una orquesta imaginaria con brazos y manos... era feliz. Había disfrutado de una animada cena y una suculenta conversación, había recibido besos y caricias de un hombre que sabía besar y acariciar, y la noche se presentaba como un lienzo con un difuso boceto, que prometía una hermosa creación. Sonaba "Acqua e sale".

"Perché di te ho bisogno, non voglio di più"
*****
"I wonder if people around you know how complete and powerful you are". A.Belmonte. Thank you.

martes, 22 de marzo de 2011

# 25. Desnuda.

La octava real es una estrofa formada por endecasílabos (ABABABCC) usada fundamentalmente en poemas narrativos, que a principios del siglo XVI se usó en Castilla con tema amoroso por influjo italiano de los llamados capitoli de amor.

Me desnudo para ti con mis letras,
te entrego mis anhelos más íntimos
con las declaraciones más discretas,
y desde el primer día hasta el séptimo,
no hay jornada que se diga completa
si no eres tú mi pensamiento último.
A veces maldigo esta ensoñación
que oprime insistente mi corazón.

Te desnudo mi alma y mis intenciones
sin esperar nada a cambio, lo juro;
y aún me sorprendo con tus atenciones
que avivan en mí un sentir claroscuro.
Recorro tu camino con canciones,
siento deseo pero no me aventuro
a abrirte mi pecho y dar otro paso,
por el miedo al éxito y al fracaso.

Desnuda mi vida entera te muestro,
no pretendo otra cosa que entregarte
por la dicha de hacer lo mío nuestro,
compartir así para mí es bastante
pero puedo ver que eres un gran diestro
en la esgrima y en algún que otro arte,
lamento no entenderte, lo que hace
que más que querer, tema un desenlace.

Estoy desnuda ante a mi incertidumbre,
no acostumbro a lamerme las heridas,
no sé cómo caí en la servidumbre
de añorar una voz desconocida,
de buscarte, entre una muchedumbre,
de seguirte de lejos y escondida;
porque no me reconozco insegura
y no sé si este pesar tiene cura.

jueves, 17 de marzo de 2011

# 24. Dormir contigo.

Laying with you

Te veo sentado frente al ordenador, concentrado en la lectura, escribiendo. Me aproximo a ti con el sigilo de un felino, con la misma suavidad e impertinencia dejo caer mi cabello sobre tu brazo, arrodillada junto a tu sillón. Me acaricias sin mirarme. Mi boca trepa por ese brazo, se desliza húmeda retirando la manga que la cubre, alcanza tu hombro, tu cuello, te muerdo, manteniendo la presión, quieta como una gata. Ya no escucho el teclado, tus manos reposan sobre este en alerta, observo en ellas una pequeña convulsión cuando, al oido, te susurro "Hola".

Sigo usando mi boca como fuente para mis sentidos, y de ella bebo. Pasea por tus sienes, por las cuencas de tus ojos, baja por tu nariz hasta tu boca, que quiere besarme y no le dejo. Te miro de muy cerca, respiro el aire que exhalas; te repito, suave: "Hola" y tú respiras mi aliento. Giro el sillón, que no ofrece resistencia. Alcanzo con mis manos las tuyas, las enlazamos mientras me incorporo y tú me sigues. No hay más que hablar.

*****

Me gusta el calor. Me gusta la ducha al acabar el día. Ducha muy caliente. Cuando me quito de encima todas las mujeres que soy durante el día, desnuda, queda una mujer. Salgo del baño y te encuentro con un libro, algo de física. La pequeña lámpara sobre la mesilla en el rincón de lectura es lo único encendido; y el fuego. Llego descalza, perezosa, nueva. Sentada en el sofá frente a ti, con las piernas subidas y cruzadas, mi albornoz se entreabre.
- Acércate un poco, o enciendo la otra lámpara si quieres. ¿Tienes luz suficiente?
- No, no, está bien así, gracias -te respondo-.

Tardas unos minutos en darte cuenta que no hay movimiento. Sólo suena el crepitar de un tronco enorme en la chimenea. Bajas el libro, levantas la mirada. Frunces los ojos, adaptas la visión a la oscuridad que me rodea.
- ¿Estás bien? ¿Qué haces?
- Estoy muy bien. Te miro.
- Vamos...
- Te miro... no me apetece otra cosa.
- ¿Seguro?
- Segura.

Sigues con tu lectura. Bajas el libro de nuevo y me diriges la mirada. Ahora me puedes ver mejor, y compruebas que, efectivamente, te estoy mirando. Te sonrío, haces un gesto con la cabeza y se te escapa una carcajada. No dejo de sonreirte y, cerrando los ojos, te hago saber que deseo que continues con tu lectura. Así lo haces. Saltan chispas, y me levanto para comprobar cómo va el fuego.

Sentada en el puf frente a la chimenea, prefiero quitarme la prenda que me cubre, y sentir el calor sobre la piel, sin el tamiz del tejido. Embelesada, murmuro un son de fado, apenas para mis oídos. Ahora eres tú quien me mira.
- ¿Estás bien? ¿Qué haces? - te pregunto-
- Estoy muy bien, te miro -me contestas-

Reímos los dos a la vez. Dejas el libro sobre la mesilla y extiendes el brazo hacia mí
- Ven... pero mira esto... ¡Dios mío!
- Viniendo de tí, no sé cómo tomar esa invocación.
- Déjala estar, yo sé cómo tomarte a ti... en brazos.

Frente a frente, tus manos en mi cintura, en mis caderas, tras ellas... siento tu fuerza y levanto mis piernas, esta vez para rodearte.
Apago la luz, y me llevas hasta el sofá, donde me dejas como quien deja unas flores. Tú sobre mí.

*****

Existe un espacio de tiempo en que no somos más que el paso entre todo y uno mismo, sólo uno. El día termina y volvemos a ser nosotros.
Te preparas un té -¿es un té?-, frente a la bancada de la cocina, remueves con una cucharilla. Llego de mi estudio, después de apagarlo todo, con mi vaso medio lleno, en el que aún sobreviven casi intactos algunos hielos. Lo dejo junto a tu té. Con los dedos saco uno de los hielos y lo dejo caer en tu vaso.
No queda espacio entre tu espalda y mi pecho.
- Sigue removiendo... bebe.
- ¿Y eso? -me preguntas.
- Y eso que te invito a que lo bebas... sin quemarte.

Con una mano alcanzo mi vaso y lo apuro, con la otra desabrocho tu pantalón. Beso tu nuca mientras bebes. Del té no queda más que un poso.
Media vuelta, tu mano sobre mi hombro, me diriges y me llevas hacia fuera.
Nuestros vasos vacíos, nosotros llenos.

*****

Si supieras cuánto lo deseo... ¡Si tuvieras una pequeña idea de cuántas veces he soñado dormir contigo!

sábado, 5 de marzo de 2011

# 23. Tu olvido y mis recuerdos.

Photo: Pascal AVRIL

En un lugar perdido del mundo, tú perdido, y yo contigo. Perdida sin tí, me encuentro a tu lado, esperando.

¿Recuerdas, cariño, nuestro primer hogar? La luz retumbaba dentro, tanta era y por todos lados entraba. Aquella luz tenía el precio de subir cinco pisos de peldaños, que entonces no eran nada. A mí se me pasaban en un suspiro cuando los subíamos juntos. Tantas veces como subiéramos, interrumpías la conversación:
- Esas piernas que te sujetan, querida mía, serían la envidia del partenón. No hay tela en París que exhiba tanta maravilla.

Me has descubierto placeres eternos.

Me hablabas del calor.
- ¿Quién te acariciará como yo, si no es el sol? -me preguntabas.
En las tardes ociosas de nuestras primaveras, cepillabas mi pelo en la terraza mientras me contabas tus cosas, y me acaraciabas con tu cálido aliento bajo mi trenza. ¡Cuántas veces nos merendamos con delirio!.

Me hablabas del aire.
- Siente su olor, siente cómo avanza por tu piel, cómo la tensa el frío y la calma el tibio.
Las noches calurosas de nuestros veranos, tendida la colada en las cuerdas frente al ventanal, recogía la brisa más suave, y llenaba la casa de un aroma fresco a jabón, confundida con los aceites. Tendías el colchón sobre el suelo, en el paso de la corriente, para ofrecerme todas esas caricias.

Me hablabas de la luz.
- El horizonte es algo que podemos dibujar con nuestros anhelos. La oscuridad no existe, sólo es la ausencia de luz. Las sombras son la constancia de nuestra presencia, cambiante y pasajera.
Jugábamos a inventar historias con las sombras que la ropa hacía sobre paredes y techo. Tus cuentos fantásticos me llevaban de la mano por paisajes de una infancia en el país de las maravillas. Me hacías reir, y besabas mi risa.

Me hablabas del silencio.
- Nada debe ser absoluto. Sólo podemos apreciar el silencio cuando un pequeño ruido lo interrumpe. Las voces de esa gente que viene de festejar y camina en la calle, desde que empezamos a escucharlas hasta que se alejan y se pierden de nuevo, nos dan la medida de la profundidad de este silencio, y de su valor. El resto de ese silencio, tú lo adornas con tu respiración, ya quisiera el silencio tejer como lo hacen tus suspiros.
Y callabas.

Me hablabas del color.
Las tardes doradas de nuestros otoños, preñadas de ocres, sienas, terracotas y mostazas, eran el marco de nuestros paseos y el centro de tu paleta.
- Necesito el helecho de tus ojos y el coral de tus labios para que el resto brille.
Y en tus lienzos yo yacía durmiendo, cosía bajo la pérgola, me lavaba sentada...

Me hablabas de la esperanza.
En las mañanas nuevas de nuestros inviernos, abrazando la manta en la que me envolvías, me pedías en el patio que recibiera el nuevo día contigo.
- Este día es nuevo para nosotros, y nosotros somos nuevos para él. No sabe si nos equivocamos ayer, si hicimos mal o lo sufrimos. Hagamos que el recuerdo que este día guarde de nosotros sea el mejor.

Hoy, tú perdido y yo contigo, sin esperanza ni desesperación. Llegaste a mí como un arcón lleno de sorpresas que esparciste a mi alrededor, un cofre de tesoros interminables. Y en estos días de una estación desconocida y sin sentido, amor mío, mi existencia se viste con los tesoros que me has dado todos estos años.

Sólo puedo hacer una cosa: tomarlos en mis manos y mostrártelos, contártelos yo a ti, antes de guardarlos en el cofre de donde salieron. No son cosa para que otros compartan, sólo a nosotros nos pertenecen. El calor, el aire, la luz, el silencio, el color, la esperanza... cada cual tiene lo suyo.

Te debo una historia fantástica de héroes y hadas. Soy quien tú has alentado, soy tu mayor obra. Tú decías que eras por mí. Ahora te creo. Ahora te entiendo. No quisiera otra vida, si mil oportunidades tuviera. Cuando no estés, pasaré mis días abrazada a nuestros tesoros, tranquila. Esperaré como cuando esperaba en aquella estación de tren, con mi hatillo sobre mis piernas, con la alegría de saber que en poco tiempo estaré en tu compañía.

Te cuido con el celo con que se cuida a una criatura recién nacida. Poca diferencia hay... ¡tan frágil eres!
Pongo tu rostro entre mis manos y yo frente a ti. Te acaricio, te sonrío, y tu mirada se ilumina. ¿Es así como sonríes ahora, amor? ¿Quizá sí sabes quien soy? Como nuestros hijos sabían quienes éramos cuando no sabían quiénes eran, así tú -estoy segura- sabes quien soy yo. Te amo, te amo con mis entrañas, vida mía, y poco importa si ahora sólo eres olvido; yo, mi vida, soy tus recuerdos.


Merci, Jérôme, pour cette belle chanson.

domingo, 27 de febrero de 2011

# 22. Plato original

Revista ELLE
Nadie sabe mucho de Eva. Es difícil pronunciarse. Cuando alguien opina sobre ella, al final, las frases quedan inacabadas.

Solemos hacer reuniones de antiguos alumnos de la facultad. Desde hace no mucho, esas reuniones tienen lugar en casa de alguno. La convocatoria es a través de un blog creado para ese fin, con un número cerrado de comensales, en función de la disponibilidad del anfitrión. A través de los comentarios nos vamos apuntando o dando nuestras excusas por no poder asistir, y así se completa la lista. Hay una lista de espera, en el caso de que alguien se retire de la lista principal. El día anterior los inscritos reciben un correo de confirmación del anfitrión y la convocatoria se cierra.

Tenemos dos reglas inamovibles: ni se admiten más participantes del número que se convoca, ni contamos con las parejas. El espíritu es intercambiar experiencias profesionales y personales que nos permitan el desarrollo en ambos campos, al abrigo de la intimidad que es respetada por los miembros del blog. Nadie puede entrar en el club-blog si no es por invitación de alguno de los miembros, y su candidatura es aprobada cuando otros cinco dan su visto bueno.

La última cena tuvo lugar en casa de Cati, de la promoción 1980-1985. Éramos trece. Como por arte de... no sé, Eva siempre es la última o penúltima en apuntarse. Cenamos marisco. Cada uno aporta un plato o una bebida -eso lo especificamos igualmente en los comentarios, a medida que nos apuntamos-. Hacemos fotos del encuentro que luego se cuelgan en el blog, generalmente de la mesa puesta y antes de que la ataquemos.

Ostras, gambas al ajillo, chirlas encebolladas, bogavante en su salsa, salpicón... Cati se hizo cargo de los postres, y cocinó una deliciosa tarta de café y chocolate. También sirvió unos licores caseros que ella misma elabora con hierbas que recoje en sus largas caminatas por el monte. Tras el postre y el café, cuatro salieron a fumar a la porchada, cosa que agradecimos los no fumadores.

Más animada la reunión después de los caldos de Cati, alguien tuvo la idea de que las sucesivas cenas fueran temáticas. Un raudal de propuestas se vertieron sobre la mesa: cenas monocromáticas, cenas con alimentos típicos de un país o región.

-¡Cena de Pedroñeras! dijo muerto de risa Pedro. Los demás le acompañaron el comentario con carcajadas.

También se habló de cenas con motivos inverosímiles -como la boda virtual entre dos asistentes-... El juego de palabras era muy divertido, y la tormenta de ideas inundaba el comedor. Parecía que estuviéramos en el Club Social de la facultad, en los tiempos muertos que convertíamos en los más vivaces.

- ¿Porqué no cenar sobre alguien? -dijo Eva.

Hubo un instante de silencio y los rostros de los presentes reflejaron sorpresa, admiración, curiosidad... aprobación. A continuación, sonrisas y replanteamiento de la tormenta de ideas.

- Eso lo hacen los chinos -dijo Maite- lo he visto en youtube.
- Japoneses, son japoneses -corrigió Andrés.
- ¿Qué más da? asiáticos al fin -añadió Fran- Pero esa gente es muy rara. Comen sobre una muchacha flacucha que parece de porcelana, por el color y porque no se le mueve ni un pelo, inmutabe, y con palillos. La miran flipando, palillos en mano, y sushi que te crió. Ese formato no tiene la menor gracia.
- Precisamente -dijo Eva- Quizá copiemos la idea principal, pero no se puede decir de nosotros que no tengamos capacidad de tomar una idea y resetearla.

Yo me encontraba a la izquierda de Eva. Mientras, el resto planteaba si pagar a un par de desconocidos para servir de plato, si acaso pudiera servir alguno de los presentes, si quiénes podrían asistir o no, si alguien pudiera molestarse, si desnudo integral o parcial, si era cosa de anunciar tal cual en el blog, si... un sin fin de consideraciones. Yo observaba cómo Eva, atenta a la conversación pero sin mirar a nadie, con la disposición y la delicadeza que todos le conocemos, había cogido la paleta de servir la tarta y cortaba en pequeños trozos el resto del pastel que había quedado.
- No puede ser tan complicado -dijo ella en voz baja que, no obstante, todos escuchamos; y siguió cortando la tarta hasta que terminó como un damero, completamente cuadriculada.

Entre tanto, llegaron las risas a propósito de si se exigiría depilación completa o no, si los hombres aceptarían comer sobre otro hombre o si sólo se debía contar con un plato femenino... las mujeres protestaban también entre risas y exigían igualdad de oportunidades.

Eva se levantó de la silla, y haciendo el gesto de levantar la falda de su vestido, preguntó:
- ¿Os parece inoportuno un ensayo? ¿Os molesta?

Entre incrédulos y sorprendidos, de nuevo, una catarata de voces, femeninas y masculinas, al unísono, replicaron:
- ¡No, no!
- ¡Qué va!
- ¡En absoluto!
- ¡Para nada!
- ¡Adelante!
- Nada de fotos ahora -dijo Matias-

Las cámaras digitales y los móviles desaparecieron a la una en bolsos y bolsillos de chaquetas, a la vez que en silencio y entre todos, apartaban vajilla y cubertería del centro de la mesa.

Viendo su cuerpo en ropa interior y con medias hasta medio muslo, pensé que nadie mejor que ella lucía el nombre que se le había dado. La tentación no vive arriba, la tentación es ella misma. Sentí que mi piel se erizaba, y un calor sofocante me agarró el cuello como una cuerda de ahorcado. Le tendí una mano para que subiera a la silla, Vicente hizo lo mismo del otro lado. De la silla a la mesa, y sobre su espalda, ella extendida entre los presentes, y ante los fumadores que habían llegado justo unos segundos antes, con la mirada atónita buscando una explicación a lo que ocurría, sin articular palabra. Todos alrededor, Eva invitó a Luis para que dispusiera los bocados de pastel sobre su cuerpo.
- ¿Quieres ocuparte tú, Luis, por favor?
- Claro... Sí, claro que sí.

Como si introdujera barquitos en botellas de vidrio, con ese cuidado, Luis distribuyó los trozos de tarta. Los demás sonreían, se miraban entre sí, miraban el trabajo de Luis. Eva cerraba los ojos cada vez que uno de ellos tomaba contacto con su piel.
- Mmmm, está frío -dijo con una voz casi imperceptible.
- Listo, hay dos bocados para cada uno. He dejado dos para ti en la fuente, para cuando terminemos -añadió Luis
- Bien, muchas gracias -sonrió Eva- Cuando gustéis.

Cati sugirió que fuéramos comiendo por el orden que quisiéramos, un bocado cada vez. Así fuimos haciendo. La mesa, cuadrada y gigante, requería que el comensal se subiera para acceder a su bocado. Hombres y mujeres nos alternábamos para llegar a ella. Los demás esperaban y observaban el original ágape, sobre la mujer original. Hubo quien, después de comer entre sus pechos, le dio un beso suave en uno de ellos. Quien volvió a morder con los labios sobre el lugar de donde previamente había tomado su bocado. Hubo quien le besó brevemente en los labios, con aliento a café y chocolate; quien le susurró algo al oído; quien le dijo "gracias, preciosa"; quien le besó en los pies; quien a penas le lamió.

Nos acercábamos a Eva como quien se acerca a una criatura peligrosa que duerme y es preciso que siga durmiendo, nos retirábamos como si se tratara de la reina de la creación y hubiéramos de postrarnos ante ella, sin darle la espalda. A gatas, sobre la mesa, fuimos pasando todos en nuestro turno. Ella apenas tenía un gesto de sonrisa contínua, que se acentuaba con los bocados; inspiraba sonoramente, expiraba de igual modo, cada vez que alguien comía o acercaba el rostro a su cuerpo. Su piel, toda su piel, estaba alerta y daba señales claras. Nadie hablaba, si no era para dedicarle una o dos palabras. La tensión de los doce comensales era palpable, y las miradas de unos y otras vagaban como embriagadas, sobre el plato original, esquivándose ente sí.

Ese ejemplar único, ese animal humano había prendido en nuestros instintos más básicos y primitivos el deseo en su estado más puro. Cosa extraña, atrapados y liberados, pureza y lascivia, sometimiento y rebelión. Yo comí en su ingle y junto a su cuello. Tuve la sensación de que el olor a mujer traspasaba el del café azucarado, y vencía en un pulso entre ambos. Después del segundo bocado le dije "te adoro", al oído. Parpadeó lentamente.

Eva llegó con Amalia, y con ella abandonó la reunión en primer lugar, después de compartir un rato con nosotros. Tomó los dos bocados que le correspondían y apuró dos caliches del licor casero.

- Amigos, ha sido un gran placer. Me ha gustado mucho cómo lo hemos hecho, estaba segura de que no debía ser difícil. Sois un grupo fuera de lo común, y os estoy muy agradecida -nos dijo al despedirse-

Sin que ninguno quisiera abordar el tema, cierto era que tampoco podíamos pensar en otra cosa. La excitación nos había dejado exhaustos.

- Ella sí que es algo fuera de lo común -dijo Juan.
- No entiendo cómo no se le conoce pareja. Es... Eva es... -Marga no supo terminar la frase.
- Sería injusto que Eva perteneciera a una sola persona, debería ser declarada patrimonio de la humanidad -dijo Carlos.

A los pocos minutos, visto que no había nada mejor que decir ni hacer, cada cual tomó el camino de regreso a su casa.

Por mi parte, mientras conducía en silencio, pensaba en ella. Es cierto, yo tampoco comprendo porqué no tiene alguien. ¿Porqué no, incluso... yo misma?

Dedicado a los Piscis, imaginativos, sensibles, amables, intuitivos, soñadors, misteriosos...

miércoles, 9 de febrero de 2011

# 21. Dulce de yema.


Tinta china y color sobre papel.

Cena de trabajo. Ligera, regada con tinto añejo. Cerca de la media noche dejo el lugar con pereza, y al verme sola en el coche me apetece escuchar la radio.

Suena jazz. El saxo es envolvente y fluido, y el piano sugiere un sendero sinuoso y sonriente, como un tobogán de parque acuático. La música me invita a deslizarme por un tirabuzón de la imaginación, al final del cual te encuentras tú. Una invitación a piel clara de hombre claro -hombre claro y conciso-; sonrío.

Y al son, en la carretera solitaria, con luces de semáforos, farolas y ventanas lejanas como fondo visual, te descubro tendido sobre sábanas. Y yo sobre ti tendida... es decir, extendida. Es tu piel lo que estoy buscando. Como mantequilla tibia me impregno y penetro por tus poros, me fundo maliciosa y me incorporo a tu torrente sanguíneo, te recorro, te aceleras, te retengo, te desesperas. Te susurro al oido parte de lo que deseo hacerte, y dejo que tus ojos expectantes busquen una razón para descifrar los pequeños caprichos (¿He dicho castigos?) que deseo regalarte. Quiero que tu mirada me pida la ejecución de mis susurros, quiero que quieras mucho, que quieras más. ¡Qué mágico el instante en el que, juntos, nos calzamos un par de alas para volar!

Cierras los ojos con la cabeza desplomada. Tus labios transmiten tu excitación y los míos los comen. Mientras, mis caderas recluyen ávidas tu viril turgencia, y danzan acompasadas, rítmicas. Me das hambre. Empleo tu erección en un lento cortejo interior, presionando tu sexo dentro del mío como el dedo que rebaña un tarro de dulce de leche vacío: todo a lo largo y a lo ancho, todo su profundo fondo.

Ofrezco mis pezones a tu boca gozosa y perdida en un laberinto de gustos inesperados. Tu boca. Encuentras en mis pechos un recodo donde libar con la calma de quien no piensa, con la intensidad de quien no piensa en otra cosa. Estando sobre ti y tú dentro de mí, esa boca tuya es un resorte que me empuja a la urgencia, que desbarata mi paciencia y me lleva a cabalgar con prisa. Me das ganas. Siento que me precipito y no quiero que así sea. Freno la succión que me enloquece y agarro con las dos manos tu cuello. A veces, a cambio del placer que me das te mataría. Otras veces te daría mi vida. Cuando me llevas a ese punto, poco importaría lo uno o lo otro. Pregunto al cielo -para mis adentros- qué color es este.

Te esculpo con mis manos, con mis labios, con mi boca. Escupo bajo tu espalda, explora mi lengua tus quejidos, te confundo y te giro, para enfrentarme a tu sexo, y coronar de nuevo esta cima.

Soy un paréntesis abierto, que te contiene y me llena. Insisto, regreso mi rostro sobre tu pecho, me curvo, te huelo. Tu olor. Muerdo tus brazos extraviados que se escapan pero regresan, que me temen pero me buscan. Tus ojos. Confundidos por momentos me suplican no saben qué. Tu voz. Ahogada y entrecortada se queja agradecida. Tu piel. Presa e impaciente por llegar al centro de este universo.

Ruego que intervengas, apelo a tus manos... ¡Tus manos! Sé que saben el camino, y al evocarlas me llevan a buen destino.

Detenida en una parada, en una hora en la que ya no para ningún colectivo, con las luces de emergencia señalando una hora y un sitio, me encuentro con la yema de mi corazón derecho arrugada. Lentamente, la extraigo de su cobijo y la llevo a mi boca. Saboreo dulce de yema.

Dedicado a tus manos.

martes, 11 de enero de 2011

# 20. Conversación de cafetería.


Con las chicas, en Berlín...


ACTO PRIMERO
(Susi, Elisa y Rosa están en la terraza de la cafetería, sentadas alrededor de una mesilla conversando. Llegan Lara y camarero, unos pasos tras ella)


Lara: ¿Siempre hay alguna cosa
que una novia deba admitir
que es difícil consentir
siendo apenas quisquillosa?

Susi: A Lara se le ve venir.

Rosa: Lleva un tiempo quejosa

Susi: Yo creo que es otra cosa:
que no siente, y quiere sentir…

Lara: ¿Queréis dejar de hablar de mí
como si fuera una menor,
sin conocer un pormenor,
como si no estuviera aquí?

Elisa: Amiga, no te molestes
porque opinemos sobre ti.
Con cariño tienes aquí,
a tus soldados, tus huestes.

Lara: Lo siento, tienes la razón,
Lo cierto es que la tenéis,
hace tiempo que no me veis
porque llevo un caparazón

Susi: Nosotras te conocemos.
son asuntos del corazón
que, deshecho de desazón
hace que nos encerremos.

Camarero (recién llegado): ¿Qué desean las señoras?

Lara: (aparte) Mira éste, ¡qué pregunta!

Rosa: Tengo hambre de marabunta
y aunque sé que no son horas
yo quisiera un bocadillo
con jamón, tomate y queso;
una caña larga en vaso,
y después un carajillo.

Elisa: (a Rosa): Nena ¡Eso sí es apetito!
Yo quiero un café con leche

Lara: Espero que te aproveche (a Rosa)

Susi: Un solo, que sea cortito

Lara: No os vayáis a atragantar (a Rosa y Susi)

Camarero: Queda usted por decidirse (a Lara)

Lara: ¿Es su costumbre lucirse? (al camarero)
Porque lo acaba de bordar:
de cuatro mujeres que ve,
la que no tiene ni idea
baila siempre con la fea
por tardar en escoger.

Camarero: Quizá algo de beber…

Lara: Pues lleva razón el mozo:
no tendría mi alma en un pozo
siendo firme en mi proceder.
Café con leche quisiera
para mí también, por favor
¡Vayamos a entrar en calor
de una agradable manera!

El camarero se marcha, después de tomar nota.

Elisa: Te hemos visto muy precisa
en contar al camarero
que estás en un quiero y no quiero,
turbada por indecisa.

Lara: Este casi paga el pato,
que la angustia mete prisa.
Que se siente mi camisa
me interesa de este rato.

Susi: No lo jures, no es preciso.
Pero, por favor, empieza,
para ordenar la cabeza,
¡Hacerlo al primer aviso!.

Lara: Sabéis que quiero a Gonzalo…

Rosa: Sabemos que vives con él
sin manifestar el querer
de “en lo bueno y en lo malo”

Lara: Justamente: no hay un trato
pero cerca está la fecha
en que ese acuerdo acecha,
y me planteo, con recato,
que si soy, en fin, derecha
debería admitir tal vez
que más que amor es tozudez.
Que no le amo es mi sospecha.
El sentimiento es molesto:
estoy con nervios de punta,
y además de ello, se junta
que ya está todo dispuesto.

Susi: Te mareas demasiado,
quizá eres muy exigente
para ti y para la gente,
y al fin no pillas bocado.
Relájate con los tíos,
con todos en general,
que al camarero, buen chaval,
te lo ibas a comer frío.

Rosa: Si por encontrarle un “pero”
te planteas tantas dudas…
parece que a estas alturas
estás lejos de un “sí, quiero”

Lara: ¿Quien quiere querer con un sÍ?

Elisa: ¡Con un sí siempre, las dos partes!
Hasta donde llegues… ¡comparte!
Que yo no me comprometí,
y por eso a nadie falto.
Ahora esa es mi elección:
que dentro de mi corazón
no tenga horma mi zapato.
Si no sé o no he sabido
lanzarme al ruedo del querer,
no me apuro por no tener
amante, novio o marido.
Lo tuyo es bien diferente
porque hace años que estáis juntos,
y llegados a este punto
que seas clara es conveniente…

Susi: Mujer ¿pero qué te pasa?
¿Por qué ahora confundida?
¡Seguro que es la estampida
típica de quien se casa!

Lara: Que no, que no es sólo eso.
No hay futuro donde no lo hay,
Mi presente vivo en un ¡ay!
Mi corazón se ahoga preso.

Rosa: ¿Desde cuándo sientes así?
Lo descubriste hace mucho?
Por primera vez te escucho
y lo siento tanto por ti…
Con Gonzalo ¿lo has hablado?

Lara: Sigue el gato sin cascabel.
A un paso la luna de miel,
y mi novio no es mi amado.
A veces algún detalle
suyo me saca de quicio,
Para mí es un sacrificio,
y es difícil que me calle .
Ya sé que esto no se pasa.
El tiempo no ha sido en balde:
ni ese hombre es de mi molde,
ni somos la misma masa.
No soporto ni lo quiero
soportar; he de claudicar.
Si es que no se puede cambiar,
no será mi compañero.

Rosa: Dinos algo, un ejemplo
de aquello que consideras
que sea tan grave de veras
para expulsarlo del templo.

Lara: Podéis pensar que es muy tonto,
pero algo con lo que choco
es que un tío se saque los mocos
y se quede tan contento
mientras te sigue hablando,
que aunque sea en confianza,
también pesa en la balanza,
y de a poco va sumando.
Que no sé si es que me tienta
o me impone como tasa,
por compartir vida y casa,
un vicio que desalienta.

Rosa: ¡Eh! Tampoco es para tanto,
no le llamaremos vicio.
¡Decir que no es lindo oficio
es justo a todo punto!
Pero suspender al chaval
y condenarle al destierro
me parece mucho hierro
por una miseria banal,
que sé de calamidades
que aguantan otras mujeres,
por amor o por haberes,
que son los mocos bondades.

Lara: Que no son los mocos, Rosa.
Que no me gusta está claro.
Hoy veo con desagrado
una tacha en cualquier cosa.
¿Qué debo sentir por mi novio,
más si es pronto ser su esposa?
¿No es más normal ser dichosa,
que encontrar razón de oprobio
en todo cuanto sucede?
Y si es grande la molestia
de tornar en hombre al bestia,
porque la rana no cede,
me pregunto: ¿Qué merece
tanto mi empeño y constancia,
si conviene la distancia
de quien nos pausa y decrece?

Elisa: ¿Quién te pone una pistola
en la sien para forzarte?
Aprende antes de acostarte
que en esto decides tú sola.
Mira a Rosa ¿Quién diría
que su pecho late fuerte,
aunque maldiga su suerte
varias veces cada día?

Rosa: Buen ejemplo, buena amiga.
Es cierto que cambiaría
de mi hombre… ¡Madre mía!
¡Muchas cosas, mucha miga!
Pero también es muy cierto
que nadie reúne como él
lo que más admiro de un ser,
y siempre se brinda abierto
a escuchar mis argumentos.
Luego ya, si hace o no hace,
tiene siempre un desenlace,
que no es más que otro momento.
Y con esto, creo, termino.
que cada uno es cada cual,
y a mí no me parece mal
que camines tu camino. (dirigiéndose a Lara)

Lara: Me fastidia sobre todo
sentir dudas al decidir.
No quiero con esto decir
que lo evito de algún modo;
es que sólo estoy segura
cuando no queda en qué pensar.
que después de sopesar,
dar el paso no me apura.

Rosa: De sobra sabemos todas
las que estamos ahora aquí,
que una sabe si es que sí,
si es que no, si no es ahora…

Elisa: Sin llegar a hablar de boda,
que en realidad importa o no,
hablamos de aceptar a uno
que no pega ni con cola
en detalles en que mola
ir los dos al unísono.
Si el hombre viene del mono
no soy yo quien se acomoda,
que por tener hombre al lado
hay quien se vuelve del revés
hay quien renuncia a ser quien es,
por la ilusión de un amado.

Susi: Equivocado es pretender
escoger a una persona
y ponerse rezongona
porque no sea posible hacer
de ella lo que queramos.
Que por desear ser patrona,
vestir de seda a la mona
nos deja peor que estamos.
¿Has pensado algún momento
que fuera al revés la historia,
y quisiera él que su novia
fuera princesa de un cuento?


Lara: Es que no resulta fácil
conseguir el apropiado.
Con el corazón ajado
queda un sentimiento grácil.
Mejor debería elegir
el destino de mi pasión,
e impedir a mi corazón
empeñarse para sentir.
Por un tiempo, por lo menos,
no quisiera encontrar varón
que venga a nublar mi razón
y a acampar ancho en mis fueros.

Susi: ¡Y dale Perico al torno!
Que no es preciso rebuscar
lo que solo debe llegar.
¡Que no sea el amor trastorno!
Por recibir un “te quiero”
no me fuerzo a corresponder,
y será el mismo proceder
si mi amor clama el primero.

Lara: La verdad es que no espero.

Rosa: Negarse la ocasión no es
más que hacerlo todo al revés.
“No amo” no es decir “no quiero”.

Susi: Por un “te quiero” verdadero
sentiría agradecimiento.
Y si ha llegado el momento
en que me digan te quiero,
es porque también mi sentir
he mostrado a ese hombre,
por lo que nadie se asombre
si accedo presta a asentir,
y que resuelva acogerle
con lo bueno y lo no tanto,
que de mí hay otro tanto
que quisiera no mostrarle.

Elisa: Querida Susi, bien dicho.
Que si no hay señor perfecto,
también una tiene defectos,
y no es causa de entredicho.
Para caballo sin mancha,
quédese una sin él,
que en las cosas del querer
tiene el alma manga ancha.

Susi: Tus palabras me hacen gran bien,
sé que hablas con cariño,
y os anuncio sin aliño
que me voy a vivir con Gabriel

Rosa: Calladito lo tenías!

Elisa: Era algo previsible.

Rosa: No era claro, sí posible.

Susi: Ni siquiera yo sabía,
pero después de pensarlo,
no deseo otra cosa
que vivir como su esposa.
Como somos, aceptarlo.
No tengo nada pensado
más que hacer el bien que pueda
a quien con bien me da prueba
de amarme y sentirse amado.

Lara: Disculpadme si protesto,
que no es que no me interese
lo que a una amiga le pase,
pero yo vengo a hablar de esto
que me recome por dentro,
y resolver aquí mismo
este grave anacronismo
antes que llegue el momento
en que me encuentre en el altar
tomando por mi marido
a quien pensé haber querido
y no es mi intención afrentar

Elisa: De ningún modo puede ser
seguir con planes de boda
cuando justo te incomoda
quien quiere que seas su mujer.

Susi: Pienso lo mismo que Elisa.
Haz algo ya y no entretengas
a quien no es justo que tengas
más tiempo de esta guisa.

Elisa: Mejor tarde que más tarde.

Lara: Eso mismo creo y, añado,
que el haberme retirado
no me convierte en cobarde.

Elisa: Hablas ya como soltera…

Susi: Lo decide en este instante,
ahora mismo, aquí delante,
en la reunión cafetera.
¡Ay, si no te conociera! (dirigiéndose a Lara)

Rosa: Pues desde el jardín de infantes.

Lara: Parece que fuera de antes.

Elisa: ¡De la ecografía primera!

Lara sonríe, las demás también. Lara se ríe, las demás también.

FIN DEL ACTO

Con mi admiración por Lope y un guiño a Umbral.
P.S. En “Conversación de patio…”, imperdonable, olvidé hacer un guiño a Goscinny. http://www.petitnicolas.com/