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sábado, 3 de septiembre de 2011

# 29. Dos sin tres.

Foto: G. Brandy/E. Navarro

"Sólo las vides aguantan verdes mientras el resto se muere" La dificultad de ser japonés. Francisco Navarro.

Amir podría haberse llamado Francisco, o Miguel. Claro que también pudo haber sido Joystick o Kelvinator, sabido el gusto de algunas familias centroamericanas por condenar a sus vástagos a deletrear de por vida su nombre de pila. Por ser el primogénito varón, su madre pensó que llamarle "príncipe" (en árabe) era sofisticado y exclusivo. Finalmente, Amir Canales, llegada su familia de Venezuela e instalada en Argentina desde su pronta infancia, con los rasgos mestizos y su color cetrino, pasó a ser el turco, el negro o el indio Canales entre sus amigos y compañeros.

José Ramiro y Amir se conocieron en la facultad de derecho. El diminutivo de Rami era inversamente proporcional a su altura. Ambos muchachos tenían en común el gusto por los coches y las mujeres, y en más de una ocasión compartieron los unos y las otras, por separado o a la vez. Pura vida, puro placer. Divino tesoro, aquel tiempo de juventud del que, cercanos los cuarenta, seguían haciendo uso de tanto en tanto, durante periodos en los que sus caminos se cruzaban por los motivos más inesperados.

Blanca y José Ramiro se conocieron en la delegación madrileña de la multinacional en la que ella trabajaba y él se formaba. Una conexión inmediata les unió en cuerpo y espíritu, ese espíritu combativo e impulsivo que convierte a algunos niños de familias humildes en jóvenes ejecutivos sin rey ni patria.

La mujer había sido destinada para una misión comercial de seis meses en la sede de Buenos Aires. Rami saltó de la alegría cuando supo la noticia, y no tardó en mandar un sms a Amir: "Llega la gallega, un día de estos le hacemos una fiesta dedicada. Estoy seguro de que le gustará. Qué tal un finde en Mar del Plata?". El negro Canales ya tenía los antecedentes de Blanca: mujer hermosa, clara, directa, apasionada y apasionante. Blanca sabía de Amir: atractivo y bien dotado, soltero vocacional, generoso y vehemente.

De regreso del aeropuerto, el coche alcanzó un camino rural, un pedregal que, terminada la jornada de labor, ni siquiera los perros de la finca cruzaban. Allí se detuvo. Detrás, la vía del tren escoltada por el camino comarcal, al frente la autovía, a ambos lados las viñas. Blanca miró a través del techo solar, abierto, y exclamó:
- ¡Qué hermosura de cielo...!
Con su usual naturalidad se quitó la falda. Sin dejar de mirar las nubes rosas y anaranjadas de la puesta de sol, plegó la prenda y la colocó en el asiento trasero. Rami la miraba atento, una mano sobre el volante, la otra apoyada en la ventana abierta.
Hizo lo propio con la camiseta ceñida, que dejaba ver que no llevaba sujetador. Mismo ritual.
- Ahhh... ¿no es hermosa, la vida? Ja, ja... -su risa era fresca, como el canto del agua de una fuente.
Salió del coche, vestida con bragas y sus tacones de vértigo.
Abrió los brazos en cruz, abarcando cuanto podía la brisa templada. Rodeó el vehículo despacio, sorteando sin pestañear el suelo pedregoso bajo sus pies. Una vez frente al coche y con las luces de posición señalándola, se quitó las bragas. Y ahí, delante, apoyó sus manos sobre el capó y, con un gesto de su dedo índice, invitó al chófer a que saliera. Sin razones para hacer algo que no fuera obedecer a sus deseos, el hombre se reunió con la silvana de las parras.
Ella tomó asiento; entre sus piernas abiertas, la marca del coche destellaba con las últimas luces del día. Con una mano en el cuello del hombre tiró de él hacia sí para posar sobre sus labios un beso húmedo; con la otra mano en la bragueta, comprobaba que su amante atendería presto su apetito.
La bella se deshizo de cinturón y pantalón, como quien deshace una cordonera, y comenzó a inclinarse ante el hombre erecto.
- No... ¿qué haces? No, no... -balbuceó intentando cubrirse de nuevo- No me he duchado desde la mañana.
- Dime algo que no sepa, no me niegues lo que conozco y deseo.
- Pero es que...
- El olor a jabón es impersonal, no me dice nada. Me atrae el olor del hombre conocido y al que quiero.
- ¿Me querés? -preguntó él, un tanto confuso, cediendo en su propósito de volver a vestirse.
- ¡Claro que te quiero! Vaya pregunta... no estoy enamorada, no te hagas ilusiones, pero te quiero, muchísimo.

Antes de poder reaccionar, ella estaba agachada, su rostro apoyado sobre el sexo de su amigo, su boca acariciándolo, su nariz también. La delicadeza de sus gestos, tornándose progresivamente en pasión, agitaron la respiración del hombre.
- ¡Sos una diosa...! -exclamó tras unos instantes Rami, entrecortadamente. Ella contestaba haciendo honor a su naturaleza divina.
- ¡Vení, vení...! Y le pidió que se levantara, quería mirarla de frente, besar la boca que tanto placer ofrecía.
Algo cayó del bolsillo del pantalón. Antes de levantarse, la mujer recogió del suelo el iphone del amante aturdido.
- Tenlo a mano -dijo Blanca con media sonrisa burlona- estos cacharros son de utilidad en cualquier momento.

El hombre no prestó la menor atención al iphone, que ella dejó sobre el capó, convertido este en sede del encuentro internacional.
No era el lugar más cómodo, pero la adaptabilidad de la hembra convertía el lugar más inhóspito en una nube algodonada digna de la misma Heidi.
Él dentro de ella, con vaivenes entre el cielo y la gloria, los besos más hondos, las caricias a presión, las manos exploradoras. Con una casi estrangulación, la mujer interrumpió el movimiento y, sonriendo como una diablesa, dijo:
- Miremos en la misma dirección...
Se dio la vuelta. El hombre observó las curvas cerradas y abiertas de sus nalgas, sobre las que puso ambas manos con la firmeza que un capitán imprime al timón. Miró al cielo dando las gracias con el pensamiento, mientras penetraba la noche abierta de estrellas. Despacio, ganando ritmo. Ella dejaba salir el aire por su boca, sin estridencias ni artificios, lo retenía, lo empujaba de nuevo en dirección a las viñas.
- Vamos... quiero más, dame, dame...
Rami vio entonces el iphone al alcance de su mano. Sin preguntarse qué hacía ahí, lo cogió y lo puso junto al aliento de Blanca.
- Mandale un saludo a Amir, se lo encontrará ni bien abra el correo mañana a la mañana.
Rieron, jugar se les daba bien. Sin perder el ritmo y sin dejar de expresarlo, Rami le dio al REC. Blanca comenzó su discurso con los gemidos que llegaban a su garganta.

- Hola Amir... con este mensaje te mando un saludo y mis mejores deseos, como podrás observar... -suspiraba- es una lástima que no estés aquí con nosotros -mmmmmmm- quizá en otra ocasión... espero tengas un buen día, ¿Sí? ¡ohhh, sí!

El placer llegaba, sin espera, sin pudor, plenamente, para ambos... En la aparente calma que le siguió, Rami apretó el STOP.
De nuevo frente a frente, el deseo no había menguado, la mujer imantada lo impedía. Rami deslizó la mano entre las piernas de ella, introdujo un dedo, dos, comenzó a moverlos, y las caderas de Blanca marcaban el ritmo. Su gesto cambió: las cejas fruncidas, los ojos cerrados, la nariz palpitando, los dientes mordiendo su labio inferior. Apoyaba las manos sobre los hombros de su amante para mantenerse en pie. La agitación en su interior le hacía perder fuerza en las piernas, al punto de no soportar su propio peso.
Súbitamente, como un manantial a ráfagas, la mujer empezó a derramarse. El placer se escapaba a chorros por su sexo y a quejidos por su boca. Parecía que toda ella se licuaba para inundar las viñas. Rami participaba del espectáculo admirado y delirante. Tras varios minutos en un climax que parecía no tener fin, encogida sobre sí misma y sobre su amante, finalizada la tormenta, las convulsiones de su cuerpo la cerraban en un abrazo firme y contento.
- Yo también te quiero -dijo Rami.

La habitación del hotel acogió el descanso de los dos amigos. Blanca exhausta tras el viaje y el recibimiento, Rami con la mirada clavada en la bella durmiente, satisfecho, al poner el despertador recordó mandar un mail para Amir.

En la sala de juntas, desayuno de trabajo con la cúpula de dirección. Una secretaria terminaba de entrar el café y servía a quien lo solicitaba. Los asistentes tomaban asiento y abrian carpetas y portátiles. Amir abrió su correo. Mensaje audio de Rami; conectó los auriculares y escuchó.
- ¡Grandísimo cabrón! -esputó involuntariamente en voz alta Amir, con el rostro colorado y acalorado, con una tensión en su pantalon impropia de la hora y la situación- ¡Disculpen ustedes! -dijo balbuceando cuando se dio cuenta de que todos los presentes alrededor de la mesa le miraban, atónitos y espectantes- ... alguien me intentó colar un virus por el correo... afortunadamente lo he detenido a tiempo.

Unas horas más tarde, aprovechando la pausa del almuerzo, Amir hizo una llamada.
- Buen día, negro, ¿qué tal andás?
- Pero ¿Vos viste lo que me mandaste? ¡Sos un grandísimo hijo de mil put...!
- Ja, ja, ja, ja... -interrumpió Rami.
- ¿Quién te pensás que sos, Gardell?
- Ja, ja, ja... ¿qué pasó, no te gustó?
- Reí, reí... por poco me arruinás la reunión del mes, flaco, vaya momento para abrir el mensajito.
- Dale, decí la verdad: te encantó.
- Me puso enfermo toda la mañana... Decime ¿Cuando nos juntamos los tres con la gallega?
- Esta vez no, loco. Esta mina es... es diferente.
- No hablás en serio, ché. ¿Que te pasó, te volviste buen chico?
- Hablo en serio, negro. A Blanca la quiero para mí.
- ¡Uhhh! No te puedo creer...
- Me podés creer, Amir. Esta vez somos dos, sin tres.

Para Juanma, con cariño.




martes, 9 de noviembre de 2010

# 18. "Alquilo".


Frente a la puerta de entrada, una foto poco conocida de Marilyn, en gran formato, daba la bienvenida. A la izquierda, sobre una pared de madera, un velador suspendido y un perchero de pie permitían deshacerse de llaves y abrigo. A la derecha, una pared de cristal de dos dedos de grosor y algo más de un metro de longitud daba paso a la estancia principal, y dejaba pasar la luz que hubiera en ella.

La orientación de la vivienda, al sur, fue determinante al decidir la compra. Durante el día, el sol penetraba insolente de un lado a otro del ventanal que ocupaba toda la fachada. Las copas de los eucaliptos, que se encontraban delante del edificio, hacían de tapiz verde al azul del mar que se extendía de lado a lado. Por la noche, la vista de la fortaleza sobre el monte y la bahía, iluminadas, ofrecían una imagen espectacular.

En el centro se encontraba un comedor de expresión mínima, con mesa rectangular de acero galvanizado y ocho sillas a juego, con tapizado en terciopelo de un color mostaza desleído en el asiento y respaldo. Dos lámparas, con tres colgantes cónicos cada una de ellas, daban luz sobre la mesa.

Un par de metros hacia la derecha, un salón con tres tresillos de formas angulares y cuero blanco dispuestos en “U” entre los cuales una acogedora alfombra de fibra vegetal calzaba una mesa baja cuadrada de cristal, sobre la que descansaban un par de cestillos: uno con mandos a distancia y otro con posavasos y manteles individuales. Frente a los asientos, una gigantesca pantalla encastrada en un muro de pizarra estaba encendida en modo “acuario”. A su izquierda, una chimenea también adentrada en el muro. Fuera de la temporada fría, ocultaban la chimenea tres guitarras que descansaban en un soporte. En el techo, un plafón bajo de escayola albergaba iluminación indirecta en sus cuatro lados.

En la pared opuesta al ventanal, en el centro de una biblioteca que ocupaba todo el paño, un paso sin puerta daba acceso a un pequeño distribuidor donde se encontraba el dormitorio de huéspedes, que contaba con su propio cuarto de baño, y un aseo de cortesía.

En el lado izquierdo del comedor se disponía una especie de office, con un aspecto de esmerada improvisación de café-bar casero. Dos mecedoras de rejilla custodiaban una mesilla de mármol blanco circular y tres patas de hierro. Un sofá de dos plazas vestido en pana fresca color rojo grana, se auxiliaba con un puf y una mesita bajera oval de cristal. Por último, dos sillas verdes y una amarilla, de anea –se hubiera dicho que estaban destinadas a un trío de cante, palme y toque flamenco- flanqueaban la tercera mesilla, de madera cuadrada, con cajones y puertecillas por sus cuatro lados, donde se guardaban naipes, dados, dominó y otros clásicos. En el centro del triángulo, colgaba del techo una especie de ramaje con iluminación led que dirigía los extremos de varios tallos hacia cada una de las mesillas.

Una barra alta del mismo acero que el comedor, en el lado opuesto al ventanal, separaba el office de la cocina americana, con tres banquetas de asientos forrados con piel color negro imitando escamas reptiles. El mobiliario de la cocina, revestido en acero mate, ocultaba electrodomésticos y utillaje. En la pared donde se disponía el frente de la misma, a la izquierda de esta, y a la espalda del retrato de Marilyn, de nuevo un paso sin puerta daba acceso al dormitorio principal, con baño y vestidor, y a un pequeño despacho donde también reinaba el orden.

Sonó el telefonillo de la portería.

“Soy yo… “ contestó una voz de hombre cuando sintió que descolgaban desde arriba.

Al abrirse el ascensor, la puerta del apartamento estaba entreabierta al final del corredor. Sonaba Debussy. Sonrió, embriagado por un sentimiento de gratitud. No fue preciso pulsar ningún interruptor, la luz que salía de aquella morada acogedora era suficiente. Caminó hacia ella.
- ¿Cómo estás, mi princesa?

Su alteza, serena, aguardaba envuelta en una bata de raso negro, con los brazos extendidos en señal de bienvenida. Sus blancas manos se posaron sobre las mejillas del recién llegado, sobre su frente, atrayéndole hacia sí. Él se dejaba hacer,

- Lamento no haber podido llegar antes, tenía la intención de cenar contigo en ese lugar que descubrimos el mes pasado, pero la cosa se ha complicado a última hora. No debería haber atendido esa llamada, me han entretenido…
- Shhhhhhhh… -susurró la mujer acercando sus labios a los de él, silenciando las excusas le ayudó a quitarse la chaqueta, que colgó cuidadosamente-. Está bien, ya estás aquí. He merendado con mi amiga Martina y no tenía apetito para cenar, de todos modos. Acabo de preparar un té. ¿Quieres que te sirva uno?

El hombre tenía gesto desganado.
- ¿Te apetece alguna otra cosa? Aprovecha que he hecho la compra esta mañana y hay provisiones para todos los gustos.
- Tengo sed, prefiero algo fresco. Agua con gas, si hay.
- Marchando un agua, pues. Ven.

Guió los pasos del recién llegado, tomándole de la mano.
- ¿Quieres tomar asiento?
- Preferiría tomar una ducha antes. Necesito un lavado de cerebro.
- Ja, ja… - rompió ella en una carcajada- Disculpa, debí haberlo imaginado. Con cuidado, conviene que conserves algunos recuerdos cuando salgas de la ducha.

La princesa se dirigió a la cocina, mientras que el hombre desapareció con paso cansado hacia el baño principal. La mujer se sirvió un té, añadió medio terrón de azúcar moreno, sacó un botellín de agua de la nevera y una copa de la alhacena. Encendió una barrita de sándalo con aroma de jazmín, que puso sobre la barra americana, y se sentó en un taburete, tomando el té a sorbos y mirando la bahía mientras escuchaba el sonido de la ducha. Cuando el agua dejó de caer, abrió el botellín, sirvió la copa y se dirigió al baño.

Apenas había salido el hombre de la ducha cuando ella le entregó la copa de agua. Sin hablar, tomó una toalla de baño, y cubrió con ella la espalda mojada. Con otra toalla, empezó a secar su cuerpo.

- Nada me hace sentir tan bien como estar contigo –dijo él.
- Creí que tu trabajo te hacía realmente feliz.
- Mujer, ya sabes a qué me refiero.
- Ya lo sé, pero también sabes tú que me cuesta oír ese tipo de cosas.
- Pues no debería. Es lo que siento, siempre hemos hablado claramente, y no veo por qué puede molestarte. A la mayoría de las mujeres les encanta que les digan esas cosas.
- Sí, entonces recuerda que no me gusta hablar de sentimientos, y que yo no soy una mujer.
- Sí lo eres, eres una mujer muy especial, eres una mujer aparte.
- Eso es, soy aparte, me salgo de mi rango, así que conmigo no se cumple lo que se cumple para la mayoría.
- En eso estamos de acuerdo.
- ¿Lo ves? –sonrió cariñosa- No es posible que discutamos porque, finalmente, siempre estamos de acuerdo. Siéntate, por favor.

Él había terminado su copa, la dejó sobre la bancada de los lavabos. Obedeció, se sentó. Arrodillada delante le secaba los pies, con cuidado, entre los dedos. Él la miraba embelesado. Era muy cierto que con ella recibía más de lo que jamás hubiera esperado de una compañera. La admiraba por sus muchas habilidades, la respetaba por su integridad y su valía, la necesitaba por su forma de entregarse, la deseaba por todo ello. Por todo ello, la amaba.

El hombre tendió sus manos, le hizo levantarse, tomó las de ella y las besó con los ojos cerrados.
- Si tú quisieras…
- Pero hombre, claro que quiero…
- Si tú quisieras como quiero yo…
- Shhhhhhhh dejémonos de trabalenguas –su voz siempre sonaba conciliadora.

La tomó en brazos, salió hacia el dormitorio, y la depositó sobre la cama. Sinuosa, se enlazó a su alrededor, serpenteante, y se amaron en silencio, despaciosamente. Nada en ella era un exceso, si no el resultado que provocaba en el corazón de él, en sus entrañas, en su sangre, en su ser entero. Cuerpo y alma.

Sin un punto y final concreto, enredado como la yedra en el cuerpo de su reina, el sueño llegó como llega la noche: sin sentir. Durmieron abrazados, entregados tras la entrega.

El sol de levante abrió una hermosa mañana otoñal. Cuando el hombre hubo terminado su aseo, el aroma de café flotaba con calma en toda la casa. Sobre la mesilla ovalada esperaban dos licuados de fruta, tostadas calientes, confituras y la cafetera. Concierto para guitarra y orquesta de Vivaldi. El hombre servía el café y ella untaba las tostadas con mantequilla. Los desayunos de los viernes eran, para el visitante, el combustible que recargaba para vivir la semana siguiente. Hablaban con calma, con cariño, hasta que el hombre dio un giro a la conversación.

- Es extraño, todos los días duermo soñando con despertarme contigo. No me tomes por pesado, te lo seguiré diciendo sin desfallecer.
- No te tomaré por pesado, palabra.
- ¿Ves? No me escuchas, no consideras mi proposición. ¿Porqué no una vida juntos?
- Sí te escucho. No tenemos una vida, somos dos vidas. Tú tienes tu vida y tu familia, yo… yo también tengo mi vida, y es la que es.
- Podría ser otra. Sabes que haría lo necesario por que fuese otra, es lo que más deseo.
- Ni tú ni yo somos libres de cambiar nuestras vidas sin afectar las de otros. ¿Qué derecho tenemos a hacerlo? Además ¿Acaso sabes qué es lo que más deseo?
- Nada me gustaría tanto.
- De momento, nada distinto a la primera vez, tal como convinimos en un principio.
- Pero las cosas cambian, las personas cambian, todo puede cambiar.
- Así es, todo puede cambiar, pero ni las cosas han cambiado ni las personas tampoco. Somos los mismos y nuestras circunstancias también lo son.
- ¿Hasta cuándo piensas que durarán tus circunstancias? En algún momento será distinto.
- No pienso, sólo existo, y soy feliz de este modo. ¿Tú no eres feliz? ¿Te hace feliz el tiempo que nos podemos dedicar?
- Claro que me hace feliz, pero me sabe a poco. Me tortura el hecho de que…
- No hablemos de sentimientos, recuerda – interrumpió ella – lo que hay entre nosotros son sensaciones.
- Muy bien, pues tengo la sensación de que reúnes todo cuanto espero de una mujer, eres mi princesa.
- En un castillo de arena.

Se hizo el silencio.

- Lo siento, no me gusta esta conversación, y no quisiera que nos quedara un mal sabor –protestó ella sin fuerza-.
- Tengo la sensación de que alquilo…
- No es así, soy yo. Me alquilo.

Tras el desayuno, el huésped de los jueves dejó el sobre con el contenido acostumbrado en la mesita entre las mecedoras. Con un cálido abrazo, se despidieron con las palabras habituales.

- ¿Hasta cuándo? –preguntó, resignado, el hombre-.
- Hasta el jueves.

Ella sostuvo la puerta abierta hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Regresó sobre sus pasos, tomó el sobre y lo guardó en el despacho. Se encaminó al baño y abrió la ducha.

Encima de la mesa del salón, el teléfono emitió el sonido de un mensaje recibido:

“Buenos días, preciosa. Nos vemos esta tarde sobre las siete, como la semana pasada. Ponte guapa, cenaremos fuera. Tengo cosas que contarte y muchas ganas de verte”.

viernes, 7 de mayo de 2010

# 5. Abogado.





- "Me gustaría hacer el amor contigo de nuevo."

- ¡Rayos y centellas! ¿Quién demonios…? –se preguntó ella.


6 de febrero.

Después de cruzar unos correos y unos mensajes comprendí que no era un Romeo, pero sí un singular personaje. Fijamos el primer encuentro en un chiringuito cerca del mar. Cava y ostras.

El abogado, despiadado, fue a muerte. Pero tentó mal su suerte: no terció inspirado, y no pudo matar.


Para la segunda ocasión me propuso una excursión a la arena de otra costa.

De nuevo una cena, esta vez en un restaurante de nostalgia setentera, otrora elegante, fue lo que ya no era. La cocina, ni la última de la fila ni la primera de la lista: un bimenú para turistas, con marisco descamisado, entremeses, carne al punto y sufflé sobre helado.


La gracia del lugar consistía en estar amenizado por el manido espectáculo flamenco, revista y show de magia, humor y equilibristas -incluido el ex marido de una princesa peregrina-.

Y haciendo caso omiso del elenco de artistas -danzaban las bailarinas-, conversábamos entusiasmados.

Comentaba el abogado que había letrados, letreros y letrinas… La charla trajo risas, las risas distensión, y sonrisas de corazón. Renovábamos las copas, seguía la función. Los aplausos del público hacían las veces de entreactos. Lo más plausible del reparto éramos nosotros dos.


Entregado a mi escote, blandió el capote

- ¿Cómo es tu ropa interior?, preguntó.

- ¿Superior o inferior?

Me miró (a los ojos). Me reí, sonrió.

- Te preguntas… ¿la quieres ver?

- Ja, ja… Sí, claro; pero ¿Qué haces?

Con movimientos suaves, sin esfuerzo, abrí la hebilla de mis zapatos, deslicé los pantys hasta sacarlos, seguidos de las bragas. Mi abogado -ya era mío- estiraba el pescuezo incrédulo y admirado, aflojaba su corbata, parecía que se ahogaba.

- Pero mujer ¿qué haces?

- Me las quito.

- ¿Te las quitas?

Extendiendo mi brazo al frente como olímpico abanderado, dejé caer sobre su plato el pendón preciado.

- Pues sí. Toma: de postre, braguitas.


Mientras yo recomponía mi vestuario deshecho, el hombre rescató del sufflé mis bragas, las alojó en su puño, y éste sobre su pecho.

Aplauso final, estruendo de vítores y bravos en la sala. Me serví de ello para ponerme en pie y con la mejor maña completar mi atuendo después de la singular hazaña; cambiar de acera, y sentarme a la vera del reliquiario.


Recogían el escenario, la música era de ambiente. La gente se levantaba en retiro y yo entreabría mis piernas, para que mi acompañante, después de exhalar un suspiro, llegase su mano entre ellas y palpase, con la media de red intermedia, la humedad de mi vulva animada. Mi abogado me envolvía con mirada embelesada, mientras sus dedos se deslizaban entre los labios que le ofrecía.

- ¿Son us-te-des es-pa-ño-les? Preguntó un camarero.

- Yes, we are!, contesté.

- Pues es que estamos cerrando. Cuando terminen, salgan por aquella puerta. –concluyó el mozo, ignorante de lo que ocurría delante de sus narices.

- Es que… -miró hacia mí mi compañero murmurando por lo bajini- estamos empezando, cuando cierren, nosotros estaremos…

- …¡comiendo perdices! –añadí- ¡Vamos, vamos!

Nos reímos. La noche empezaba y nosotros huimos a un lugar ya reservado.


Después de la mañana, nunca más, nada de nada.


Hoy, dos de febrero, recibo este mensaje: "Me gustaría hacer el amor contigo de nuevo."

- ¿Y este? ¿Quién demonios…?. Respondo: “No en vano estimo que sería de utilidad conocer tu identidad; el estilo de tu mano peca de brevedad”.

- “Mi identidad es lo de menos. Lo que cuenta verdaderamente es el pecado. Por cierto, “el postre estaba muy bueno” (le dije yo al camarero, asombrado él de mi sentencia mientras retiraba el postre intacto)”.

Le reconocí en el acto.

- “El postre te ha sentenciado, pecado. Me pregunto de qué agüero es un abogado que aparece cada febrero. Me alegra saludarte”.


Nunca fueron buenas estas segundas partes.

Punto y… final.